Nací en una época en la que el brassier era una novedad

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Nací en una época en la que el brassier era una novedad
Nací en una época en la que el brassier era una novedad

Nací en 1951, en una época en la que el brassier era una novedad. Mi madre y sus amigas tomaban té mientras lo salteaban con un poco de ron a escondidas de sus maridos. Se burlaban de la servidumbre por vestir con ropa descolorida y tener una piel con enmendaduras. Pero ellas no notaban que su propia piel también estaba manchada por plastas de cremas con apariencias grumosas, maquillajes con colores rojos y un delineado exagerado que hacía sus ojos demasiado hundidos.

Relatos - nací en una época en la que el brassier era una novedad

Las niñas de mi edad, en la escuela, usaban faldas abultadas con pliegues que consideraban coquetos, pañuelos de colores y el cabello rizado para aparentar que eran más bonitas. Los niños, por otro lado, creían tener el control con sus pantalones bien planchados y con un olor embriagante extraído de las lociones de sus padres.

Pero yo sabía que esa vida no era para mí. Quería volar por el mundo con un montón de simpleza, sin holanes, faldas, ni tampoco el cabello recogido. Yo lo quería suelto.

Justo cuando tenía dieciocho años me gané una beca para ir a California. Soñaba con Disney y conocer a las princesas de los cuentos. Mi padre había conseguido un lugar para mí en una escuela para señoritas. Empecé cursando mi secundaria y después, en un concurso de modales, gané por ser la mejor portada y esas banalidades. Lo logré. Logré volar con mis propias alas y deshacerme de mis padres.

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La nueva escuela a la que llegué, estaba repleta de mujeres sofisticadas con accesorios de perlas, labial rojo y barniz transparente con destellos de pequeñas estrellas. Odiaba aquello, quería usar jeans a escondidas, irme de fiesta por las noches y leer el periódico en las mañanas.

Pronto dejé de encajar con esas mujeres de cabeza hueca. Me uní a un club de lectura en el que sus integrantes eran de mente abierta y los sábados se reunían al medio día para conversar de política y bandas famosas. Era muy inquieta, me aburrí y dejé la escuela al año y medio. Mi padre dejó de mandarme dinero. Mi madre se enojó tanto que inventó una historia de que yo me casaba con un hijo de familia acomodada. Así sus amigas dejaron de preguntar por mí.

Los años pasaron y conseguí un trabajo mal pagado en una librería. Al menos ahí me dejaban ser yo misma. Vestir lo que quería y comer cuanto se me ocurriera. Ya había cumplido los 30 y mi estabilidad económica no era la mejor. Mi padre murió en un accidente de auto y mi madre buscó casarse de nuevo. No lo logró.

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Pronto entendí que debía encontrar un compañero de vida con quien pudiera compartir mi tiempo. Conocí a alguien en un paradero de autobús. Me casé con él a los 36. Al año tuve la suerte de procrear una hija maravillosa. Pasó un año y medio y di a luz a un pequeño de ojos grandes y nariz perfilada.

Fue una vida plena y feliz. Hice lo que quise. Mi residencia en otro país logró darme oportunidades y un estilo de vida que fueron asombrosos. Hoy vives en otra época pero justo cuando encuentres esta nota sabrás qué hacer y hacia dónde ir, eso es lo que yo espero.

Con amor.

Tu abuela.

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Luego de esta carta conmovedora, podría interesarte Carta a mi hermano: cuando te enamores o Cartas de amor para mi amigo cerdo, porque no hay manera más bella que seguir escribiendo en papel.

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Las fotografias que acompañan el texto pertenecen a Elisa Imperi.

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