Sólo dos veranos bastaron al poeta Pedro Salinas para quedar completamente enganchado a una profesora de cabello rubio y bella figura; su nombre era Katherine Whitmore. Su admiración fue tal que durante 15 años, Salinas le escribía religiosamente cartas en las que le confesaba su amor, le escribía los más bellos versos románticos que alguien ha podido escribir y le dedicaba sus mejores adjetivos. Él estaba deslumbrado por la bella mujer que lo sedujo con un simple pestañeo, un movimiento de cabello y un descuidado, pero coqueto andar.
Salinas no pretendía mostrarse pulcro con sus versos, sino expresivo. Él no quería que la mujer se viera como un experimento del poeta para practicar su escritura, sino como la que exacerbaba en él amor, como una musa que le inspiraba a creer en la vida y como la mujer valiosa que veía a través de sus ojos. No obstante, él era un hombre casado y su esposa, al saber del amor que tenía por a la profesora, intentó suicidarse. Enseguida, Whitmore decidió terminar con el romance. Aún así, con su esposa en depresión y su corazón roto, le escribió por tres lustros cartas y poemas en los que su amor quedaba al descubierto.

De este modo, Pedro Salinas supo cómo llegar al corazón de una mujer lejana con la que ni siquiera podía cruzarse, eso era lo que hacía de su romance algo verdaderamente grande; pues aún así, el poeta consiguió la forma de retomar su amor, volverlo genuino y digno de ser recopilado en decenas de poemas que le fueron entregados a Whitmore para honrarla por su bella existencia. Afortunadamente, no sólo ella pudo leerlos y sentirse amada; Salinas escribió muchos otros que fueron dedicados a su esposa y a la figura de la mujer como tal, así que su obra es un empujón sentimental para todas las mujeres que alguna vez se han sentido mal, que han dado amor y no han recibido lo mismo, que se congratulan con sus parejas, pero que nadie se preocupa por ellas.
Para todas esas mujeres, Salinas ha escrito los siguientes 10 versos que hacen que el amor sea una gran opción, mas no un calvario.
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“Aquí”
Me quedaría en todo lo que estoy, donde estoy.
Quieto en el agua quieta; de plomo, hundido, sordo
en el amor sin sol.
¡Qué ansia de repetirse en esto que está siendo!
¡Qué afán de que mañana sea nada más que llenar
otra vez al tenderte ese hueco que deja
hoy exacto en la arena tu cuerpo!
Ni futuro, ni nuevo el horizonte.
Esto apretado y estrecho: tela, carne y el mar.
Nada promete el mundo: lo da, lo tengo ya.
Nunca me iré de ti por el viento, en las velas,
por el alma cantando, ni por los trenes, no.
Si me marcho será que estoy viviendo contra mí.

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“Razón de amor”
(Fragmento)
¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Léelo completo aquí.

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“Amada exacta”
Tú aquí delante. Mirándote yo.
¡Qué bodas tuyas, mías, con lo exacto!
Si te marchas, ¡qué trabajo pensar en ti que estás hecha
para la presencia pura!
Todo yo a recomponerte con sólo recuerdos vagos:
te equivocaré la voz, El cabello ¿cómo era?,
te pondré los ojos falsos.
Tu recuerdo eres tú misma.
Ahora ya puedo olvidarte porque estás aquí, a mi lado.

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“Tú”
(Fragmento)
Tú no las puedes besar.
Las beso yo por ti.
Saben; tienen sabor
a los zumos del mundo.
¡Qué gusto negro y denso
a tierra, a sol, a mar!
Se quedan un momento
en el beso, indecisas
entre tu carne fríay mis labios;
por fin las arranco. Y no sé
si es que eran para mí.
Porque yo no sé nada.
¿Son estrellas, son signos,
son condenas o auroras?
Ni en mirar ni en besar
aprendí lo que eran.
Léelo completo aquí.

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“¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca…”
¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca
cuando es jazmín, morada cuando es lirio.
Sabe abrir el capullo
sin reservar dulzuras para ella,
a la mirada o a la abeja.
Permite sonriendo
que con su alma se haga miel.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse
coger por ti, para que tú la lleves,
ascendida, en tu pecho alguna noche.
Sabe fingir, cuando al siguiente día
la separas de ti, que no es la pena
por tu abandono lo que la marchita.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio;
y teniendo unos labios tan hermosos
sabe callar el “¡ay!” y el “no”, e ignora
la negativa y el sollozo.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse,
dar, dar todo lo suyo al que la quiere,
sin pedir más que eso: que la quiera.
Sabe, sencillamente sabe, amor.

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“El sueño”
El sueño es una larga
despedida de ti.
¡Qué gran vida contigo,
en pie, alerta en el sueño!
¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!
Menos tú, tú la única,
viva, sobrevivida,
en el sueño que sueño.
Pero sí, despedida:
voy a dejarte cerca,
la mañana prepara
toda su precisión
de rayos y de risas.
Afuera, afuera, ya,
lo soñado flotante,
marchando sobre el mundo,
sin poderlo pisar,
porque no tiene sitio,
desesperadamente.

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“Escorial II”
En vez de soñar, contar.
La fachada del oeste
tiene seiscientas doce ventanas.
Por la primavera van en su cielo,
hacia el domingo
una, dos, tres, cuatro, cinco
nubes blancas.
Yo te quiero a ti, y a ti y a ti.
A tres os quiero yo.
A las doce el tiempo da doce campanadas.
Y ya no podrá escapárseme
en las volandas del sueño la mañana.
Haré la raya para ir sumando: seiscientas
doce, más cinco, más tres, más doce.
¡Qué felicidad igual a seiscientas treinta y dos!
En abril, al mediodía cuenta clara.

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“Fe mía”
No me fío de la rosa de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo seguro azar.

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“La distraída”
No estás ya aquí. Lo que veo
de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
“aquí estoy contigo, mira”.
Y me señalas la ausencia.

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“No rechaces los sueños por ser sueños…”
No rechaces los sueños por ser sueños.
Todos los sueños pueden
ser realidad, si el sueño no se acaba.
La realidad es un sueño. Si soñamos
que la piedra es la piedra, eso es la piedra.
Lo que corre en los ríos no es un agua,
es un soñar, el agua, cristalino.
La realidad disfraza su propio sueño, y dice:
”Yo soy el sol, los cielos, el amor.”
Pero nunca se va, nunca se pasa,
si fingimos creer que es más que un sueño.
Y vivimos soñándola. Soñar
es el modo que el alma
tiene para que nunca se le escape
lo que se escaparía si dejamos
de soñar que es verdad lo que no existe.
Sólo muere un amor que ha dejado de soñarse
hecho materia y que se busca en tierra.

Como un plus, te dejamos uno más:
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“Sin voz, desnuda”
Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las aguas
de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
“Sí” y “no”, “mañana” y “cuando”
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado! que te mata
—fría, invencible, eterna—
eso, lo que te guarda,
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.

Pedro Salinas dejó un legado de amor inspirado por su esposa y su amante. Era un enamorado empedernido. Probablemente de la vida, de la mujer, del mismo amor, pero sin duda, sus poemas son un reflejo de ello y sólo pueden provocar una cosa en cada chica que lea uno de sus versos: un aliciente para vivir, para creer de nuevo en la vida y darse cuenta de que no todo es desdicha. El camino del amor puede ser largo y pesado, pero no es malo, no es tormentoso si el amor viene desde una misma. Ámate y permítele al mundo que te ame.
Las fotos pertenecen a Jesse Herzorg.
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Las mujeres sufren y estos 10 poemas latinoamericanos lo saben externar al igual que estos otros que demuestran el temor de las mujeres a sentir amor por alguien.
