
Todos los fines de semana acompañaba a mi mamá al rancho La Palma, a media hora de Poza Rica y en una cuenca de montes selváticos flanqueados por riscos y un gran río caudaloso. La casa no tenía energía eléctrica, era de madera y tenía un porche como en las películas vaqueras. Ahí vivía mi tío Rommel, quien se parecía a Hitler; la diferencia en el rostro residía en el bigote y sus ojos, uno a la Chaplin y el otro a la Pedro Infante, la influencia de estas tierras en su condición de inmigrante. Lo imaginaba ataviado en su Lederhose mientras bailaba canciones bávaras. Reía sólo de verlo, hasta que él me miraba serio y yo regresaba a lo que estaba haciendo; aunque en silencio me seguía riendo.
Rommel era el hermano mayor de mi madre y el único en criar ganado suizo en toda la región, su conexión con un pasado que sólo en los recuerdos de mi abuela daba sentido a sus diferencias con el resto de los ganaderos. Más bien parecía relojero. Disciplina, exactitud y obsesión por el cumplimiento de la regla. El trabajo era la regla, la regla de hacer el trabajo y hacerlo bien como su única regla. En vez de relojes, las vacas y los becerros; en vez de la maquinaria exacta, el cumplimiento ordenado y preciso de la jornada. No obstante, el tío Rommel era una persona que, a pesar de sumergirse en lo que aparentemente más quería, estaba más amargado que nadie en el mundo. Con mi mamá casi no se hablaba y, de manera misteriosa y extraña, se entendían sólo con la mirada. A mí me intimidaba.
Salía con mi mamá de ciudad de México los viernes por la tarde o sábados por la mañana, pasábamos a Pachuca a visitar a una de mis tías y, luego de cenar o desayunar, proseguíamos nuestro camino hacia La Palma. Dos horas, mínimo, a partir de Tulancingo. Llegábamos directo al rancho, si es que ya habíamos comido, o pasábamos a Lázaro Cárdenas, un pueblo que en esos días era sencillo y pequeño, ahora extenso y complejo con mucho tráfico en la longitud de su trecho en constante crecimiento. Recuerdo que siempre pedía tacos rellenos de huevo, a veces cecina; si era desayuno o cena bebía un licuado de fresa o plátano, si era almuerzo o comida me tomaba un Seven up o un Squirt.
La actividad en el rancho iniciaba limpiando las sillas de montar y preparar a los caballos para emprender el viaje de dos horas, mínimo, a la montaña de Tonalistli, donde se encontraba el ganado cebú de mi madre. Ciento veinte cabezas. La joroba del cebú siempre me llamó la atención, sus curveados cuernos y grandes orejas caídas, su mirada de tristeza y su sentencia como tragedia de su breve existencia. Me gustaba verlos caminando, serenos, buscando pasto o echados y rumiando a la sombra de un árbol, muy despreocupados. Parecía que mascaban chicle y la nada era lo único que les importaba. En cierta forma, vivían en estado de nirvana.
La serpiente apareció un día caluroso como siempre, húmedo y denso el aire aunque refrescado por momentos por el viento que bajaba de la montaña a nuestras espaldas. Yo montaba al Chivigón, el caballo color chocolate que siempre me tocaba en los viajes; mi mamá viajaba en El Palomo, uno joven, alto y blanco; el Chivigón, en cambio, era viejito y chaparro, pero muy tranquilo y cariñoso. Ascendíamos un precipitado acantilado, ruta conocida para los caballos pero por las lluvias ablandada, debilitada y adormecida por las grandes aguas. Un camino serpenteando de vértigo. No había que voltear atrás, sino echar todo el cuerpo hacia adelante, ayudando al caballo en su escalada desquebrajada por las pequeñas piedras brincando y rodando entre sus patas. Y mientras tanto, el sol bañando la montaña.
Mi mamá iba a la cabeza, seguida por dos vaqueros, luego venía yo y, a la retaguardia y sobre una mula, David, el hijo de un peón. Entonces un constante sonido, repetido y con un eco suave y persistente; me detuve a escuchar. El cascabel como advertencia, mezclándose con infinidad de sonidos. Aves, roedores e insectos por todas partes. El Chivigón se detuvo y David reclamó mi interrupción del paso.
—Escucha… —expliqué.
—No es nada —contestó él—, tú síguele dando.
Mi madre y los vaqueros se perdieron de vista al ascender por completo la colina.
—Tranquilo, Chivigón, tranquilo…
—¡Adelante, carajo!
David golpeó con una vara las ancas de Chivigón, quien asustado y temeroso se acercó a la serpiente. Lo mordió en su pata haciéndolo alebrestarse sin control, yo caí al suelo y él corrió estrepitoso hacia la nada cuando se desbarrancó.
La serpiente frente a mí, sacando su lengua y mirándome fijamente y con subestimada grandeza. Qué bella es. Las serpientes de cascabel tienen los ojos de diversos colores; azules, verde, café. Ésta los tenía azules, y volvió a agitar su cascabel; a mí no me importó. No me importa que me muerda. Acerqué mi mano y, poco a poco y lentamente, toqué su cabeza. Una flor. Una flor del desierto. Su cabeza es un manojo de diminutos pétalos.
David, boquiabierto, me observa acariciar la serpiente que, enroscándose, parece estar a punto de aventarse y morderme. El cascabel se agita, se agita más y más y cada vez más; yo siento que estoy a punto de volar.
¡Bang, bang, bang!
Todo terminó de golpe. Tres golpes. Tres detonaciones de un sólo golpe. El polvo se eleva a contra luz y, al desvanecerse, aparece en silencio la silueta sombría del tío Rommel sosteniendo con fuerza la escopeta 30-30.
La serpiente estaba deshecha. También mi cabeza.
