“El orden político descansa fundamentalmente
en dos principios contrarios: la Autoridad y la Libertad.
El primero inicia; el segundo determina”.
Pierre Joseph Proudhon
Hemos experimentado el cambio paulatino de nuestras generaciones bajo los estigmas de la esperanza y la armonía, hemos exagerado el cambio social y, confundiéndole con el acto libertario, nos han criado nuevas demagogias absolutas. Todo ciudadano nacido en una sociedad devenida de represiones está condenado a la libertad estéril, secará sus sentimientos, sus emociones, manipulará sus pensamientos, la libertad se volverá otra de las grandes pesadillas por las que el hombre se arrepentirá haber luchado. El mundo actual no carece de valores, hemos entrado al gran sueño desvanecido del mundo ordinario; por ello, la libertad no impera en la calma, una vez castrado el verdadero sentido de la vida, todos quedamos indefensos.

De esta manera, pensadores y escritores pronosticaron lo que hoy ya es nuestra realidad. La lejanía del tiempo nos asemeja a dos obras literarias escritas durante la primera mitad de siglo XX. Estas son Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Duo de hombres visionarios, dos obras proféticas. Sus obras lindan entre el realismo y la ficción, bajo la comprobación de las mismas preocupaciones; dejemos de catalogarlas como obras futuristas, pues éstas ya nos han alcanzado. Cada una desde tratamientos distintos, estas dos novelas han servido para ilustrar lo que el progreso y nuestra linealidad le deparan al mundo, todavía más allá de la desesperación queda cuestionarse si nuestra individualidad es un síntoma sano de nuestros días. La sociedad no es libre por medio de la libertad, tampoco a través del sufrimiento.

“El mundo iba empeorando y empeorando hasta que la población dijo: ‘¡Ya no podemos más! ¡Por favor, quítenos las libertades y la individualidad en nombre de la estabilidad universal!’ Y los que mandan dijeron, ‘Vale’. Y ahora no existe la guerra, ni la tristeza, ni la individualidad, ni la historia, ni la literatura, ni las familias, ni los lazos emocionales a los otros; no se permiten la soledad, la libertad científica, ni la religión.” Esta podría ser una de las premisas que sostienen la novela de Aldoux Huxley y el eje de su argumento primario: el ser humano alcanzó la perfección por medio de la felicidad, la no preocupación, ahora está sufriendo sin percatarse, pero no apagues la televisión, el mundo real podría devorarte. Si en esta novela Huxley enaltece los preceptos por los que el ser humano del siglo XIX luchaba, hoy, en pleno siglo XXI, ya nos hemos convertido en la utopía que nuestros bisabuelos veían distante. Basta ver de qué manera el consumo y la producción masiva controlan esta sociedad, sobre la metáfora del futuro, Huxley deja una experiencia total del mundo que distingue entre la nubosidad de la muerte, pues ya no pudo presenciar qué tan errados o acertados fueron sus postulados creativos. Por medio del placer y la conformidad, el ser humano está igualmente extraviado.

George Orwell, en cambio, nos revela un futuro menos afortunado, anclado a la espantosa experiencia de las dictaduras. Digamos que el mundo donde se mueven sus personajes es menos tranquilo aunque igual de demagógico que en Un mundo feliz; en 1984, los grandes poderes del estado son omnipresentes. ¿Simple casualidad entre los países árabes o Coréa del norte? Este escritor, compatriota de Huxley, conoce muy bien el mundo de la represión, porque él fue un policía que ejerció actividades durante el régimen de Birmania. Al presenciar la infamia desde adentro, Orwell quedó curado de toda la maldad y desertó a su cargo; se dedicó de lleno a escribir, a denunciar a través del periodismo los embates de la modernidad, a defender los derechos laborales de los obreros, a inmiscuirse en el plano de las bajas sociedades, los olvidados, los marginales. De esta forma se adentra en las entrañas del socialismo, comprende desde adentro los errores de sus representantes o dictadores, la deformación del pensamiento a través del terror psicológico.

Ambas novelas son anti-utópicas, en ellas abunda la denuncia como parte fundamental del pensamiento activo de sus creadores. En “Un mundo feliz” la crítica es clara: los ciudadanos de un país capitalista sucumbirán a través del confort, la comodidad, la adquisición de objetos sin sentido espiritual, las drogas somáticas conllevan a una felicidad sólo aparente, la preocupación por la existencia carece de sentido, el ser humano no debe cuestionarse nada al ser feliz. De esta forma, si el hombre no lucha por su supervivencia, éste yace incompleto, mutilado, pues olvida su verdadera naturaleza, deviniéndole el delirio autómata que ni él mismo logra distinguir. La libertad es para Huxley la peor de las drogas. Por su parte, Orwell, nos lleva hasta el otro extremo: la represión y el silencio como forma de alienar al ser humano, una crítica directa a los países comunistas. En “1984” somos testigos de cómo los regímenes políticos son capaces de entrometerse en nuestra vida privada: todo lo que hagas, todo lo que pienses, cualquier indicio de amor o de rebeldía será conocido por la policía secreta, la dictadura (El gran hermano) es la única esperanza del progreso y la cultura. La libertad en esta obra no existe, es un impulso que llevará a sus personajes a luchar en contra del mundo que los rodea.

En ambas novelas, el amor funciona como una válvula de escape, pues resulta obsoleto, y en ambas los personajes desean afanosamente enamorarse, vivir, ir en contra de lo establecido y dominar la cultura a través de sus pasiones. En Un mundo feliz, Lenina y Bernard Marx (notar la semejanza de estos dos nombres con los grandes pensadores del comunismo soviético) se enamoran en una primera etapa, aunque sería bueno notar que las emociones, las altas pasiones, tales como el cariño y el afecto, son ridiculizadas por el mundo que los rodea, en el que sólo existe el sexo, la promiscuidad es la base de las relaciones humanas, pues todos pertenecen a todos, no existe la monogamia, abundan las orgías, inclusive la sodomía, el ser humano ha llegado al punto máximo donde los sentimientos resultan absurdos. En cambio, 1984 expone dos personajes: Winston y Julia, quienes retarán lo establecido de manera muy distinta, poniendo en alto su amor, citándose a escondidas, sufriendo por amarse en silencio, en medio de una sociedad donde están prohibidas las emociones. Así, la mancuerna amorosa entre ambas obras es la siguiente: en Un mundo feliz el amor es ridículo (hoy sucede lo mismo), mientras que en 1984 está prohibido. La libertad y la prohibición, llevadas a los extremos más legítimos, son una misma cosa.
