Este poema es una ráfaga de aire que va al cuerpo, al alma; continúa leyendo…

Te di mi sangre que al principio fue tuya,
los pies descalzos y la plenitud de la luna.
Te di el eterno abrazo que definió tu figura,
los silencios, los latidos que hoy me sepultan.
Te vi renacer en cada alba y volar en el cenit,
sobre la cresta más llameante de tu perfil.
Te vi llorar, sí, pero también te vi crecer
y en la agonía de tu belleza, reverdecer.

Recuerdo que me besaste el firmamento
dejando mil peces nadando en ello.
No olvido las noches de algarabía,
y esa flor que con tu canto se abría.
La tierra húmeda entre los dedos,
el olor de tu cielo y sus destellos.
Fuiste de la tormenta el rocío,
ese aliento que da vida a los niños.
Fuiste la sabiduría de los viejos,
fruta dulce que se convierte en anhelo.
Pero tras de ti se fue hasta el viento,
se fue la lluvia, el consuelo y el turpial.
Se quedó sentado esperando, el cerro,
llorándote lágrimas de cafetal.
Se quedaron aquí mis esperanzas,
pensando cuán pronto regresarás.
Me quedé en silencio mientras te amaba,
bebiendo lágrimas de cafetal

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Si el amor se presenta a tu puerta, ábrela, permite que entre, después decidirás si le das eternidad o un suspiro; lee los poemas que te llevarán por las etapas del amor y llénate de letras y nostalgia.
