Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo,
hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor.
Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear.
— José Martí, “Nuestra América”
Es imposible no sentirse conmovido ante un pueblo que se levanta de entre los escombros, venciendo cualquier prejuicio que le dividió en otro momento. Los sueños de una vida mejor que gobernaron el corazón de algunas personas, una vez más, se convirtieron en una ambición colectiva que se sintió momentos después de que la tierra se cimbrara el pasado martes 19 de septiembre; curiosamente 32 años después de aquél terremoto que en 1985 unió al país. Apenas se restableció la señal telefónica, las redes comenzaron a desbordar de mensajes de apoyo y solidaridad hacia los habitantes de Ciudad de México, Morelos, Estado de México y Puebla; por supuesto no faltaron los recordatorios de que Chiapas y Oaxaca seguían en contingencia.
«Este no es el fin, es un nuevo comienzo…» Foto: Liliana Estrada
De entre todas las publicaciones una llamó la atención de gran parte de la ahora heroica población mexicana, al menos por unos días, el nombre de Juan Villoro apareció en cada muro, timeline y encabezado. Como cada viernes, el autor de Safari accidental, publicó su habitual columna, en el diario Reforma, sólo que esta vez no se trató de las acostumbradas opiniones, sino que el escritor nos regaló un poema: “El puño en alto”.
«Llovió sobre mojado
después de las fiestas
de la patria,
Más cercanas al jolgorio
que a la grandeza.
¿Queda cupo para los héroes
en septiembre?
Tienes miedo.
Tienes el valor de tener miedo.
No sabes qué hacer,
pero haces algo.
No fundaste la ciudad
ni la defendiste de invasores.
Eres, si acaso, un pordiosero
de la historia.
El que recoge desperdicios
después de la tragedia.
El que acomoda ladrillos,
junta piedras,
encuentra un peine,
dos zapatos que no hacen juego,
una cartera con fotografías…»
— Juan Villoro, “El puño en alto”
«No sé si Los Ángeles existan, pero la solidaridad y la hermandad no han faltado estos días» Foto: Liliana Estrada
Ante la sensación de coraje y ternura que ocasionaron las palabras de Villoro, no faltaron quienes le abuchearon y le llamaron oportunista antes que oportuno, ¿pero en verdad se le puede acusar de ello? Si tomamos en cuenta que las redes no sólo solicitaban apoyo físico sino psicológico y emocional, tanto para niños como para adultos, juzgar al autor por hacer esto desde su trinchera resulta una gran contradicción. Antes de Villoro sólo tuvimos los penosos comentarios de Juan Cirerol; después a Heriberto Yépez odiando a un perro… dos casos que no vale la pena recordar por obvias razones.

En caso de que el poema de Villoro pueda ser desplazado, tendríamos que descalificar también a José Emilio Pacheco y “Las ruinas de México” que, aunque publicado dos años después del siniestro, tuvo la misma intención: enaltecer el espíritu de la unión mexicana que no quebranta ni siquiera la hecatombe o la amenaza de uno de los muchos fines del mundo que aparecen cada año, cada uno con una nueva teoría. La gente en México le ha hecho frente a cuanta dificultad se le ha puesto enfrente; ¿no merecen ellos un poema hacia su bravura?
«Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje
Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,
anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—
que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto
a detener la muerte con la sangre
de sus manos y de sus lágrimas;
con la conciencia
de que el otro soy yo, yo soy el otro,
y tu dolor, mi prójimo lejano,
es mi más hondo sufrimiento
Para todos ustedes, acción de gracias perenne
Porque si el mundo no se vino abajo
en su integridad sobre México
fue porque lo asumieron
en sus espaldas ustedes
Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales,
honor del género humano, único orgullo
de lo que sigue en pie sólo por ustedes
Reciba en cambio el odio, también eterno, el ladrón,
el saqueador, el indiferente, el despótico,
el que se preocupó de su oro y no de su gente,
el que cobró por rescatar los cuerpos,
el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros
donde resonarán por siempre los gritos
de quince mil millones de muertos»
─ José Emilio Pacheco, “Las ruinas de México”

He aquí una ─nada nueva─ poesía como épica, no hay que tomar más estas expresiones como un vulgar asunto de marketing, sino como una canción hacia los héroes de esta nación que ahora podemos comparar con la tierra temblorosa de Chile a quien Pablo Neruda le dedicó algunos poemas. Con “Oda a Valparaíso”, del andino, más de uno se sentirá identificado, no tanto por el sismo del 19 sino por el del 8 de septiembre, el primero, el que nos sorprendió de noche y no nos dejó ver la realidad sino unas horas después, cuando cambiamos la pijama por unos jeans y encendimos en televisor o revisamos el celular.
«nunca
tuviste
tiempo de vestirte,
siempre
te sorprendió la vida,
te despertó la muerte,
en camisa,
en largos calzoncillos
con flecos de colores,
desnudo
con un nombre
tatuado en la barriga,
y con sombrero,
te agarró el terremoto»
─ Pablo Neruda, “Oda a Valparaíso”
«Es nuestro sudor lo que nos mantiene…» Foto: Liliana Estrada
En 1960, mientras Neruda estaba en Francia, llegó hasta él una noticia que le estremeció, su amada patria había sucumbido ante un terremoto de 9.5 grados en la escala de Richter. ¿Qué podía hacer un poeta ante el que muchos llamaron el sismo más catastrófico del planeta? Claro, escribir para luchar contra el dolor desde su trinchera y no dejar que su amado pueblo o él mismo se cayeran ante la desgracia.
«Otra vez, otra vez el caballo iracundo patea el planeta
y escoge la patria delgada, la orilla del páramo andino,
a tierra que dio en su angostura la uva celeste y el cobre absoluto,
otra vez, otra vez la herradura en el rostro
de la pobre familia que nace y padece otra vez el espanto y la grieta»
─ Pablo Neruda, “Terremoto en Chile”

De nuevo la pregunta obligada: ¿Fue Neruda un oportunista? Aunque las opiniones de muchos con respecto al poema de Villoro serán difíciles de cambiar, es momento de apuntar que probablemente un pecado más grande que el de sacar partido de una situación con el sismo del 19 de septiembre ─si es que en verdad hubo tal intención─, ese es el de poner en duda la sensibilidad no de una persona, sino de todo un pueblo que ante la desgracia de una multitud de desconocidos salió a las calles y arriesgo su vida para procurar por la de los que ahora considera sus hermanos.

Reprobar a quien tomó una pluma para apoyar a su país es lo mismo que reprobar a quienes tomaron un marro, un pico, una pala o incluso a los canes que se pusieron unas botitas para salvar cuantas vidas fuesen posibles; en otras palabras, es ser ingratos con los héroes que están reconstruyendo esta patria.
