Pestañas malditas
Letras

Pestañas malditas

Avatar of Andres

Por: Andres

26 de julio, 2013

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26 de julio, 2013


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Tuvo inmensas ganas de quitarse la braga y entregársela húmeda en su mano. Estaba atrapada a su mirada, voz y silueta. Peleando previamente con el camarero del bar estaba ella, cuando entró sin avisar el provocador casual. Más allá de poses falsas, la expectativa impregnó el ambiente.


No accedió de inmediato a él pero sí se acercó en espera de un comentario inicial .

Cuando una mujer desea, el camino se abre y permite que llegue hasta donde sus pasiones la guíen. Los hombres pueden ser sólo simples espectadores, participantes constantes o medios para lograr satisfacer necesidades distintas, todas ellas inherentes al sexo femenino. No nos salvamos, por suerte, de esta verdad poco comentada pero muy expuesta.


Los vaivenes materiales y emocionales pasan a segundo término cuando el deseo sexual se antepone ante cualquier circunstancia. Una vez detectada su presa, Anabelle se encaminó a hablarle al hombre que la lúbrico sin tocarla. No es que el hombre fuera un tipo fuera de serie, es que era el detalle perfecto para la ocasión idónea. Él se acercó a ella detectando cierta empatía. Sin comentar mucho sólo alcanzó a exclamar un : "Hola", tibio,seco.


Ella respondió con elegante simpleza y le invitó un trago.


-¿Me acompañas? 


Él accedió de inmediato. Se posesionaron en la barra del lugar.


-Escucha. Llevo ya un par de semanas acá en la ciudad, quiero visitar algunos lugares, me gustaría un poco de compañía, ¿qué dices?-Ella le susurro aquella propuesta al oído.


El macho, sin mucho que aportar, sólo contestaba con respuestas cortas .


-Sí, claro.


No era, pues, un hombre extrovertido ni mucho menos el tipo que moja bragas con sólo entrar a cualquier lugar. Era, como ya se describió, una oportunidad idónea en el espacio y tiempo preciso. Así pasaron un par de horas con charlas superfluas entre el barullo del ambiente. Sin mucho que decirse, ella sólo contemplaba el semblante de aquel macho. Él, por otra parte, intentaba aflojar su vocabulario y fluir con las palabras. Dentro de sí pensaba qué decir y cómo hacerlo para no estropear el momento. Al cabo de algunos segundos atinó a comentar acerca de la bebida y del ambiente del sitio en el que se encontraban.


Eso, a fin de cuentas, ayudaba porque hacía que ella detectara el esfuerzo que hacía el macho por mostrar su mejor cara. Detectaba con obsesiva medida los movimientos de los hombres, Anabelle. Más de ocho novios formales y aventuras incontables entre sus piernas y memorias le acompañaban en su alma. Conocía a los hombres mejor que ellos mismos. Para facilitar más el desenvolvimiento de aquella conquista cooperó con ciertas frases :


-Pareces un tipo que no visita mucho estos lugares; cuéntame un poco de ti-. Él ,más relajado, comenzó a charlar acerca de su vida e intereses.


Intentaba ser un buen periodista. Reporteaba ciertas crónicas y relatos sin mayor crítica que la de sus allegados. Era un tipo fracasado que se ganaba la vida trabajando en un gimnasio. No era un atleta bien dotado. Más bien, auxiliaba a los instructores para asistir a mujeres y hombres que nunca iban a los gimnasios y que por vez primera lo intentaban para después desertar por diversas razones y de nuevo comenzar con propósitos de cambio de hábitos. Era, pues, una especie de guía de cuerpos flácidos atrapados en el deseo y la complacencia. Los buenos instructores estaban con las chicas ardientes y los tipos apuestos. Comenzó a contarle de su rutina laboral, de sus experiencias en la vida. Ella, atenta a su silueta y voz, se dejaba impresionar. Había seleccionado a su presa, lo demás era parte del protocolo.


-Se acabó mi trago, ¿bebemos algo más?- Comento Anabelle.


El asintió. Ordenó un par de vodkas con agua quina. La charla siguió con los respectivos resortes de ayuda para que el macho se soltara a fondo. El tiempo transcurría con ligereza mientras ella se tocaba el cabello y abría sus piernas como para indicar de manera sugerente, sutil, la aprobación al hombre en turno. Él, sin ser un casanova experimentado, interpretó el gesto e intentó acercarse más a ella. Más allá del tiempo, la circunstancia , desde que le miró por vez primera tuvo el anhelo

de ser poseída por aquel hombre. Facilitó las cosas cuando ella le propuso algunas cosas al oído. Se levantó del baño para acicalarse. Ahora vuelvo. 


Te espero, comentó él con esperanza. Pasaron unos cuantos minutos hasta que volvió ella frente a su mirada. En ese tiempo se espera, él viajó hasta el fondo de la noche en compañía de Anabelle. Se imaginó todas las cosas que podrían hacer juntos compartiendo la carne mezclada con fantasía. Ella lo sustrajo de su elucubración mental y le habló de nuevo al oído. Vayamos a un lugar más íntimo. Sin pensar demasiado te podrás imaginar las intenciones de esta mujer atractiva y decidida.


Se esfumaron al cabo de haber soltado el pago de la cuenta.


Buscaron un lugar, en efecto, más íntimo. Encontraron un cine café abierto hasta la madrugada. Sin mirar la función que les amenizaría la velada, entraron a la sala. Habría cuando mucho un par de parejas más en el lugar.


Ella se puso cómoda y se apresuró a desnudarse sin pudor alguno. Él, con cierto rubor, se desabrochó el cinturón y se acomodo el pantalón. Con singular experiencia Anabelle le sacó el chisme entre risas y mirada decidida. Lo tomó con mano firme, comenzó a mover de arriba hacia abajo con movimiento constante. Él dejaba escapar ciertos jadeos mientras era acariciado. Ella, ahora sí, se despojó su braga húmeda ,se la aventó hacia su cara que se cubrió de intriga,deseo y misterio.


Ella libre, él atrapado, comenzaron a entrelazarse. A horcajadas se sentó sobre la virilidad de su hombre. Sin utilizar las manos ella y su movimiento embonaron como un tornillo lo hace con la tuerca: exactos. Ahí comenzó la carrera hacia el éxtasis.


Ella se movía en círculos sin echar la espalda por completo hacia adelante o hacia atrás. Con equilibrio cuasi perfecto mantenía su deseo activo y el de el enloquecido.


El macho se quitó la braga de sus ojos y la admiro por completo :

Cintura esbelta, senos redondos apiñonados. No estaban caídos, tampoco demasiados tiesos. Eran un par bien postrados ante el aire y contoneo. El culo estaba exageradamente cachondo. No era pequeño ni desbordado. Era uno bien dotado en carne y figura. Las piernas estaban firmes embelleciendo la estampa de la chica. Sobre todas las cosas expuestas y descritas sobresalían un par de pestañas que le daban el toque inocente a la perversión floreciente. Este hombre, aspirante a periodista, gustaba de apreciar los detalles. Este era uno de ellos. Algo especial.


Anabelle lo distrajo una vez más y le pidió que le penetrara por detrás. Se puso en posición para recibir la embestida. Él no tuvo razón alguna para no obedecer. Con lentitud cuidadosa se introdujó en el ojo negro de la chica . Ella aulló sólo una vez . Un aullido mezclado de dolor y placer. Después de aquello el sonido no fue otra cosa que gemidos placenteros. Adelante y atrás con la mano en la cintura y la otra agarrando los cabellos de la chica como si fueran los crines de una yegua estaban a un lado de las butacas dándose un polvo de ensueño. ¡Y al diablo la película, la gente , la oscuridad completa!


El sudor corrió con elegante discreción mientras ella se dejaba invadir por espasmos de placer y orgasmos consecutivos. El macho lo sintió porque su chisme también se apretujaba a las contracciones placenteras de Anabelle. No se corrió porque había bebido buenos tragos que ayudaron a deprimir su sistema nervioso. Por suerte estaba en su punto , listo para seguir la cabalgata al final de todo. Ella no dejaba de gritar. Los alaridos llamaron la atención de las parejas presentes. No dijeron nada porque no había más que expresar. Todo estaba allí,dispuesto, desnudo ante el placer sin freno. Intentando un poco no quedarse atrás, los hombres de las les insinuaron algo a sus acompañantes. Ellas, sin prestar atención, estaban volcadas a la acción que se suscitaba en la sala. El verdadero filme estaba corriendo en vivo entre la alfombra, escaleras y voluntad liberada. Anabelle seguía soltando alaridos intensos mientras el hombre seguía aferrado a los crines de su yegua. De pronto ella se volvió hacia él para pedirle que se corriera en su boca .


-¡Dame todo de ti! ¡Quiero sentir tu espesa virilidad entre mi garganta! ¡Dámela!


Aún estaba aquel en el vaivén sin haber llegado al clímax, pero al verla suplicando su atención se adelantó a su deseo y comenzó a apurar el paso. Ella se hincó frente a él mientras se masturbaba con sus dedos derechos. Los izquierdos los empleaba para sostenerse entre el piso y la butaca. Los espectadores seguían allí. La película seguía corriendo, la noche transcurría con normalidad. Ella provocó que el macho se corriera antes de la cuenta cuando apartó los dedos derechos de su vagina y de golpe los introdujo en el ojo negro de su macho.


¡Ayyyyyy! ¡Ahhhh! se alcanzó a escuchar en la sala. De inmediato ella abrió la boca para recibir la excitación contenida.


¡Ahhhhhhh! Se escuchó estruendosamente. Las parejas seguían allí extasiadas. La sala se impregno de sexo hasta llegar a la salida de emergencia.

No hubo más jadeos. Un espeso silencio invadió el espacio. La película, curiosamente, llegó a la parte final. No era un gran filme. Se exhibía porque había que justificar las funciones nocturnas para mantener los sueldos paupérrimos de los trabajadores. Una política absurda en una ciudad surrealista.


Adentro, Anabelle se aprestaba a encontrar su braga a oscuras. Su macho seguía intentando reponerse en el piso a un costado de las butacas. ¡Fue un gran polvo! Exclamo. Anabelle, sin decir algo,se vistió en un instante.


Volveremos por acá papi. Ella le sonrió mientras le avisaba que iba al WC a retocarse un poco.


Él, sonriendo, se levantó y comenzó a mirar a su alrededor. Se abrocho el cinturón después de haber introducido sus piernas en sus pantalones. Salió con apacible calma en dirección al sanitario. Esperó más de diez minutos. No había nadie . Buscó en el interior de cada WC. Nada, se había marchado.


La buscó un puñado de veces en aquel bar donde se conocieron. Sólo alcanzó a mirar, en una ocasión, a una mujer con un semblante y parecido singular. La miró un par de minutos y casi juraba que era ella, de no haber sido por las pestañas. Esas pestañas malditas que no veía desde la sala de cine ni las observaría más. Anabelle dejó el recuerdo eterno en el macho periodista fracasado. Una experiencia basta para marcar una vida carente de memorias y vivencias dignas de recordar. El macho tuvo que conformarse con ese polvo, tal vez el mejor de su existencia. Ahora tiene cuarenta y cinco años, vive con una esposa discreta y un par de chavales comunes.

Cuando se presenta la ocasión, se escurre hacia algún bar en busca del recuerdo, mirando sin temor alguno, bajo el dominio del subconsciente, un par de pestañas que le hagan sentir de nuevo vigoroso, admirado y deseado. Hasta hoy sólo retoza en su memoria aquel encuentro, aquella mirada sin despedida.


Referencias: