¿Cuánto tiempo de la vida pensamos en la muerte? Es una sentencia de la que no podemos escapar, un cuerpo espacial que gravitamos, que nos mueve y que en algún momento nos devorará. Cuando vemos una fotografía de nosotros mismos observamos aquello que fuimos y que ya ha muerto; una mirada que jamás se repetirá, pero que ha quedado capturada para siempre en un pedazo de papel fotográfico que nos sobrevivirá.
En el siguiente cuento de Chizo, los personajes se aferran a las memorias; como si recordar fuera dar vida a lo que ya no está, cuando en realidad recordar puede ser entregarnos a la muerte.

NO SE MUEVAN
Conocí la palabra apego porque las casualidades de la vida me llevaron a la Psicología; antes de eso, sólo sabía que nos cuesta trabajo dejar ir lo perdido.
A principios del siglo XX, con el acceso a la fotografía como avance tecnológico, a la gente de algunas provincias del bajío mexicano les dio por inmortalizar momentos importantes de la vida y de la muerte.
Siria se casó a los 19 años y a los 20 tuvo a su primera hija. Dos años más tarde su hija murió; una pulmonía mal tratada la dejó sin respiración. El funeral se llevó a cabo como de costumbre; a la difunta la vistieron de blanco, como de costumbre. Blanco es el color que se elige por connotar la pureza y ensalzar la metáfora de que un niño es un ángel por su inocencia, y los ángeles visten de blanco.
Momentos antes de partir al panteón y hacer la marcha fúnebre hacia el descanso eterno, la madre, el padre o quien así lo quiera pasa al frente, donde el cajón se acomoda de manera estratégica, decorado con moños ensortijados con el propósito de crear un aura blanquecina. El difunto yace con el semblante plácido, pálido y con los ojos cerrados para siempre; el fotógrafo, entonces, tiene la misión de enfocar y oprimir un botón. Espera a que los familiares se acomoden de uno en uno y posen al lado del difunto. Es así como las fotografías más tristes de la historia son tomadas.
Días más tarde, la película fotográfica es revelada y la gente la enmarca y la cuelga en alguna pared, como de costumbre. Y ahí se quedan por años, se les puede ver en esas fotos en blanco y negro, derruidas, melancólicas y mal puestas; adornando nada, hacen homenaje al gusto más mórbido. Yo las he visto, siempre estoicas y frías, vacías de sonrisas. No me queda más que sospechar que están hechas con la misma materia con la que se hacen los filos de los cuchillos.
Y así, por absurdo que parezca, la gente acuna ciertas costumbres, y se aferra y se aferra y se aferra a no soltar. Hasta que logran su cometido, recordar todos los días, a cada hora, a cada instante, que en esa fotografía hay dos muertos, uno con los ojos abiertos y otro con los ojos cerrados, sólo que el primero con el tiempo acaba estándolo más que el segundo.

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Algunos grandes poetas mexicanos han escrito sobre la muerte. Si te interesa conocer sus obras, te recomendamos leer a Jaime Sabines y al joven escritor Gerardo Arana.
