
*Este artículo fue publicado originalmente el 25 de septiembre del 2018 por Beatriz Esquivel y ha sido editado por Cultura Colectiva.
En la literatura existen un par de temas que se consideran universales, cuyos tratamientos son tan variados y extensos que no hay manera alguna de que se agoten y por supuesto, el amor es uno de ellos.
No importa de qué periodo histórico comencemos a leer, siempre habrá algún texto que verse sobre el amor y los sentimientos involucrados; también existen decenas de motivos amorosos, sea el amor fraternal, amor no correspondido o el amor pasional, este sentimiento ha sido trabajado y reproducido en demasía porque aunque sea demasiado cliché, la realidad es que todos hemos experimentado el amor en cualquiera de sus versiones en mayor o menor medida.
Sin embargo, en la literatura existen diversos niveles de interpretación, en especial cuando se trata de un género como la lírica, cuyos versos sintéticos y figuras retóricas suelen esconder en pocas palabras un enorme sentido. Son esos niveles los que permiten que existan distintos significados; así que en los siguientes poemas es posible que para algunos el machismo no sea evidente, pero para muchos otros sí. De cierta forma, esa es parte de la belleza de la poesía —y otros géneros literarios— y su multiplicidad de interpretaciones.

Del mismo modo, el machismo también está inscrito (a veces de manera velada) en la literatura. Por siglos hemos visto casos en los que el determinismo está presente y es un prejuicio difícil de sacudirse, así como motivos que tienen una visión juiciosa sobre la mujer: aquellas que son adúlteras se merecen todos los castigos posibles, mientras que el hombre generalmente escapa de ese tipo de castigos, las mujeres que se dedican a la prostitución tienen marcas en su rostro o nariz —que ahora se lee como un síntoma de la sífilis—; pensemos en La lozana adaluza, del Siglo de Oro, Nana de Zolá en el siglo XIX o la famosa Madame Bovary de Flaubert que incluso ha llegado al cine en distintas adaptaciones
En su momento los tormentos y tragedias que estas mujeres atraviesan, así como las descripciones que los escritores plasman estaban sujetas al contexto de su época y en ese sentido puede que no fueran interpretadas como una forma de machismo; no obstante, los códigos y los lectores cambian, por lo que vale la pena regresar a releer los textos con una mirada mucho más crítica y menos nublada por el afán romántico (y no en el sentido de la corriente estética):
Pablo Neruda, “15” en 20 canciones de amor y una canción desesperada
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Manuel Acuña, “Nocturno a Rosario”
I
¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.
II
Yo quiero que tu sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.
III
De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.
IV
Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.
V
A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?
VI
Y luego que ya estaba
concluído tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta alla a lo lejos
la puerta del hogar…
VII
¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!
VIII
¡Figúrate qué hermosas
las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por tí, no mas por ti.
IX
¡Bien sabe Dios que ese era
mi mas hermoso sueño,mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!
X
Esa era mi esperanza…
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!

Rosario Castellanos, “Eclipse total”
¡Otra vez el estruendo reventando en mi oreja!
Me sacude el oleaje en que respira
como un gran animal, furioso, el mundo.
Hierven todas las cosas
consumidas por una llama hambrienta
que ya alcanzó mi calcañar y muerde.
Entré en una región donde el ala no vuela,
al dominio de un dios solitario y nocturno,
a la órbita de un astro ya eclipsado.
¡Oh vértigo de piedra que oyó un clamor de abismo!
Desde mi corazón estoy hablando.
Mi corazón de roncos metales en que suena
como un gemido lúgubre tu nombre.
En este ay me está doliendo el mundo.
Me duele en mí, criatura donde el mal
revienta como pústula.
Me duele en mí, blasfemia
lanzada ante la faz pura del día.
Mentí cuando lo dije:
“He aquí mi verdor, sobre el que brilla
igual que un astro mínimo el rocío”.
Ahora estoy diciendo la verdad:
soy la hierba deshecha
bajo un golpe bárbaro.
¡Qué tremendo es el rostro del amor
cuando lo contemplamos
con los ojos sin lágrimas!
Su visión nos destruye. Sólo queda
una ceniza oscura
como la de un papel escrito por el fuego.
No fue la luz el sello de nuestro pacto.
Buscamos, como el topo, la madriguera oculta
y allí juramos: sea
este beso la losa sepulcral
para yacer bajo ella, condenados.
¿Bajo qué ley podríamos plantar un árbol nuestro
si ante tú y yo la tierra se reseca de sal
y retrocede la nube benéfica?
Nuestra heredad es sólo la sed y el desamparo
y un secreto, como una devastación, terrible,
desenvaina en el cielo su relámpago.
Nuestra patria es la muerte. Sólo allí
la hiedra reclinada sobre el árbol.
En el ruido del mundo
tu palabra y la mía no se hallaron.
Pero en aquel silencio
el diálogo.
Lo quisimos eterno.
Que viva más allá de nosotros, dijimos.
Y un día y otro día
nuestra lengua probó sabor de juramento.
Lo quisimos eterno, irrevocable.
Como el infierno.
Lengua de la mentira soy, mano del crimen.
En mí aprende
su color la vergüenza.
Como piedra colérica lanzo mi corazón,
quebrando en mil pedazos el espejo del mundo
para mirar mil veces el rostro de mi culpa.
Porque presté mi carne
para que la traición tuviera forma
y para que adquiriera volumen la vergüenza,
estoy aquí, peor que la cautiva
llevada a la presencia de su dueño
y que al mostrar los pies descalzos, llora.
Se dijo la sentencia.
En el vaso precioso de la creación corrió
como un escalofrío su resquebrajadura.
Sobre la piel del animal humea
una marca infame
y tiembla el pobre arbusto
bajo un viento brutal de taladores.
Cómplice mío, cubre tu corazón y unge
de sordera tu oreja.
Esta música espesa que es el mundo
chorrea en el vacío
mientras un ojo inexorable mira.
El viento, que sacude al árbol cuando quiere
arrancarle su fruto,
ya no se acerca a mí con manos de despojo.
En su fecha cedí al Rondador el peso
con que el amor se inclina hacia la tierra
y se asomó en los nombres
que en mí la primavera pronunciaba.
Ahora no sostengo más testimonio que éste,
cruel, de la madera desnuda en la que sólo
el hachazo penetra.
En los días dichosos esta espuma
de preguntas amargas
no subió hasta mi boca.
Bastaba estar aquí,
tocar las cosas como suspirando,
irse, dejar atrás la flor de las ciudades
y ofrecer la mejilla a un aire y a otro aire
como a dos ráfagas del mismo incendio.
Basta ser el ámbito vacío
no atravesado nunca
por un vuelo.
La fuerza oscura que nos pide muerte
trabaja en mí, me llama
con silencio de pez entre mis venas.
Cierro los ojos y se borra el mundo.
Los árboles atentos, la luz en la que amé,
la piedra que quería decir algo
con su lengua torpísima
huyen, como el reflejo huye en el agua.
Mi corazón, vestido de su otoño,
como una hoja amarillenta, cae.
Y yo abro las manos. Y consiento.

Efrén Rebolledo, El vampiro
Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
por tus cándidas formas como un río,
y esparzo en su raudal crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.
En tanto que descojo los espesos
anillos, siento el roce leve y frío
de tu mano, y un largo calosfrío
me recorre y penetra hasta los huesos.
Tus pupilas caóticas y hurañas
destellan cuando escuchan el suspiro
que sale desgarrando mis entrañas,
y mientras yo agonizo, tú, sedienta,
finges un negro y pertinaz vampiro
que de mi ardiente sangre se sustenta.
Efraín Huerta, “Órdenes de amor”
“¡Ten piedad de nuestro amor
y cuídalo, oh vida!”
(Carlos Pellicer)
1
Amor mío, embellécete.
Perfecto, bajo el cielo, lámpara
de mil sueños, ilumíname.
amor. Orquídea de mil nubes,
desnúdate, vuelve a tu origen,
agua de mis vigilias,
lluvia mía, amor mío.
Hermoso seas por siempre
en el eterno sueño
de nuestro cielo,
amor.
2
Amor mío, ampárame.
Una piedad sin sombra
de piedad es la vida. Sombra
de mi deseo, rosa de fuego.
Voy a tu lado, amor,
como un desconocido.
Y tú me das la dicha
y tú me das el pan,
la claridad del alba
y el frutal alimento,
dulce amor.
3
Amor mío, obedéceme:
ven despacio, así, lento,
sereno y persuasivo.
Sé dueño de mi alma,
cuando en todo momento
mi alma vive en tu piel.
Vive despacio, amor,
y déjame beber,
muerto de ansia,
dolorido y ardiente,
el dulce vino, el vino
de tu joven imperio,
dueño mío.
4
Amor mío, justifícame;
lléname de razón y de dolor.
Río de nardos, lléname
con tus aguas: ardor de ola,
mátame…
Amor mío.
Ahora sí, bendíceme
con tus dedos ligeros,
con tus labios de ala,
con tus ojos de aire,
con tu cuerpo invisible,
oh tú, dulce recinto
de cristal y de espuma,
verso mío tembloroso,
amor definitivo.
5
Amor mío, encuéntrame.
Aislado estoy, sediento
de tu virgen presencia,
de tus dientes de hielo.
Hállame, dócil fiera,
bajo la breve sombra de tu pecho,
y mírame morir,
contémplame desnudo
acechando tu danza,
el vuelo de tu pie,
y vuélveme a decir
las sílabas antiguas del alba:
Amor, amor-ternura,
amor-infierno,
desesperado amor.
6
Amor, despiértame
a la hora bendita, alucinada,
en que un hombre solloza
víctima de sí mismo y ábreme
las puertas de la vida.
Yo entraré silencioso
hasta tu corazón, manzana de oro
en busca de la paz
para mi duelo. Entonces
amor mío, joven mía,
en ráfagas la dicha placentera
será nuestro universo.
Despiértame y espérame,
amoroso amor mío.
Jaime Sabines, “Espero curarme de ti”
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Eduardo Lizalde, “La ciudad ha perdido su Beatriz”, en El tigre en la casa.
“He is a portion of the loveliness
which once he made more lovely.”
Shelley
1
¡Ay, flores, brezos, castañas, dulces nueces,
dátiles y violetas,
gladiolas descreídas!
¿Por qué existir ahora,
si está muerta la flor,
la flor de flores?
¿Cómo, manjares,
tener sabor en lengua imaginable
si ya no existe el sol de los sabores?
¿De qué manera, olivos,
dar verde gozo al paladar discreto,
si el paladar murió con ella?
2
Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,
qué carne dañarás de muerte,
qué has de matar si ella está muerta?
¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?
3
Viva, era muerte,
y ahora, que no vive,
cincuenta veces muerte.
¿Quién era ella?
¿Cómo llorar así?
¿Cómo sufrir
por su maligna muerte?
¿No estaba muerta ya,
no andaba, en vida, muerta?
4
Su misma muerte pura
fue una traición de perra sin entrañas.
¡Por qué morir la perra!
¿Cómo, antes de ser creada
—antes de Dios—
morir a manos propias la creatura? [sic]
5
Si perra innoble fue, si diosa cruenta
¿a qué llorar su muerte?
Sangre vertió, desmembró cuerpos,
vendió a los cerdos carnes
en perlas cocinadas,
destejió obsidianas
para tejer con ellas
excrecencias de chivo.
¿Por qué llorar entonces?
6
Liebres que hubieron hierbas en sus muslos
de felino salvaje
fueron de corta vida,
y largos perdigueros,
halcones que en su vientre
cazaron aves deliciosas
no levantaron nunca
el tallo de su vuelo.
¿Qué llanto ha de valer entonces’
7
Perra sin límites
que corrompió a su paso la tierra
con su hirviente orina,
que al dogo fiel dio vástagos de puerca
y que agrietó las calles al andar,
cloaca ambulante ¿a qué llorar por ella?
8
¡Grandes hetairas,
qué pequeñas sois junto a ella!
qué despreciables,
qué puras.
Cuánto y qué poco
junto a la perra enorme,
que ahora muere sola y deja, viles,
como sombra florida o manto rubio,
prados detrás,
torpes jardines
que no conocen ya el camino
hacia las fuentes,
rotondas que suspenden
el viaje alrededor de sus rosales,
volantín o tiovivo —ay españoles—
de rosas muertas y colores vivos.
9
Ella murió, Dios mío.
¿De qué manera han de vivir los otros?
¿Cómo vivir, si ha muerto?
¿De dónde leña ha de tomar el hacha
si a cada tajo
el árbol vuelve a la semilla?
10
Árbol de arena estéril,
antorcha horrenda en llamas hasta el puño,
¡qué frutos dio, qué gemas, oh Dionisos!
Si lagartija fue, ¡qué pavos,
qué lechones salieron de su vientre!
Si leona ¡qué perdices del tacto,
qué gulas del amor hubo en sus alas!
11
He metido este sueño
en el triturador de la cocina.
Reconozco la distancia
el ruido de tus huesos que se rompen
como nueces tiernas;
el eco de tu voz contra las muelas;
de hierro y las cuchillas,
las distensiones de los nervios
que escapan al molino
como peces en sangre.
Pero el sueño impiadoso resucita,
se conforma en el caño,
se destritura halando ferozmente
la manivela del tiempo hacia otros aires,
Vuelve el sueño a soñarse
como en su primera infancia;
y tiene
la paleontología licuosa
de lo no vertebrado.
Lo desueño otra vez en el triturador,
que abre las fauces hogareñas
de laborioso tigre,
y el sueño, lento, vuelve.
12
¿Cómo expulsar del sueño
el sueño tuyo, amada?
¿Cómo cerrar las puertas del sueño,
a toda forma viviente?
¿Cómo estorbar la marcha
del tigre desgarrado,
con parapetos de neblina?
¿Cómo impedir el paso
de estas sólidas fieras
a la juguetería vaga del sueño?
¿Cómo escapar de un tigre
que crece al avanzar cuando lo sueñan
como la mole de nieve en la colina?
13
¡Ay Prometeo! Ya miro bien tus fieras
y entrañas nutritivas.
Termina el túnel del sueño cotidiano,
pero irrumpe a una luz más deslucida
que el negror de los sueños.
Tumba es la luz y lápida del sueño
sepultado en el pecho como una gallinaza
que golpea por dentro en la vigilia
y vuela al fondo abriendo carnes con sus ganchos
cuando duermo.
Y ella está muerta ahí,
en la coyuntura de sueño y luz,
con una muerte activa
de perra que va y viene por su jaula,
del sueño al mundo, del mundo al sueño,
comiéndome las vísceras
como una eterna goma de mascar.
14
¡Murió la perra, oh Dios!
Su muerte ha sido la más sucia trampa;
late en redor, atmósfera de púas,
se cierra sobre mí.
Su muerte ajena,
su muerte a propias garras y colmillos,
frustró mi mano,
congeló estos odios hambrientos para siempre,
condenó esta daga a la inocencia.
Murió la perra impune y nadie
la habrá de rescatar del césped blanco
en que hoy retoza,
y no despertará del sueño sin raíces
que ata su fronda infame al cuerpo.

¿Conoces algún otro?
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