Lilian ha perdido casi por completo el uso de razón y es corriente verla deambular lastimosamente, provocando tremendas sorpresas a quienes han comenzado a identificarla en la calle…
—Alejandro Masís
¿Qué debería pasar en tu vida para que, con un deseo atroz, quisieras desaparecer de la faz de la tierra? ¿Qué necesitas para perder cualquier halo de esperanza? ¿Cómo debería ser tu vida para encaminarte a un vórtice de autodestrucción del que te sea imposible salir?
Autodestrucción, la más fiera y peligrosa de todas las destrucciones. No requiere de un factor externo que acabe con tu vida, su sencillez es tan fatídica que incluso la inanición, el descuido o la tristeza podrían someterte al inevitable fin de la vida como la conoces.

Autodestrucción sin cura, sin alivio ni fe, sin algo que te motive a continuar, sólo te sigue el deseo de desaparecer, de tirarte por las escaleras como si hubiera sido un tropiezo. A dar un paso en falso para que ese autobús, a 80 kilómetros por hora, no pueda parar; a tomar “accidentalmente” tantas pastillas que tu estómago reviente; a no tener el coraje suficiente para acabar de una vez con tu vida pero hacer todo por estar al borde de la muerte, porque así no será tu culpa, porque nadie te advirtió el daño, porque buscabas, sin poder, a alguien que te salvara.

La autodestrucción puede presentarse en tu vida de múltiples maneras. Digamos, en la poesía, en una de las historias más trágicas de la escritora salvadoreña Lilian Serpas (1905), hija del poeta Carlos Serpas.
Al final de sus días, en los años 80, muchos transeúntes la veían deambulando por las calles principales del centro de San Salvador, sobre todo la Esquina de la Muerte y el Parque Centenario. Tenía una figura descompuesta, vestía andrajos y sus dedos estaban amarillentos por la nicotina que la absorbía desde joven.
De niña, cuando su padre murió, su madre se encargó de introducirla al ambiente intelectual y bohemio de su país. Entre las tertulias literarias que ella hacía, la pequeña Lilian conoció a grandes nombres de la poesía de su país. Autores como Francisco Gavidia la guiaron en sus objetivos artísticos y de hecho, él, uno de los hombres más destacados de ese país, hizo el prólogo para su libro “En el zafir de un ala milagrosa” cuando sólo tenía 10 años y que salió publicado 24 años después con el nombre de “Nácar”.

Entonces la voz de Lilian comenzó a resonar en la poesía, sus versos cadenciosos trastocaban los corazones de quienes la leían y su voz femenina se convirtió en una de las más importantes de Centroamérica.
Con un vasto acervo creativo, Lilian se trasladó a Estados Unidos para crecer profesionalmente. Estudió en la Universidad de South Bend en California y permaneció en ese país por 9 años; regresó a su país, una vez más fue a Estados Unidos, más tarde se trasladó a México para publicar libros como “Huésped de la eternidad”, “Meridiano orquídea” y “Niebla, la Girofonía de las estrellas” y otros. Mientras estaba en Estados Unidos conoció al pintor Carlos Coffeen, se casó con él y tuvo tres hijos: Carlos, Fernando y Reginaldo.
Pero en 1972, tras la muerte de su hijo Fernando, Lilian se hundió en una espiral de autodestrucción que la jalaba a la fuerza y no la dejaba escapar: no quería escribir y poco a poco perdía la cordura. Gracias a algunas amigas, pueden trasladarla a El Salvador y comenzó a trabajar en textos que salían publicados en El Diario de Hoy, pero no fue suficiente. Con un corazón lleno de desilusiones y miseria, la vida acabó con sus esperanzas, no tenía la lucidez a la que alguna vez sus contemporáneos estuvieron acostumbrados.
Aquí algunos de los poemas más tristes de Serpas:
Lección de muerte
…Por un ayer extático y remoto
muero viviendo a pausas con la vida;
mas exhumo en mi piel igual al loto,
que del cieno en la flor, busca salida…
Si en flagelos de agobio consumida,
Como una aspiración busco lo ignoto;
Y porque en muerte vivo dividida,
Mi tiempo, en lo fugaz es mundo: roto…
De la vida en un breve itinerario
-con mi lección de muerte abriendo puertas-
al átomo de Dios; mas sin horario
-como trampa dantesca de un infierno-
de este mundo de trágicas reyertas,
sólo afirma mi espíritu, ¡lo eterno…!

La noche
Criatura entre otros “egos” desligada,
La noche, en concreción de lo inconcreto
―al no ser la materia resignada―,
cuelga de un mundo en su dolor concreto…
desnace tras la luz, finge el secreto
de verse en el vacío, cuando nada
―si no la levedad del esqueleto ―,
la equilibra, dejándola creada…
Lo infinitesimal que la descrifra,
Centra ―con faz armónica la Cifra,
Que a su esférica forma la resuelve…
Y en lo posible, o imposible vaga
―con sus ojos sin luz― yendo a la zaga
de la inviolable lumbre que: ¡la envuelve…!

Lo intemporal
I
Próxima al vértigo, sin pausa, alerta,
Al rumbo huracanado en la espesura
―de un muro de olas―, en fatal reyerta:
mi ser, igual a barco en la aventura:
por náufrago pavor, donde apresura:
zozobra, tiembla, y el corazón despierta;
pulsa el timón intemporal, y acierta
―sostén a su caída―, a la más pura
excelsitud de un sueño, en inminente
forma ―la que fenece―, y de un arcano,
la fuga del dolor, suave nepente…;
si lleva ella, la imagen exhaustiva
de Dios en si, o de Él, lo tan lejano;
¡mas siendo eternidad, que sobreviva!

La agonía de vivir
Soy el desasimiento…Soy la oscura
Fugacidad de forma negativa;
Si por vivir muriendo en mí cautiva
―aunque humana y frágil envoltura―:
es triste, que al no ser si no criatura,
viviendo estoy a opuesta disyuntiva;
mas tomo de mi ser la luz más viva
y de total imagen, su hermosura.
¡Si vivo ―sin vivir―tras el intendo
de dar a luz, tan sólo un pensamiento
―cómo sobrevivir a la agonía,
de un corazón, que, en flor álgida y mustia,
dará en cenizas del dolor la angustia
de lo que fuera lumbre en mi alegría…!

Microgramos de niebla
1
La tarde es una monja
Que en torre de silencio
Rezando se demora.
2
Lluvia: leve rosario
En los dedos traslúcidos
Del Ángel olvidado.
3
El avión que te lleva
Es pájaro goloso
Que pica las estrellas.
4
Es un cóndor azul
El avión que te lleva
Hasta la Cruz del Sur.
5
Me envías un mensaje
Con esa golondrina
Que equivocó la tarde.
6
Amor: Alma a lo lejos
Persiguiendo la ruta
Que ha rubricado el cielo.
7
Melancólico llora
El Otoño que un lecho
Se prepara con hojas.
8
Ausencia en un suspiro
Es la pena que lanzo
Como flecha al abismo…

De olvido (ii)
Tu imagen enlutada y pasajera
roza el leve sentir de una amargura…;
y aunque en ella yo viva prisionera,
mi vida es un no-star en la ternura:
-afán que nunca llega hasta su vera-
si un ir inmotivado en mi presura,
me diluye, me escapa a la atadura
del tiempo, en ceguedad de lo que fuera:
-tal vez- sólo el mirar de la dulzura;
el más leve matiz en primavera:
la luz, la flor, la imagen que perdura;
desde mi hondón mi ser te configura,
-cerca o distante- el alma es heredera,
de ese súbito albor, de noche oscura…

**
No sólo esta poeta tuvo un fatídico destino. Su final recuerda mucho al de Nahui Olin, la mujer que en algún momento fue la más hermosa de México con sus delirantes ojos color agua… Si quieres conocer más de su historia, puedes ver el artículo “Nahui Olin: Hermosa locura” y si deseas ver otros fatídicos finales, “Las muertes más desgarradoras del arte mexicano”.
