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Los mensajes que dejó Gabriel García Márquez para decirte que Macondo es real

Letras Los mensajes que dejó Gabriel García Márquez para decirte que Macondo es real



La primera vez que hojeé el libro "100 años de soledad" de Gabriel García Márquez no sabía nada sobre el amor, el valor inquebrantable ni de la soledad. Tenía 15 años y me revolvía con la similitud de los'

nombres de la familia Buendía. Me sorprendí cuando José Arcadio conoció por primera vez el hielo y pagó cinco reales para mantener su mano sobre el diamante más grande del mundo "mientras el corazón se le hinchaba de temor y júbilo al contacto del misterio". Yo me sentía de la misma forma mientras leía y conocía la historia de Macondo.

Cuando llegué a la tercera generación de los Buendía me llegó de súbito una pregunta: ¿dónde está Macondo? Había reído, llorado y sonreído por los acontecimientos que suscitaban en las calles de un pueblito mágico y ni siquiera sabía con certeza dónde se encontraba aquel lugar. Fue entonces cuando pregunté a las personas que supuestamente sabían de la materia. La respuesta fue unánime; Macondo sólo existe dentro de la novela.

"¿Cuál es este lugar que evoca Márquez en sus memorias 'Vivir para contarla'? La respuesta está en un suceso de su infancia".


Con aquella sentencia vivía toda mi vida hasta que hace un tiempo encontré un texto titulado "Las raíces reales y literarias de Macondo". El autor del texto, quien prefiere ser llamado sólo como Alguien, asegura que Macondo tiene siete actas de fundación. Cuatro se encuentran en historias más viejas a "100 años de soledad" donde sólo un lector que conoce de manera íntegra la obra del Gabo puede armar el rompecabezas. Otra es el inicio mismo de los Buendía mientras que las dos últimas, las cuales me llenaron de alegría por contradecir el factor ficticio de la obra, son vivencias personas del premio Nobel colombiano sobre un territorio real llamado Macondo.

Macondo

Como bien dice ese Alguien, en el imaginario universal ese territorio nacen en el arranque de la obra en 1967: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

"Así inicia la obra más importante de Gabriel García Márquez, aunque en el relato «Un día después del sábado', con el que gana en 1954 el Premio Nacional de Cuento, Gabriel escribió: "Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó:«Si hay un cura debe haber un hotel». Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (…) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida".

Macondo

¿De dónde surgió la inspiración para nombrar a un hotel con tan peculiar nombre? La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: "La hojarasca", publicada en 1955. Y lo hace en la narración introductoria:

"De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra".

Éstas y otro par de declaraciones o mensajes dejó García Márquez en otros relatos paralelos, pero los que más importa son los que demuestran la veracidad del lugar. En el artículo citado el autor extrae una breve anécdota del Gabo: "Cuando el tren arrancó, con una pitada instantánea y desgarradora, mi madre y yo nos quedamos desamparados bajo el sol infernal y toda la pesadumbre del pueblo se nos vino encima. (…) Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”.

Macondo

¿Cuál es este lugar que evoca Márquez en sus memorias "Vivir para contarla"? La respuesta está en un suceso de su infancia.  "Un día, el niño Gabriel García Márquez iba asomado a la ventana en un tren amarillo, que no paraba de soltar serpientes de humo con cada pitido y leyó en la entrada de una finca un letrero metálico azul que en letras blancas decía: Macondo. Y la palabra voló a esconderse en algún refugio de su memoria".

Macondo era una finca la cual frecuentaba el escritor colombiano en su niñez. "Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética" contó Gabriel.

Fue así como por fin descubrí la verdad. Macondo no sólo fue un lugar mágico en el mundo de las letras sino un antiguo lugar que existió en la realidad y poco a poco la maquinaria del futuro derribó. Lo cierto es que vendieron esa casa donde nace el verdadero Macondo. Los años que vivió con su abuela Tranquilina Iguarán Cotés y su abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía.

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Quizá por estas razones Macondo, el lugar que vivió soledad "donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales, y al norte la salida inencontrada [sic] al mar", porque nos recuerdan a un día en paz entre los jardines silvestres de la casa de los abuelos se sentía tan cercano a nosotros.


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Fuente: Algún día en alguna parte








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