Era más grande el dolor de su recuerdo que el amor que sentía por ella
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Era más grande el dolor de su recuerdo que el amor que sentía por ella

Avatar of Fernanda Lara

Por: Fernanda Lara

6 de julio, 2017

Letras Era más grande el dolor de su recuerdo que el amor que sentía por ella
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6 de julio, 2017



En el siguiente cuento de Fernanda Lara el horror, la locura y el amor maternal se mezclan en una perturbadora historia en la que los recuerdos construyen una prisión de dolor.


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MARTINA

Le gustaba su nombre porque le recordaba a su madre, pero al mismo tiempo deseaba no tenerlo. Su madre había muerto hacía tiempo, pero no olvidaba lo que era sentir su beso o su cálido abrazo. A veces era más el dolor de su recuerdo que todo el amor que podía sentir hacia ella.

Eran pocas las veces que podía recordar lo sucedido. Gracias a todos los medicamentos que recibía en ese lugar, perdía la noción de su vida, su pasado, quién era y dónde estaba. Había dejado una pequeña nota debajo de la cama que le recordaba que tenía que presentar un examen muy pronto.

Al día siguiente, se despertó temprano. Llegó al lugar en donde una chica le sonreía:

—Buenos días, Martina. Mi nombre es Julieta y yo te aplicaré tu prueba. Toma asiento, por favor.

—Buenos días— exclamó Martina.

—En un momento iniciamos— exclamó Julieta.

—¿Tomará mucho tiempo? Mi mamá y yo iremos de compras saliendo de aquí— Julieta la miró en silencio y exclamó:

—Tomará sólo media hora.

La aparente prueba de dibujo que contestaba Martina era, en realidad, una prueba psicológica en la que los resultados habían sido poco favorables. Llevaba meses con alucinaciones, pérdida de memoria y, por lo tanto, desorientación; además de automutilación provocada por el alto nivel de depresión con el que vivía.

El examen también mostraba que, en los últimos días, había empeorado. Martina había tenido un cuadro psicótico, y como resultado la había afectado un trastorno de personalidad múltiple.

—Terminé mi prueba— dijo Martina.

—¡Perfecto! Si mejoras un poco más en este examen, muy probablemente nos acompañes al viaje de fin de curso— la alentó.

—Muchas gracias. Estaré esperando ansiosa— dijo Martina por última vez, y se fue rascándose la cabeza por la falta de aseo.

Al llegar a su habitación, tuvo una sensación extraña. Comenzó a ver recuerdos de su vida; eran como pequeños rastros de luz fugaces, desordenados, repentinos, a una velocidad que ella no podía manejar.

Recordó todos los abrazos que su madre alguna vez le dio, todas las veces que la defendió de aquellas personas que creían que haberla tenido era un error, recordó cómo era su madre la que con sus abrazos la salvaba de cada episodio, la que la mantenía atenta a esta realidad, la que le decía que esto en algún momento iba a terminar. Dentro de tantas escenas vislumbró aquella por la cual estaba en ese lugar. Era el recuerdo más borroso, al que más le costaba llegar.

Se vio a sí misma sentada en el piso, abrazando sus rodillas, aferrándose a ellas con temor, como si con esa acción pudiera volver el tiempo atrás y evitar ese desastre. En su mano derecha sostenía un desarmador, completamente lleno de sangre. Toda su ropa, inclusive su rostro y brazos, habían quedado salpicados, pero Martina no hacía nada por limpiarse.

Estaba pasmada, con la respiración agitada, observaba un pequeño charco de sangre que amenazaba con acercarse a ella. A unos cuantos pasos, estaba el cuerpo: sus ojos completamente abiertos, vidriosos, viendo directamente hacia donde se encontraba Martina. En su rostro todavía se podía ver una expresión de terror. Las gotas de sangre se confundían con las pecas que normalmente adornaban su rostro.

Recordó haber escuchado gritos; después de estos gritos, a alguien hablando con ¿otra persona?, ¿eran dos personas dentro de la casa?, ¿quién estaba con ella? Daba igual, tampoco le importaba mucho quiénes la observaban.


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A los pocos minutos escuchó las sirenas a lo lejos. Poco a poco se acercaban. Veía las sombras de los uniformados en azul, los uniformados de blanco; vio a alguien apuntando directamente a su rostro, de repente otro oficial le dijo que bajara el arma.

En un momento todo se volvió más rápido. ¿Cuándo le habían puesto las esposas?, ¿quiénes eran todas esas personas?, ¿por qué gritaban que hay más en el segundo piso?, ¿hay más?, ¿más qué?

Vio a su nana entrar por la puerta, después de que tres oficiales intentaran, sin éxito, que no entrara a la casa. Martina le esbozó una sonrisa que se deshizo rápidamente al escucharla sollozar: —¿Qué es lo que has hecho, Martina? ¿Por qué? ¡A tu propia madre!

En ese momento, Martina volteó a ver el cadáver. Su mente se aclaró. Sintió que un frío le recorría todo el cuerpo. Comenzó a gritar, a retorcerse en los brazos de los oficiales para que la soltaran. Sus gritos se escucharon por toda la manzana, hasta que uno de los médicos le inyectó un tranquilizante. En ese momento, la voz de Martina fue perdiendo intensidad y su cuerpo se debilitó, hasta que por fin pudieron colocarla en la camilla camino al hospital.

Los recuerdos de Martina fueron interrumpidos súbitamente por el sonido de la puerta cerrándose. Habían intentado darle de comer por los últimos 10 minutos, pero ella estaba tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta. En ese momento, Martina se armó de valor para hacer lo que todo el mundo pensaba que era mejor, desde el día que había nacido.

Intentó encontrar en la habitación algún instrumento que la ayudara, pero no lo logró. En el cuarto no había algún objeto con el cual pudiera lastimarse, o eso era lo que creían. Se sentó con la espalda recargada en la pared; delante de ella estaban la cama, la ropa que algún día le había traído su nana —que era en realidad de su madre— y una infinita pared blanca, que había sido testigo de cada lágrima que había llorado desde que había llegado ahí. Extendió su mano, tomó la fotografía de su madre y sollozó:

—Espero que puedas perdonarme algún día. Hoy mismo te estaré acompañando, donde sea que estés.

Comenzó a azotar su cabeza contra la pared. Primero despacio, pero su fuerza iba aumentando a cada golpe. La pared se manchaba, poco a poco, de un negro rojizo. Con cada golpe, cada recuerdo se volvía negro, se volvía nada. Se sorprendió por la tardanza de los médicos, pero al mismo tiempo lo agradeció. Sabía que no existía nada que pudiera cambiar ese destino. Comenzó a sentirse mareada, sin fuerza. Escuchó cómo los enfermeros luchaban, tratando de encontrar las llaves de la habitación; pero el sonido de estos se iba alejando, cada vez más lejos de donde ella estaba.

Sus ojos comenzaron a cerrarse justo en el momento en que los enfermeros entraron, casi tirando la puerta. La imagen era desgarradora: en la cama se encontraban el diario de la chica, donde solía escribir en los pocos momentos de lucidez; una nota de periódico donde se relataban los hechos de aquel día en el que vio los ojos de su madre por última vez; y un montón de fotografías de su familia, esparcidas por toda la cama.

Y en medio de todo el cuerpo de Martina, la sangre escurría por la parte trasera de su cuello. El rojo contrastaba con el blanco de la pared y del vestido que ella tenía puesto. Sus ojos, mirando en la dirección de la foto de su madre, reflejaban tristeza, desesperanza y arrepentimiento.


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Referencias: