10 poemas para quienes han sido golpeados por la vida

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por agosto 15, 2017
10 poemas para quienes han sido golpeados por la vida
10 poemas para quienes han sido golpeados por la vida

Puede ser lo que en la antigüedad se le conoce como “crisis espiritual”: sentir que cada axioma en tu vida resultó ser falso… y que en realidad no había nada. Y que no eres nada. Y que todo es una ilusión y eres mejor que todos porque puedes ver que es sólo una ilusión y eres mucho peor porque no puedes funcionar.

 

—”The End of the Tour” (2015) James Ponsoldt

La vida no golpea. La vida no tiene pies, ni brazos, ni ojos, ni boca. No tiene manera de vengarse contra ti. No le interesas. Lo que sucede es sólo una serie azarosa de causas y efectos, eso es todo. Probablemente es ahí donde radica su dureza; en que está completamente indiferente, muda, ante ti y tu dolor. No importa lo que haya pasado. Tampoco importa cuántos litros de lágrimas acumules o cuanto tiempo permanezcas abrazado a ti mismo en tu cama. La vida sigue ahí, actuando exactamente como siempre; incólume.

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Pero, a veces, prefieres creer que ella es quien te lastima, que es ella la que ha ideado toda una serie de acontecimientos desde el primer segundo de la Tierra para que todo el Universo se acomodara, y entonces llegara hasta a ti una desgracia. Por que, claro ¿qué otra función tendría la vida sino hacerte miserable?

Pero, otra cosa es verdad: aunque sabes que han sido sólo casualidades las que han traído tus desgracias, sientes una imperiosa necesidad de terminar con ese malestar. Sacarlo de ti, lanzarlo afuera, vomitarlo. La poesía es una de las maneras más efectivas para hacerlo. Y en ese sentido, los poemas de César Vallejo, uno de los poetas más grandes de Hispanoamérica, son tremendamente profundos y te ayudarán a exorcizar el angustiante momento por el que estás pasando:

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“Los heraldos negros”

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

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“Considerando en frío, imparcialmente…”

Considerando en frío, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo único que hace es componerse

de días;

que es lóbrego mamífero y se peina…

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su fórmula famélica de masa…

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona…

Considerando también

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…

Comprendiendo

que él sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que nació muy pequeñito…

le hago una seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…

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“Intensidad y altura”

Quiero escribir, pero me sale espuma,

Quiero decir muchísimo y me atollo;

No hay cifra hablada que no sea suma,

No hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;

Quiero laurearme, pero me encebollo.

No hay toz hablada, que no llegue a bruma,

No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,

Carne de llanto, fruta de gemido,

Nuestra alma melancólica en conserva.

Vámonos! Vámonos! Estoy herido;

Vámonos a beber lo ya bebido,

Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

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“Los nueve monstruos”

Y, desgraciadamente,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces

y la condición del martirio, carnívora, voraz,

es el dolor dos veces

y la función de la yerba purísima, el dolor

dos veces

y el bien de ser, dolernos doblemente.

Jamás, hombres humanos,

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

Jamás tanto cariño doloroso,

jamás tanta cerca arremetió lo lejos,

jamás el fuego nunca

jugó mejor su rol de frío muerto!

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud

más mortal

y la migraña extrajo tanta frente de la frente!

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,

el corazón, en su cajón, dolor,

la lagartija, en su cajón, dolor.

Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece

con la res de Rosseau, con nuestras barbas;

crece el mal por razones que ignoramos

y es una inundación con propios líquidos,

con propio barro y propia nube sólida!

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

en que el humor acuoso es vertical

al pavimento,

el ojo es visto y esta oreja oída,

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

del rayo, y nueve carcajadas

a la hora del trigo, y nueve sones hembras

a la hora del llanto, y nueve cánticos

a la hora del hambre y nueve truenos

y nueve látigos, menos un grito.

El dolor nos agarra, hermanos hombres,

por detrás, de perfil,

y nos aloca en los cinemas,

nos clava en los gramófonos,

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente

a nuestros boletos, a nuestras cartas;

y es muy grave sufrir, puede uno orar…

Pues de resultas

del dolor, hay algunos

que nacen, otros crecen, otros mueren,

y otros que nacen y no mueren, otros

que sin haber nacido, mueren, y otros

que no nacen ni mueren (son los más).

Y también de resultas

del sufrimiento, estoy triste

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,

de ver al pan, crucificado, al nabo,

ensangrentado,

llorando, a la cebolla,

al cereal, en general, harina,

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,

al vino, un ecce-homo,

tan pálida a la nieve, al sol tan ardido¹!

¡Cómo, hermanos humanos,

no deciros que ya no puedo y

ya no puedo con tanto cajón,

tanto minuto, tanta

lagartija y tanta

inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!

Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?

¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

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“Piedra negra sobre una piedra blanca”

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…

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“Y si después de tantas palabras…”

¡Y si después de tantas palabras,

no sobrevive la palabra!

¡Si después de las alas de los pájaros,

no sobrevive el pájaro parado!

¡Más valdría, en verdad,

que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!

¡Levantarse del cielo hacia la tierra

por sus propios desastres

y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!

¡Más valdría, francamente,

que se lo coman todo y qué más da…!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,

no ya de eternidad,

sino de esas cosas sencillas, como estar

en la casa o ponerse a cavilar!

¡Y si luego encontramos,

de buenas a primeras, que vivimos,

a juzgar por la altura de los astros,

por el peine y las manchas del pañuelo!

¡Más valdría, en verdad,

que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos

en uno de los ojos mucha pena

y también en el otro, mucha pena

y en los dos, cuando miran, mucha pena…

Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!

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“Espergesia”

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,

que soy malo; y no saben

del diciembre de ese enero.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío

en mi aire metafísico

que nadie ha de palpar:

el claustro de un silencio

que habló a flor de fuego.

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…

Bueno. Y que no me vaya

sin llevar diciembres,

sin dejar eneros.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,

que mastico… y no saben

por qué en mi verso chirrían,

oscuro sinsabor de ferétro,

luyidos vientos

desenroscados de la Esfinge

preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben

que la Luz es tísica,

y la Sombra gorda…

Y no saben que el misterio sintetiza…

que él es la joroba

musical y triste que a distancia denuncia

el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo,

grave.

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“Heces”

Esta tarde llueve, como nunca; y no

tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?

Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo

las cavernas crueles de mi ingratitud;

mi bloque de hielo sobre su amapola,

más fuerte que su “No seas así!”

Mis violentas flores negras; y la bárbara

y enorme pedrada; y el trecho glacial.

Y pondrá el silencio de su dignidad

con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy

con este búho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,

toman un poquito de ti

en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no

tengo ganas de vivir, corazón!

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“A mi hermano Miguel”

In memoriam

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,

donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá

nos acariciaba: “Pero, hijos…”

Ahora yo me escondo,

como antes, todas estas oraciones

vespertinas, y espero que tú no des conmigo.

Por la sala, el zaguán, los corredores.

Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.

Me acuerdo que nos hacíamos llorar,

hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste

una noche de agosto, al alborear;

pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste…

Y tu gemelo corazón de esas tardes

extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya

cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes

en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá.

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“Dios”

Siento a Dios que camina

tan en mí, con la tarde y con el mar.

Con él nos vamos juntos. Anochece.

Con él anochecemos, Orfandad…

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece

que él me dicta no sé qué buen color.

Como un hospitalario, es bueno y triste;

mustia un dulce desdén de enamorado:

debe dolerle mucho el corazón.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego

hoy que amo tanto en esta tarde; hoy

que en la falsa balanza de unos senos,

mido y lloro una frágil Creación.

Y tú, cuál llorarás…, tú, enamorado

de tanto enorme seno girador…

Yo te consagro Dios, porque amas tanto;

porque jamás sonríes; porque siempre

debe dolerte mucho el corazón.

_

Los párpados pesan. Parecieran tener un tipo de imán que los une irremediablemente. Haca falta demasiada fuerza —fuerza que no hay— para separarlos. Por fin, una línea de luz comienza a iluminar la habitación. Ahí está otra vez la realidad y su aplastante rutina. La misma mesa, la misma lámpara, el mismo armario, la misma puerta. Nada se ha movido un solo centímetro.

Ahí está la vida burlándose de ti, un día más, pero, a menos que tú así lo decidas, tendrás que levantarte en algún momento de la cama y continuar. Mientras eso pasa, puedes leer poesía.

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Fotos: Instagram

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