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No quiero hacerme adicta a ese dolor

Letras No quiero hacerme adicta a ese dolor



adicta a ese dolor

La sangre se cuaja porque hubo una hemorragia interna; se hace un revoltijo entre sí y entonces se hace visible la ruptura.

Tres etapas: dolor, inflamación y cambio de color en la piel. Moretones.

En la mía se ve como una nebulosa en un universo amarillo. Morado con negro y verde.

Dolor, inflamación y cambio. ¿Asqueroso?

No.

Sublime.

Hablo de los moretones. Se han marcado muchos sobre mi cuerpo. Pequeñas nebulosas difusas sobre mis piernas; figuras imperfectas que han dejado las noches, los días, tardes o mañanas de amor… si de amor podemos hablar.

Me muerde sobre el muslo y está ahí, señal de que nuevamente devoró mi sexo, se hizo líquido que mojó mi cuerpo.

Son la marca que la bestia deja como regalo.

Aquí se quedan. Esos moretones no desaparecen.

Estos sí, la piel se recuperará, pero lo de aquí, dentro del pecho, no. Esta hemorragia va más allá de ser interna…

Son la marca de la bestia.

Duelen si los rozo.

A veces, por las noches, sin que se dé cuenta, los toco despacio. Sólo a veces.

No quiero hacerme adicta a ese dolor.

Mientras lo hago, lo veo dormir y cuento los rasgos de su cara, escucho el lento y difícil respirar que su nariz rota le provoca.

Y duele.

¡Aquí! Duele.

Me quedo dormida con la mano en el pecho y despierto aferrada a su mano que, no sé por qué, está sobre mi seno, como si mi corazón se fuera a escapar. Aunque el corazón no esté ahí, lo sé, pero su mano se aferra a mi seno izquierdo…

Como si mi corazón fuera a irse…

De todo lo que hacemos, decimos y pensamos, ya no sé diferenciar qué los provoca. No tiene que ser un golpe estruendoso. No. Basta con una caricia en ocasiones y aparece el hematoma.

Yo casi nunca le dejo moretones. Yo sin querer le raspo las rodillas y le dejo rasguños sobre su pálida piel; es como una hoja de papel: frágil y blanca. Mis uñas se clavan sobre su espalda y se hunden en la blandura.

Dulcemente lo hago sangrar. Una herida precisa.

Mi lengua le raspa hasta que lo sangro; esa es la diferencia entre nuestras heridas: él sangra.

(Yo he de soportar la sangre estancada en mi cuerpo)

Él se encostra y entonces, entre los dos, las arrancamos.

L

E

N

T

O

Dejamos nuevamente la herida al aire, la tocamos, le echamos saliva para infectarla de… no sé si de amor se pueda hablar…

De eso que no sé.

La costra que quitamos con mayor deleite es la que se le hace aquí, en el fondo del pecho.

¡Rápido, rápido! Como si quisiéramos encontrar oro al fondo del agujero que, al final, no está tan hueco.

Y brota sangre.

Y llora en silencio.

Se hace pequeño. “Ya. Todo va a estar bien” Y dejo que apriete mi moretón fuerte; los dos lloramos, los dos nos dolemos.

Y todo comienza de nuevo.


Referencias: