La verdad más simple

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por febrero 4, 2016
La verdad más simple
La verdad más simple

Camelias - la verdad más simple

Cuando desperté no vi a nadie.

El olor a tierra mojada me sopló en la cara. Pisando las pistas de sol que entibiaban las baldosas, caminé hasta llegar a la puerta que resplandecía al final de la galería.

Entonces la vi.

El sol refractaba en cada gota de agua que bamboleaba por el aire, llovían colores que se disparaban y se escondían detrás del limonero. El viento traía perfume de lavanda. Yo observaba con asombro el arco iris que la cruzaba. Su silueta brillante parecía protegida por el caparazón de una burbuja luminosa. Ella era una flor más en su jardín.

Al verme en la puerta me llamó.

Llegar hasta ella fue como cruzar un laberinto. Las hojas de los rosales me salpicaban la cara y no dejaban ver, las espinas me frenaban, me tiraban atrás, pero cuando la alcancé, me recibió con los brazos abiertos.

-¿Quieres hacerlo? Preguntó.

-Sí. Y me cedió el mandó del riego. Me explicó con detalles los movimientos que tenía que hacer, y me contó los secretos para que cada flor reciba el agua que merecía.

–Aquellas se llaman Begonias; éstas de colores, son Fresias; y las de acá, que son mis preferidas, se llaman Camelias. Su voz sonó diferente.

Estábamos solos, uno al lado del otro, abajo del arcoiris del jardín, cuando me enseñó su verdad más simple: -El que no puede querer una flor, no puede querer la vida.

Tenía seis años y entre mis dedos se escurría el agua fría sin comprender lo que había escuchado.

Hoy, veinte y ocho años después, recordé aquella mañana.

Estábamos solos en la habitación del hospital, desde la cama, y con un leve movimiento en su cara me hizo un gesto para que me acercara, me aproximé y tomé su mano con suavidad, pero ella punzó sus dedos finitos y arrugados para decirme algo que no debía olvidar. Me incliné un poco más para poder oírla: “mi´jito a usté le dejo las Camelias, sabe, cuídelas” Luego de decir esto, cerró los ojos y siguió durmiendo.

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