No puedo recordar a la persona detrás del monstruo, él llegó con su disfraz de alguien bueno. Las puertas de mi hogar se abrieron para cobijarlo, le di un espacio en mi pequeña habitación. Con el transcurso de las horas, días y meses sabía que algo iba mal, pero decidí callar porque lo atribuía al confinamiento de esas cuatro paredes color amarillo que en ocasiones me asfixiaban.
El monstruo fue hábil en la manipulación, conoció mis debilidades, se empezó a alimentar de mis miedos, esperanzas e incluso provocó que mi amor propio se dañara. Recuerdo que emanaba maldad y cuando descubrió mi herida —la que había ocultado por mucho tiempo— sin ninguna piedad la hirió más.

Habían pasado dos años desde que se instaló en aquella casa que ya no reconocía como propia. Jugaba con mi mente, pues él era más fuerte y yo no era la misma. Permití que poco a poco carcomiera mi alma.
En momentos pensaba que las pesadillas eran reales, que no había manera de despertar o huir, hasta que mi neurosis se desató y no pude aguantar más. Ya no había más miedo para sentir pues lo había temido todo, esto me dio fuerza para pedirle que se marchara para siempre, que en mi hogar ya no era bienvenido. Aún recuerdo el odio que sus ojos me entregaron al irse.
Por las madrugas vuelvo a escuchar las últimas palabras que escupió sobre mi rostro después de traspasar la puerta: “Eres una puta de mierda, me voy pero no es por ti”. Ojalá eso lo hubiera sido desde un inicio, jamás debí proporcionarle un refugio. Al final quien necesitó de ayuda para remendar su espirito fui yo.

**
Los siguientes consejos de Mario Benedetti para un amor frustrado te ayudarán a superar a quien te partió el corazón.
**
Las fotografías que acompañan al texto pertenece a Jessica Evrard.
