No se podía salir con la suya

3 min de lectura
por
No se podía salir con la suya
No se podía salir con la suya

Cuentos de poetas - no se podía salir con la suya

Sara Esquivel era una señora que quería ser escritora, pero no tenía ningún talento, sólo presumía que tenía un pariente artista. “Odio a Televisa pero tengo un pariente artista”, era lo que siempre decía para que la gente le tuviera valía.

Pobre Sara, pobre Sara, que no puede articular poéticamente sus palabras.

Se juntaba con personas que sólo la halagaban por su apellido, linaje y pretensiones falsas; se juntaba con aquellos que eran como ella, hipócritas snobs que sólo les gusta el arte porque creen que así son especiales. Pero no lo eran, sólo del arte les gustaba el glamour, la publicidad y el reconocimiento social; empero, no conocían nada del proceso, como el sudor, la sangre derramada y las lágrimas acumuladas. A Sara nada de eso le importaba, sólo que la gente la viera y reconociera como escritora, como la gran escritora que soñaba ser… Pero nunca escribía, sólo cartas a sus familiares y amigas contando lo feliz que se sentía, lo feliz de la vida y su dicha de poder compartirla. “¡Mírenme, mírenme, soy más feliz que ustedes!”, las palabras entre líneas de sus cuentos, fotos y eventos. Sin embargo, en el fondo se sentía deprimida porque ningún talento tenía.

Pobre Sara, pobre Sara, que no puede articular artísticamente sus palabras.

Hasta que un día decidió participar en un concurso, y para ello hizo el peor acto que pudo. Plagió la obra de un amigo, un joven escritor que le había confiado algunos escritos. Su nombre era Tonatiuh y había fallecido de un tiro, un tiro que se había dado por un amor que nunca le fue correspondido. Sus últimos escritos atestiguaban su dolor y nadie sabía que le había entregado a Sara algunos de estos, y eso fue lo más denigrante. Tomó la voz de un muerto en vilo.

Pobre Sara, pobre Sara, que no puede articular auténticamente sus palabras.

El Premio Internacional de Poesía le dio todo lo que ella quería: fama, reconocimiento y valía. En la ceremonia de premiación y entrevistas le preguntaban cómo lo hacía, ¿cómo podía escribir tan intensa poesía? Ella sólo sonreía, y entonces mentía. Decía que era lo que de su alma salía, lo que su vida sentía y por lo que su espíritu crecía.

Pobre Sara, pobre Sara, nada de su alma salía y su espíritu crecía con mentiras.

Entonces apareció Ludmila y todo comenzó a ser investigado por dicha periodista. Luego de revisar las publicaciones constantes de Sara, le intrigó que no había nada semejante entre su vida con aquella poesía por la que había sido premiada y reconocida. La buscó y, luego de muchas llamadas, finalmente logró sacarle una entrevista. “El viernes a las diez”, quedaron de verse en el café de la esquina.

—Conocí a Tonatiuh, ¿lo sabías? —fue lo que primero soltó Ludmila, Sara se enrojeció y el ataque de pánico inició—. ¿No vas a decir nada?

Todo lo que había logrado, con mentiras y engaños, ahora se le venía abajo. ¿Qué iba a decirle a sus padres, hermanos y demás familiares? Todos sabrían que era un fraude y también afectaría la reputación de su querido pariente artista. ¿Qué hacer ante la sospecha de la periodista? ¿Sabe ella sobre los trabajos o sólo pregunta por la relación de amistad? ¿Debía reconocer de inmediato el plagio y así darle valor a su posterior arrepentimiento, o debía simular y seguir mintiendo contra el poeta muerto? El ataque llegaba a su clímax: una olla express a punto de explotar.

—¿Aprendiste algo de él? —preguntó Ludmila, momento en que Sara salió corriendo muy de prisa.

Pobre Sara, pobre niña, que no puede enfrentar ni sus mentiras.

Y corrió, corrió por toda avenida Revolución, cruzaba las calles sin precaución y en el cruce con Extremadura se quedó sorprendida e inmóvil a mitad de la avenida. En un Ford Fiesta azul viajaba Tonatiuh, iba platicando y riendo con amigos. Sara suspiró confundida por su vista, ¿era en realidad él o una proyección de mi culpa? Pensó en la filosofía del Dalai Lama y sonrió levemente, sintiendo que lo había entendido todo espiritualmente, la razón de la falsedad de sus actos y la oportunidad de poder remendarlo. Esa era la lección, haber sufrido dicho delirio de persecución y comprender, a través de éste, que lo importante era el aprendizaje de dicha experiencia en su mente. “¡Eso es!”, pensó de manera muy optimista cuando el Metrobús le pasó por encima.

“No se podía salir con la suya”, fue lo que escribió Ludmila en su columna periodística.

Películas independientes de 2015 que tienes que ver
Historia anterior

Películas Independientes de 2015 que tienes que ver

La maldad de los personajes históricos que creías buenos
Siguiente historia

La maldad de los personajes históricos que creías buenos

Lo más reciente de Letras

× publicidad