
*Este artículo fue publicado originalmente por Carlos Urena el 19 de diciembre del 2016 y ha sido modificado por Cultura Colectiva
Pita Amor: mujer de grandes contrastes, con una belleza cautivante y un talento admirable, fue la dueña absoluta de la poesía mexicana en los años 50; sus versos, sonetos y décimas hablaban con gran elocuencia de una existencia pasional, llena de angustias, miedos y soledades; tumultuosa y extravagante, hoy su mito supera a su obra, y algunas veces la reduce sólo a una caricatura, a un personaje oculto en la cultura de nuestro país.
Biografía de Pita Amor
Nació con el nombre de Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein el 30 de mayo de 1918, pero el mundo la recordaría como Pita Amor; perteneciente a una elevada y tradicionalista familia mexicana, fue la menor de siete hermanos, la hermosa niña de los caprichos y berrinches interminables. Creció con los versos de Góngora, Quevedo y Sor Juana; gracias a su hermana “Carito” —fundadora de la Galería de Arte Mexicano— se involucró desde muy joven con los artistas e intelectuales de la época y cautivó con su belleza a muchos de ellos; fue inspiración para Juan Soriano, quien le haría un retrato, y para Rivera, quien la pintó desnuda para asombrar a su familia y provocar un escándalo social.

Siempre supo que quería destacar, pues estaba dotada de un gran narcisismo, por lo que probó suerte en el cine, mundo en el que pasó desapercibida; sin embargo, disfrutaba de su álgida vida social, era “Reina de la noche”, el centro de atención de las fiestas y retaba la censura que establecían las normas de la doble moral a mediados de siglo. Fue, sin duda, una precursora de la liberación sexual femenina, vivió sin ataduras y disfrutaba de su desnudez, la presumía al caminar en las noches por Paseo de la Reforma cubierta únicamente con su abrigo de Mink.
Los poemas de Pita Amor
Lo que parecería sólo el retrato de una niña problemática, cambió drásticamente en 1946 cuando se publicó su primer libro: Yo soy mi casa, páginas enteras de versos magistrales que hicieron dudar a muchos de que la autora fuera en verdad Guadalupe Amor; las personas se resistían a creerlo, pero en un afán por terminar con los rumores, el poeta Alfonso Reyes la definió como “un caso mitológico”.
«Casa redonda tenía
de redonda soledad:
el aire que la invadía
era redonda armonía
de irrespirable ansiedad».

Según sus palabras, la poesía le llegó sin buscarla, en una servilleta y con un lápiz para cejas escribió su primer poema a los 27 años y, luego de esto vendrían muchos más, como el memorable ‘Décimas a Dios’, en el que, de nuevo, se ve reflejada su angustia existencial, así como su autorreflexión hacia la figura de Dios.
«Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?»
Con su prodigiosa memoria y agudeza mental se presentaba a recitar no sólo sus creaciones, también las de Sor Juana y otros grandes de las letras hispánicas; generaba sensación en cada presentación pública a la que asistía, pues llegaba a las entrevistas de televisión cubierta de joyas y mostraba su gran vanidad con desplantes soberbios. El éxito para esta mujer transgresora fue tal, que recibió el nombre de “la undécima musa”, pero ella se proclamó “Diosa”.
La decadencia de Pita Amor
Su vida transcurrió entre las letras y sus escándalos; fue madre soltera —otro golpe a los “moralistas” mexicanos—, un acto que generaba mucho desprestigio en aquellos años, pero su maternidad le haría enfrentar uno de los hechos más trágicos de su existencia: cuando su hijo “Manuelito” murió ahogado en una pileta de manera accidental, Pita se hundió más en la soledad, se aisló y sólo permaneció acompañada de la depresión en la que se vio envuelta.

Años después retomó fuerzas para volver a los reflectores, deleitó con nuevos recitales y poemas, pero jamás volvió a ser la misma. El tiempo transcurrió y su exacerbado narcisismo, aunado al imperdonable envejecimiento de su cuerpo, la convirtió en un personaje que frecuentaba la Zona Rosa, con sus lentes grandes, su flor en el cabello y acompañada de su bastón, repartía gritos e insultos, pedía dinero a cambio de sonetos, hacía autorretratos y los vendía; era la imagen de una mujer que había perdido toda noción de la realidad, y vagaba entre lo que fue y creía ser.
En 1995 el Palacio de Bellas Artes le rindió un homenaje, y pidió aparecer sobre un trono en el que lució una tiara y bajo una lluvia de pétalos; de esta manera se ovacionó su carrera, su vida y su influencia en las letras y en la sociedad mexicana. Guadalupe Amor, la “mexicana dueña de la tinta americana” murió el 8 de mayo del 2000, en el ocaso de su legado, acompañada de pocos fieles amigos que la amaron hasta el final.

Han pasado sólo 16 años desde su partida, pero su nombre parece difuminarse con mayor rapidez en el consciente colectivo; una mujer que, como Frida Kahlo, utilizó el arte para plasmar su dolor interno, llena de contradicciones y marcada por una vida tumultuosa, con un desolador vacío, se revestía de joyas y frases mordaces para disimular su sensibilidad, la cual quedaba de manifiesto entre sus décimas y sonetos; contestataria, desafiante, decidida a romper las reglas de lo impuesto a la mujer, siempre la recordaremos como se describió:
«Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada».

Para conocer a más artistas que desafiaron los roles femeninos establecidos, descubre quiénes son las 15 grandes artistas que cambiaron el arte pero no las conoces porque no son hombres. Además, lee sobre la hermana de Virginia Woolf que fue opacada y murió en el olvido.
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