El éxtasis de la vida se manifiesta en tantas cosas, tan extrañas como en esa pendejada que hicimos una madrugada de hace mucho tiempo: dispararle a un hombre con el engaño de unas munisalvas y de aquella forma recordarle que, inevitablemente, algún día moriría. Éramos unos niños todavía y ese día habíamos empezado a beber desde temprano. La ocasión lo ameritaba.
Emiliano había comprado a escondidas de sus padres una pistola de salva, gracias a la clandestinidad que se vive en México, además de las pocas restricciones impuestas por la SEDENA. Decidió adquirirla en la Plaza Lido tras ver el revolver que mi hermano, Javier, usó para uno de sus deberes escolares: cortometraje universitario que había producido, fotografiado y participado como extra en una toma que agregó el escritor y director del proyecto a último momento, siendo Javier el sujeto que abría la puerta de un cuarto en un hotel antiguo del centro en la Ciudad de México, desapareciendo de la cámara a lo largo del pasillo. Y sin saber por qué, dos meses después del proyecto, la pistola se quedó guardada en uno de sus cajones del cuarto que mamá aún conservaba intacto para que lo usara algunos fines de semana o cuando viniera a vernos.
El caso es que mi amigo, al ver aquella imitación tan real, quedó impactado por su belleza, su diseño. Revolver plateado. Llama modelo ocho. Los padres de Emiliano nunca le habían permitido tener pistolas o cualquier tipo de arma de juguete, ni siquiera de dardos o de agua. Así que ese día nos pusimos de acuerdo para salir con nuestras pistolas de mentiras a las calles. Ambas armas eran casi idénticas, pero será mejor que empiece por el principio:
Yo pasé por Rodrigo en el auto blanco de mi madre a un fraccionamiento residencial situado en la avenida San Diego, donde él vivió poco más de tres años hasta que la muerte de su hermana mayor terminó por hacer estragos en una familia donde, sin ningún padre presente, la pérdida fue eco y fue tormenta. Un diluvio que se convirtió en océano, dejando a la madre naufragando en la incertidumbre, en la nostalgia que intentó llenar entre apuestas en casinos y muchísimas visitas a iglesias mientras que Rodrigo y su hermano Mariano, el más pequeño, se mudaron de regreso a Sonora con sus tías y así ella pudo librarse de deberes e irse a vivir para Acapulco.
Pintura por Ramón Peñaloza
Ya en su casa, nos birlamos una botella de vodka a la mitad y una de las cuatro caguamas Victoria que estaban en la refrigerador. No había nadie, su hermano menor estaba con algún amigo jugando en la calle, o en algún rincón de la colonia. La cerveza la bebimos en la sala escuchando música lo más rápido que pudimos para que no se nos hiciera tarde, y después nos lavamos los dientes para que los padres de Emiliano no se dieran cuenta cuando llegáramos a recogerlo, pues probablemente nos saludarían tan amables como siempre, tan tranquilos y hospitalarios con los invitados de sus hijos.
El más pequeño era él, Emiliano, que tenía quince años, después estaba yo con un año arriba y por último Rodrigo, que tenía diecisiete, aunque se veía más chico. Él traía unos zapatos negros que a simple vista se le veían grandísimos y la camisa blanca tan delgada resaltaba sus pezones peculiares, muy orondos, tanto que en el torneo de fútbol de las secundarias estatales de Morelos, solamente entre el equipo, se le había apodado como el Bipichichi. Cosa que Emiliano, en aquel entonces, desconocía por qué, además de ir un grado abajo en la escuela, acudía a otro colegio situado a tres cuadras de mi casa, el Francés-Americano.
Él traía un traje de lino café y un sombrero blanco, panameño. Y yo hasta había comprado unos tirantes negros que primero usé con cinturón hasta que Javier, mi único hermano mayor, antes de tomar el coche de mi madre, me dijo que eso se veía realmente estúpido. Pretendí no hacerle caso, pero en realidad dejé el cinturón negro en el costado de la puerta del automóvil desde antes de prenderlo y pasar por Rodrigo a su casa.
Cuando llegamos por Emiliano, él todavía no estaba vestido, seguía en pijama pintando con su padre. Y en lo que lo esperamos nos pusimos a jugar PlaySation con Ernesto, su hermano menor. Dos partidos de FIFA 2001 y listo. Antes de salir, su madre, la señora Olfa, tomó una foto de los tres bien perfumados.
Creyéndonos casi hermanos, nos veíamos casi todos los días y estábamos seguros que nuestra amistad era tan fuerte como el hierro, aunque no sabíamos realmente qué era lo que nos unía. Sin espadas ni chuchillos, los tres mosqueteros se quedarían cortos; o al menos así lo imaginábamos en esos días de juventud y adolescencia, de preludios y de vida.
Llegamos al jardín de eventos algo tarde, donde nos encontramos en la entrada con Mariana y con su amiga. Por desgracia de nosotros, nos tuvimos que sentar en la mesa con sus padres. Así los quince años fueron una mierda, destruyendo toda expectativa, ensuciando las ideas que habíamos tenido previamente sobre aquella fiesta.
Por supuesto, habíamos metido en una botella de PET lo que quedaba de la botella de vodka, la que hurtamos de la madre de Rodrigo. Durante la comida, el alcohol se quedó en la mochila que dejamos en el lobby del hotel donde se realizaba el evento, pero después la recogimos y la tomamos con ellas, a escondidas en el enorme jardín húmedo, bajo las estrellas calvas. Ahí yo fajé con Mariana y, al final, Rodrigo obtuvo un par de besos de su amiga, quien además le pasó su teléfono, pero esa es otra historia.
El evento acabó relativamente temprano y como queríamos seguir de fiesta, nos fuimos a jugar cartas a casa de otro amigo, de Octavio. Él tenía casa sola. Su madre había salido para la capital el viernes en la tarde y regresaría hasta el domingo en la noche. Invitamos a Mariana y Camila, su amiga, pero el padre de Mariana se negó rotundamente, a pesar de que le ofrecí llevarlas en mi auto de regreso a casa.
Da igual, de camino nos paramos en un horrible rojo y amarillo Oxxo de provincia, a comprar agua mineral, cerveza, ron, hielos, cigarros y una Coca-Cola que nos vendieron con la naturalidad que la vendían a cualquiera en aquellos días ni tan lejanos, sin importar edad, género ni restricciones gubernamentales.
Nos acabamos las cervezas estacionados en el auto, platicando, fumando cigarrillos afuera de la casa de Octavio; y una vez que entramos, fuimos directo a la cocina a servirnos otros tragos. Cinco fueron los que preparamos, porque también estaba Alfredo, su mejor amigo y su vecino, literalmente. Muchacho de complexión fuerte que, de igual forma que Rodrigo y Octavio, sin padre había crecido pero con la diferencia de una madre dominante, a la vez ausente entre el trabajo y sus amores escondidos, entre un tabaquismo de carácter obsesivo y la culpa por haberlo delegado al cuidado de sus hermanas.
En lo que platicaban, sacaban las cartas y verificaban que todas estuvieran, yo aproveché para llamar a mi madre de mi celular, Nokia modelo 5120, el del tan mencionado juego de la serpiente. Me contestó mi padrastro. Le dije que pernoctaría en casa de Emiliano y él me dijo que mi madre aún no llegaba a casa, que él le avisaría. Fue en realidad una llamada muy rápida y al terminar pensé en hablarle al celular a ella o al consultorio, pero no lo hice porque se molestaba cuando la interrumpías con algún paciente.
Yo había caminado al otro extremo mientras hacía la llamada, pero cuando regresé de esa corta caminata de seis pasos y me senté en la silla de la mesa con mis cuatro amigos, me di cuenta que yo ya estaba ebrio, demasiado, por lo que dejé de beber a la velocidad de ellos.
Alfredo y Emiliano querían jugar Texas Hold´em pero afortunadamente fuimos tres los que no estuvimos de acuerdo y terminamos jugando un buen póquer clásico, de hombres. Así, pasamos un buen rato platicando y apostando de a cien pesos la entrada. Juntamos más de setecientos y entre copa y copa, el comedor se fue impregnando de humo de cigarro y medianoche. Inevitable fue la trampa, me puse de acuerdo con Emiliano.
De aquella forma, hicimos que él fuera ganando. Y a mitad del juego Rodrigo se dio cuenta que yo no estaba bebiendo como ellos, y no desaprovechaba la oportunidad de echarme en cara eso. Él, como la mayoría de los norteño mexicanos y de muchos hombres alrededor de todo el globo, tenía más arraigada la idea fetichista adjudicada a la alcohol y a la bebida, la que se asocia con la hombría. Afortunadamente, del engaño nadie sospechó nada hasta que fuimos obvios, descuidados y cínicos en las formas de engañarlos.
Octavio ya había subido a su cuarto a jugar con su computadora porque fue el primero que sacamos. Después dejamos agonizando a Rodrigo con tan sólo cinco fichas blancas, cuando con un evidente mejor juego que Emiliano entró en pique para ganarle pero en realidad nunca pensó en las posibilidades de una corrida mía, y lo atrapó su afán de volver al juego como el contrincante más pesado. Enojado, nos dijo no cuadraba, que estábamos haciendo trampa y Emiliano se paró inmediatamente.
–¡Me estás llamando mentiroso! Hijo de puta– y sacó de golpe el arma, actuando fuera de sí mismo, detonándola en frente de su cara justo al termino de sus palabras. Excitado por usarla, no pensó en nada más que eso.
Todo fue un escándalo muy rápido, entre gritos, lloridos y gemidos, Rodrigo se fue directo al suelo frío después del ruido del disparo. La silla en la que él estaba salió para el extremo contrario de donde acabó su cuerpo, tendido de costado y estremeciéndose de forma involuntaria. Ninguno supo qué hacer, estábamos petrificados, en esos momentos nadie imaginó la posibilidad de la pólvora quemando su rostro, principalmente su frente. Así, pasaron no más de tres segundos, y después estalló una carcajada unánime que alborotó a los perros de la cuadra.
Alfredo y yo lo vimos todo. Rodrigo se rió para no llorar, pero aun así lloró. Y en aquel momento de escándalo, bajó Octavio las escaleras asustado, corriendo, creyendo que se había quebrado algo de la extraña y meticulosa sala que tenía su madre, con grandes ceniceros de cristales –a pesar de que en su casa nadie fumaba–, con plantas y flores plásticas en floreros reales, con almohadillas de diferentes colores estúpidos.
–¡Qué pasó! ¡Qué pasó!– gritó dos veces y nuestras risas se apagaron con esfuerzo, aunque la primera en callar, por supuesto, fue la de Rodrigo.
Alfredo y yo le explicamos todo, en lo que Emiliano le pedía perdón y hasta fueron a la cocina, donde estuvieron platicando, bebiéndose otra copa apartados de nosotros. El dinero se volvió a repartir entre todos los participantes, de forma que al final nadie había perdido nada; fue idea mía.
Así nos dieron las cuatro de la mañana. Octavio y Alfredo se subieron a dormir como a las cinco y nosotros partimos de su casa. Así, descubrimos durante el trayecto en automóvil que las calles estaban también ebrias. Nadie nos miraba y a nadie le importaba nada. Yo conducía a la mayor velocidad posible, saltándome semáforos e incluso en sentidos contrarios, atropellando unas pocas bicicletas estacionadas mientras Emiliano aventaba los embaces de cerveza hacia las casas y comercios desde las ventanas.
Bebiendo mientras hacíamos todo eso, nuestra estupidez nos alentaba, nuestra inmadurez nos hacía sentir grandes; delirando, cada uno a su manera. Emiliano estaba en éxtasis de vida, Rodrigo peleando con sus miedos y yo, enojado con el mundo, desquitándome de la única forma posible, destruyendo.
–¡Esta es la última vez que me llevas a mi casa!– gritó entre tanto alboroto Rodrigo aún con la cara roja por la quemadura de la pólvora, pero lo opacó el volumen de la música y nosotros no le dimos importancia, nos reímos sabiendo que estaba asustado.
Eso también nos alentaba. Por un lado, a él ponían muy nervioso ciertas actitudes que teníamos de rebeldía sosa hacia a la vida, de destrozos y ataduras, de psicopatía; por el otro, le atraían nuestros trastornos disociales para los cuales él no tenía el menor carácter. Y así, sin decir nada, yo di el primer balazo al aire y tan sólo el ruido de mi arma hizo que la bala de mi espíritu se elevara hacia las nubes, haciéndome sentir libre y malvado, pero sobre todo libre. En ese momento Rodrigo intentó gritar nuevamente algo más pero Emiliano detonó la suya más veces, acabándose toda la recarga del revolver.
De esa forma, casi se nos acabaron las pocas balas que traíamos y nuestro amigo ya no dijo nada, se apretó contra el asiento esperando lo inevitable. Todo el día habíamos cargado nuestras armas sin usarlas y no le habíamos dicho a nadie, hasta el incidente del disparo en casa de Octavio.
Esquina con Palmira, ahí fue donde lo vimos, saliendo de una curva lo encontramos con su banda de cholos, rayando las paredes, haciendo vandalismo ciego, inocente. Metí freno de mano y giré el volante de mi carro, haciendo mucho ruido. Después, desde la ventana le apunté con la pistola y Emiliano se bajó del auto para apuntarle el revolver de frente, cara a cara.
–¡No! Por favor… No– gritó. Y no sé por qué, pero se hincó.
Dos disparos y en seguida se escuchó un tercero que no vi y me sorprendió metiendo primera, intentando arrancar el coche. Después, nadie gritó nada o no escuchamos entre la excitación del momento. Cuando nos movimos Emiliano había cerrado la puerta en movimiento. Reíamos un poco asustados, pensando que lo realizado tenía algún significado, misterio del cual nosotros no sabíamos y por ello, nos unía como cómplices, como amigos. El hombre había muerto y renacido, y nosotros éramos testigos, jueces y verdugos.
No se dijo mucho en el trayecto después de todo lo sucedido. Manejé lo más rápido que pude pero ya estábamos muy cerca de la casa de Emiliano. Y cuando llegamos, como ya casi estaba amaneciendo, tuvimos que entrar a su casa con muchísimo cuidado, pues sus padres aún estaban en la cama, durmiendo tranquilamente. Por lo que nos fuimos directo a su cuarto, donde en el balcón esperamos a que amaneciera, comiendo y fumando un cigarro tras otro, compartiéndolos al igual como lo hacíamos con la bolsa de galletas.
Cartagena de Indias, 2014.
