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Las acciones

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suicidio


A las 3:20 de la tarde ,Olivero Barragán sale de la compañía aseguradora donde es vendedor desde hace ocho años. Lleva un librito de Anderson Imbert, que aprecia mucho,  sujeto en un sobaco. Un camión de correos se estaciona y un cartero se baja a entregar un paquete.

— Ahí se va a ensuciar —le dice Barragán—, mejor póngalo al final de la calle.

— No demoro. Esto va para recepción.

— ¿Supo la noticia?

— Cómo no, qué cosas… ¿Tiene usted?

— No tengo.

— Gracias a Dios.

— Pero todos en esta calle sí.

— Cómo va a ser.

Olivero Barragán mira su reloj y luego mira hacia el quinto piso del edificio de enfrente donde un acorbatado, coincidiendo con un tipo en el sexto, una señora en el noveno, cuatro en el décimo, ocho en la torre del banco, y contados unos veinte en edificios vecinos, abre una ventana y salta. No coinciden en la caída. Unos estallan contra el pavimento primero que otros.

Cuando acaba, el cartero mira pálido su camión cubierto de sangre.

— Usted sabía que esto iba a pasar.—le dice a Barragán.

— Lo sospeche. Ninguno me había comprado seguros.

— ¿Y por qué sonríe?

— Porque mi jefe tampoco.


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