La última cita
Letras

La última cita

Avatar of Laura Malaver

Por: Laura Malaver

29 de enero, 2016

Letras La última cita
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Por: Laura Malaver

29 de enero, 2016


la última cita

1. Era esa sensación universal que nos pasa cuando despertamos en un lugar nuevo y perdemos todo sentido de orientación, opacando memorias en segundos, la que Ángela tuvo en su apartamento en Seattle el 10 de noviembre de ese año inolvidable. Se había mudado hace tres días de Brooklyn, donde dejó una cama sencilla, un sofá color marrón, tres pocillos de diseños distintos, cuatro platos medianos y uno grande, todos color gris; cinco vasos de vidrio opaco, dos lámparas altas con caperuzas abanas, una de mesa de noche a la que no le cerraba el cajón de tanto uso y una biblioteca llena de figurinas de polvo en las que guardaba sus libros más preciados. También arrumó más de 15 cuadros que había pintado años atrás en el closet del cuarto de su vecino Tomás; no imaginaba irse de ese apartamento y dejar a Tomás, un señor de más de 60 años con una timidez calurosa y una pasión por el arte—aunque Ángela tuvo sospechas que el enamoramiento de Tomás por sus obras era más por ella, una persona mucho menor que él y con aspectos increíblemente parecidos a los de su tercera esposa, Sofía, quien lo había dejado hace 17 años. Ángela había llegado a vivir al cuarto piso del viejo edificio Torrentes construido en 1949, tras ser despedida de la galería Talo en Manhattan donde trabajó un año sin queja alguna. Toda su obra se basaba en subrayar sus inquietudes  por conocer la vida de los otros y representarlas según sus percepciones en lienzos de todos los tamaños. Una de sus mejores exhibiciones retrató la vívida máscara que visten ciertas personas y aquella amargada fisonomía que visten otros. Las múltiples miradas de los personajes que pintó captaban al espectador no por ser interesantes o curiosas, sino por la falta de vida en ellas. Ángela estaba obsesionada con la muerte cuando pintaba; para ella, la muerte sólo existe en nuestras vidas y nos pasa a todos por culpa de otros; no era posible convivir en un espacio con otro ser humano porque la velocidad en que la muerte nos alcanza es inexplicable. Los personajes que pintaba entonces, usualmente ocupaban el mayor espacio en el lienzo para indicar la magnitud del complejo existencial en cada persona. Aunque en otros casos, ocultaba las caras y a las personas detrás de cortinas rotas o persianas lujosas dependiendo de la actitud que quería mostrar en ese momento. Con esta filosofía de vida, Ángela siguió pintando hasta el día de su última exposición en la galería Talo.

2. Su rutina diaria la basaba en recurrir las calles de la ciudad estuviera lloviendo, nevando o haciendo un calor insoportable. Paraba en el cafecito de la esquina a tomar café negro sin azúcar y sin leche, y se comía o un pan recién hecho por Carmelia, la panadera, o uno viejo del día anterior porque sabía que lo botarían si nadie lo reclamaba. De ahí seguía su camino por el parque más cercano y se sentaba en el banco libre que viera. Vestía una gabardina color azul oscuro, muy larga, con rotos en las mangas y en el cuello. Usaba el mismo jean que le habían regalado años atrás y una camiseta blanca o de cualquier color que encontraba puesta de primeras en su closet. Sus zapatos eran cafés oscuro con la suela gastada y con los cordones abanos. Con esta vestimenta salía todos los días, recorría la ciudad o por lo menos unas varias cuadras alrededor de su apartamento, y terminaba en las noches tomando sopa en la casa de Julio, un compañero del instituto de arte con quien recurría a sus deseos amorosos, y quien vivía una vida muy paralela con Ángela. Julio también pintaba, pero tras una crisis familiar y emocional dejó de tocar un pincel por más de 10 años. Fue en esa época cuando se reencontró con Ángela en Brooklyn, y decidieron rescatar su amistad. Después de pasar un tiempo juntos, Julio lentamente decidió volver a lo que era su pasión: la pintura. El regreso al arte lo hizo periódicamente, eligiendo de por vida sólo los baldes con conteniendo blanco y negro, y de ahí la combinación que saliera al mezclarlos. Su obra también la expusieron en la galería Talo, donde con Ángela establecieron una relación tormentosa y al mismo tiempo apasionante. Era tormentosa porque discutían por cualquier cosa, llámese el ruido de la lluvia golpeando la ventana del cuarto de Julio, el cual Ángela añoraba; o porque Ángela tenía restos de pintura en su gabardina, lo que desesperaba a Julio. Cuando no peleaban, podían disfrutar de la sopa de lentejas o de papa que les preparaba Elena, la vecina del piso de arriba. No obstante, por lo general, siempre terminaban discutiendo, tomando whisky y fumando los cigarrillos Piel Roja que importaba ilegalmente un grupo de personas del barrio de Julio. Intentaron pintar en el mismo espacio un día, pero por las peleas y las chocantes personalidades no pudieron seguir. Una noche de noviembre decidieron reunirse e intentar de nuevo pintar juntos, ya que esa misma noche habían sido invitados por Antonio a Manhattan a una galería donde se exhibiría su  obra más reciente y que tardó 14 años en exponer al público. Antonio era el artista más reconocido del momento en el círculo de intelectuales de Brooklyn. Su carisma y apariencia atractiva lo llevaba a entablar amistades con otros y relaciones inolvidables, por lo general, con otras mujeres artistas. Tras días de haber  conocido a Ángela, Antonio quiso acercársele con la intención de ser su amante, pero Ángela siempre mantuvo su distancia y prefirió tenerlo como su amigo artista más que un amor superfluo. Esa noche, cuando se reunieron en la sala del apartamento de Julio y después de hacer el amor, Ángela dejó caer un óleo color amarillo de su gabardina que había olvidado sacar del bolsillo izquierdo. El tubo de pintura cayó fuertemente cuando Ángela se puso bruscamente su abrigo, y éste terminó untando el sofá de la sala. Julio quedó mudo por dos horas y Ángela pintó uno de los cuadros menos importantes y tristes de toda su obra. Nunca sería exhibido. No volvieron a pintar juntos, sólo se veían por la noche y, como de costumbre, hacían el amor alborotadamente y fumaban Piel Roja con un vaso de whisky sin hielo mientras discutían y observaban el movimiento de la calle afuera. La rutina no desesperaba a Ángela, lo que le molestaba eran sus visitas al psicoanalista porque éstas le dejaban un sinsabor y un malestar emocional impidiendo la continuación de su rutina.

III. Una vez por mes, Sandra escuchaba proporcionalmente con el estado de ánimo de Ángela, los quehaceres de la pintora. Había recurrido al psicoanalista tras la muerte de su perro Parra. Ángela quedaría sin ánimo y salud física por dos años largos hasta que su amiga de entonces le recomendó que viera a Sandra, una psicoanalista freudiana que tenía su apartamento a sólo cinco cuadras del suyo. Habían pasado más de 15 años desde que Ángela se había mudado a Brooklyn; allí conocería a Julio, a Tomás, a Lindsay, la dueña de la galería Talo, y a Julieta, la amiga que le presentó a un amor tormentoso quien desarmó a Ángela en Seattle años después. La adopción de Parra fue una de las mejores decisiones que Ángela creyó haber tomado. Era un enrazado con sólo cinco meses de nacido que fue encontrado por los voluntarios del shelter de Brooklyn. Estaba maltratado y desnutrido, asustado, muriéndose de frío y tenía una cicatriz que le atravesaba el ojo izquierdo de la frente a la mejilla. Con dolor de dejar al resto de los perros rescatados, Ángela les habló por horas consolándolos que Parra volvería algún día a saludar. Decir que fueron mejores amigos es casi que un insulto; Parra se convirtió en el único ser en la vida de Ángela que sabía todos sus secretos, conocía todas las entonaciones distintas de sus llantos cuando se encerraba en el baño, entendía cuándo era hora de pintar, dormir, comer, jugar, escuchar música, entre otras actividades. Ambos se sentaban en el sofá del apartamento y miraban por la ventana. Mientras Ángela susurraba críticas e insultos por lo que veía, Parra ladraba y le daba un beso en la mejilla a Ángela. Trece años pasaron de estar juntos, que el hecho de comenzar a ver a su mejor amigo enfermo y sin ánimo fue definitivamente un golpe fuerte para la pintora. Su amiga Julieta había llegado a Brooklyn unos meses antes, acomodándose muy cerca del barrio de Ángela e instalando un local nómada de joyas y adornos que ella diseñaba y creaba. Entablaron una amistad por Parra y porque Julieta, quien frecuentaba las galerías de la ciudad, había quedado conmovida por una obra titulada P-a-r-r-a. Reconoció a Ángela y a su perro un sábado de otoño en el mercado de pulgas y tras una charla un poco rara pero amistosa, ambas mujeres intercambiaron su información. Ángela no tenía celular ni teléfono en la casa, y tampoco le gustaba usar computadores. La galería y la agencia que decidió exhibir su obra permanentemente en una galería prestigiosa le había asignado un correo electrónico para poder mantener su contacto al tanto y así popularizar su trabajo. Aunque, con sus metas menos ambiciosas y monetarias, Ángela nunca accedió a hacerse cargo de revisar correos. Semanas más tarde su agente se retiró y decidió no seguir representándola. No obstante, Julieta y Ángela intercambiaron direcciones de sus apartamentos y de un café del barrio que se volvería el sitio de reunión. Al reunirse en el café, ambas compartían un espacio mudo, artístico y sin juicio; Julieta, por un lado, cargaba un maletín lleno de piezas para hacer joyas y con eso se distraía por horas, mientras que Ángela apuntaba observaciones y pensamientos en un cuaderno viejo. En algún momento ambas discutieron algo sobre un collar que Julieta había hecho y un cuadro que Ángela pintaba en su apartamento. El resultado no fue agradable, queriendo irse cada una lejos del café y llorar o gritar. Después igual se encontraron y siguieron disfrutando de su mutua compañía. Una noche Julieta escuchó un golpe fuerte en la puerta de su apartamento.

  1. Cuando Julieta abrió la puerta lentamente, halló a una mujer embriagada, con la ropa sucia y sin abrigo. Julieta sabía que era Ángela porque nadie más conocía su dirección y casi nunca llamaban a la puerta. Ángela se despertaría por culpa de la luz intensa del sol en la media mañana, y vería a su amiga Julieta tomando café y llorando a la vez. Fueron 12 años y unos meses que Julieta conocía a Parra, y aunque se veían en el parque por casualidad, en el café o en el mercado de las pulgas, nunca hubo día que Ángela anduviera sin su fiel amigo. No hubo conversación entre ambas amigas, sólo la compañía que solían acostumbrar. Lo que haya pasado en los próximos dos años sólo lo sabría Ángela. Se supo que no regresó a la galería y se especulaba que había dejado de pintar. Julio era el único tal vez con quien tuvo contacto durante esa época deprimente, mientras que Julieta saludaba desde afuera del edificio de Ángela cuando pasaba por allí. El estado físico de Ángela se deterioró en semanas. Sus pulmones ya no daban más, tosía por todo, fumaba como una chimenea y sólo comía sopa una vez por día. Durante esos años también dejó de pintar todos los días. De vez en cuando lo hacía, tomaba un pincel y abría baldes de pintura, oleos, acuarelas y de más, pero el dolor de no ver a Parra era insoportable. El día que se reunió con Sandra, Ángela se encontraba en un estado físico de delgadez enfermizo. Sandra nunca le habló de entendimientos y racionalizaciones, sólo la apoyaba en su pena rescatando sus memorias añoradas con Parra. Su salud fue mejorando con los meses, igual sólo veía a Sandra una vez al mes. Julio le insistía en ir a verla, en tratar de alejarse de un pasado que ya no podría cambiar. Ángela, con mucho rechazo, se indignaba al escuchar eso, pero con el tiempo se dio cuenta que rescatar su propia vida sería un honor para Parra.

2. Cuando se aproximaba su ida a Seattle, Ángela quiso alejarse de todo lo que amaba, rechazando la realidad injusta que ahora le tocaba vivir. Julio siguió siendo su amigo, amante y artista deseado; Tomás mantuvo el rol de esperanza y lealtad para Ángela; Julieta decidió hacer joyas y collares para perros, dedicándole su mejor trabajo a Parra; y Sandra siguió sus consultas psicoanalíticas, enfatizando su cariño por Ángela. La noche de la última exposición en la galería Talo sería el momento culminante para Ángela; la artista había presentado explícitamente en sus cuadros y en las charlas con los espectadores entre otros: –la porquería de sociedad en la que vivimos todos, llena de dinero sucio, gente en la calle sin hogar por culpa del gobierno, superficialidad al máximo y una cultura vacía y al mismo tiempo llena de basura. Asumió que por su prestigio y reconocimiento estos cuadros no tendrían ningún problema y menos si cambiaba sus retratos por figurinas abstractas y sexuales, algo que no se veía para ese entonces en la galería Talo. Pero no fue así. La galería la despidió al ver que el público dejó de ir y las donaciones acabaron con las restauraciones que le harían a la galería. Ángela salió satisfecha de ahí, manteniendo su aire ficticio y asegurándose que volvería al día siguiente. Esa noche Julio le aconsejó buscar una nueva galería y seguir pintando. Julieta le aplaudió y le dio un beso despidiéndose de su amiga. Al llegar a su apartamento, Ángela encontró un sobre debajo de la puerta. Era Sandra. Cuando Julio le preguntaba por sus citas al psicólogo, Ángela le respondía que todo bien; igual su mejor amigo ya no estaba para tertuliar por horas. Lo que haya pasado entre la paciente y la sicoanalista, sólo lo sabría Ángela. Pero esa noche todo coincidió. Ángela le dijo a Julio que hablarían al otro día y se sentó a leer. Un diagnostico era posible, un resultado de alguna cita también, o siquiera una invitación a alguna galería. Ángela no esperaba recibir lo que sería una confesión de amor. Sandra se había enamorado de su paciente. Sin tiempo para pensar, Ángela recibió varias notas por parte de Sandra en las semanas después del fracaso de la exhibición. Su instinto artístico la llevó a pintar cantidades de cuadros y a no salir de su apartamento. Julio la visitaba con frecuencia hasta que se volvió ese espacio su destino amoroso y rutinario. Igual sólo pasarían dos meses hasta recibir la notificación del edificio que Ángela perdería su apartamento si no pagaba. Seattle se convirtió en el lugar indicado, donde el clima y los espacios artísticos le darían mejor vida. No fue una transición fácil y menos lo fue cuando descubrió que Sandra ya no practicaba en el apartamento a cinco cuadras del suyo. Ángela había querido despedirse en persona y tal vez recurrir a una última cita. El celador del edificio no supo qué decirle a Ángela, no tenía ningún tipo de información para poder contactarla. Pensaba Ángela que Sandra la podría buscar en alguna galería, pero con su viaje próximo decidió alejarse de todo y reinstalar su arte en un espacio nuevo.

Epilogo. El 10 de noviembre sería el día en que Ángela escucharía un timbre en su apartamento de Seattle, y al abrir encontraría a la persona que menos esperaba ver. –¿Sandra?  


Referencias: