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Molière y el policía

Letras Molière y el policía


la policia

Era domingo, el día estaba soleado y el cielo despejado. Un pajarillo se posó en mi ventana y, luego de unos momentos, tomó con su pico una galleta de chocolate que tenía en mi escritorio y se perdió entre los árboles del jardín. Suspiré hondo. Fui al baño y me miré al espejo. Crudo otra vez. No vuelvo a tomar, al menos, dos días seguidos. Me bañé con agua fría y desperté por completo. Revisé mi agenda y tenía dos eventos. El estreno de una obra de teatro y una fiesta. Opté por la primera, no sólo por la reciente promesa sino, sobre todo, porque una amiga era la asistente de dirección. Quería saludarla y conocer su trabajo en El enfermo imaginario.

La cita era las seis en el espacio Contigo América. Llegué tarde. Entré a la calle de Arizona por Nebraska y había un mercado sobre ruedas que impedía el paso. Estacioné el coche donde pude y corrí varias cuadras hasta el foro. Me encontré con un letrero y una agradable anciana. “Ya comenzó la función. No tocar.” ¿Ya comenzó la función?, me preguntó. Dije que tal vez no y me pidió que la esperara pues tenía que cerrar su casa con llave al otro lado de la calle. Regresó y tocó la puerta. Alguien salió y nos dijo que ya no podíamos pasar; la anciana argumentaba que un muchacho bien parecido le había dicho que aún no comenzaba la obra. No se acordaba que yo era aquel muchacho, o ya no le parecía tan buen mozo. Acompañé a la doña hasta su casa y al regresar, aprovechando que me habían dejado la puerta abierta, pude entrar al foro.

Me encanta Molière, me divertí mucho y me gustaron todos los actores. Terminó la obra y en la recepción ayudé a repartir el vino entre los asistentes. Y entre que servía y servía, pues me tomaba una que otra. Si es estreno es un brindis, no una peda. Sin embargo, al terminar de servir ya me había tomado como diez vasos. Tal vez por eso el vino se acabó tan rápido. Me puse muy platicador. Luego de que dos hermosas mujeres se negaran a que las llevara, me encuentro caminando de regreso al coche. No pude despedirme de mi amiga y eso me deprimió un poco, entonces pasé al primer oxxo. Una cerveza, sólo para refrescarme pues el tinto me deja la boca seca. Un brindis y una cerveza no son una peda, no obstante, llegando a San Jerónimo me había terminado la cerveza y ya andaba entonado. Pasé al segundo oxxo.

Al estacionarme vi a un policía y, como un auto estacionado ocupaba dos lugares, le pregunté si no había problema si pisaba, por un momento, el cajón contiguo. Negó con la cabeza. Compré una botella de vino y una cajetilla de Delicados con filtro, no tardé ni dos minutos en entrar y salir. Al llegar al auto el policía me sorprendió con un interrogatorio. ¿Viene tomando? ¿Y esa cerveza en el auto? Sacó su radio y temí por mi seguridad, porque de seguro iría al torito con mis niveles de alcohol en la sangre. Subí al auto, puse los seguros y me eché en reversa para retomar periférico, el camino libre para acelerar y alejarme de aquél héroe de la justicia. Empero, se puso frente a mí impidiéndome el paso, lo esquivé para no arrollarlo y me introduje en la lateral; de manera sorprendente, se aventó sobre el cofre y, sosteniéndose de los limpiaparabrisas, me gritaba que estaba arrestado. No quería ser detenido pero tampoco atropellarlo. ¿Acelero? ¿Me detengo? Mientras me hacía, a la velocidad de la luz, todas las preguntas y posibles consecuencias, fuimos embestidos por un camión de la ruta Toreo-Cuemanco.

Abrí los ojos en una habitación del hospital Ángeles del pedregal. Revisé mi cuerpo y estaba completo, pero tenía el brazo izquierdo roto y un collarín. Pregunté por el estado de salud del policía y estaba bien, una pierna rota pero bien. Sentí tranquilidad por ello. ¿De qué me van a acusar? ¿Ya saben mis amigos y familiares lo que pasó? Mientras especulaba escuché que alguien se acercaba. Era el policía. Entró en muletas y me amenazó con todos los delitos que se me iban a imputar; él era testigo de todo. Le pedí que no dijera nada y se negó, saliendo a paso muy lento de la habitación. Pinche necio. ¿Él o yo? Reflexioné en todo lo que iba a pasar. Tuve una pesadilla en la que me mataban en la cárcel. Desperté sudando como a las tres de la mañana y ya no pude dormir. No quería dormir. Tenía que solucionarlo. Resolverlo. Tenía que hacer algo. Por la mañana vendría el ministerio público, me interrogarían; tenía sólo unas horas para escapar de la situación. Entonces me vino a la mente una macabra determinación.

Entré a la habitación del policía y dormía profundamente. Tomé con cuidado el suero que lo alimentaba y lo vacié en el lavabo. Lo llené de agua con algo de jabón en gel transparente y volví a integrarlo a la jeringa intravenosa. Me retiré aguantando la respiración.

Hoy por la mañana me dieron de alta. En mi declaración dije que el fallecido policía me estaba echando aguas cuando fuimos embestidos. El seguro del camión se encargará de todos los gastos y daños a terceros. Lo primero que hice al salir del hospital fue regresar al oxxo de San Jerónimo, compré un six de corona y dejé una en el estacionamiento, como una flor, en memoria del policía. Las otras cinco me las estoy tomando ahora, mientras escribo esto. Al terminar releeré El amor médico.


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