Polvo en vida
Letras

Polvo en vida

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Por: Andres

29 de julio, 2013

Letras Polvo en vida
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29 de julio, 2013

tranquilidad

No fue necesario despedirme con la pompa fúnebre tradicional. Aún cuando lo deseara no iba a ser posible reunir a las personas que a lo largo de la existencia acompañaron mi camino, de manera furtiva, circunstancial. Desde niño imaginé la nada y corría a las faldas de mi madre para esconderme del miedo, el verdadero verdugo de toda escena. No lograba entender cómo podría ser aquel sitio ( la nada) sin una estética que me hiciera recrear un espacio determinado. Cuando olvidaba aquel pensamiento, me sumergía en la vida como lo hace un niño en plenitud. No me bastó caminar para entender el paso del tiempo. Me olvidé por un momento que era un mortal cualquiera, vulnerable. Aprendí desde muy pequeño que la mente no es una masa divina, que las creencias y dogmas aquietan un poco el ansia eterna por entender nuestro origen. Transité de la niñez a la adolescencia careciendo, por sobre todas las cosas, un poco de atención y empatía por parte de todos y de nadie en particular. Consciente de mis limitaciones para relacionarme, desarrollé otras aptitudes . Destaqué en deportes, me convertí en un ferviente orador que imitaba frases de políticos en boga fantaseando en dirigir los destinos de una nación completa. Por las noches me salía a pasear entre los bulevares y calles aledañas cerca de mi hogar.

Viví en aquella época en el Distrito Federal. Una jungla inmensa cuya única garantía es que no hay seguridad de supervivencia, tal cual es la vida. Sin entrar al catálogo de seres incomprendidos, mi mundo se fue alimentando de experiencias personalísimas durante todos mis latidos. A los diecisiete años ya interpretaba melodías de sobrada cursilería al vacío a través de una guitarra que me fue obsequiada por mi padre, un hombre duro con un corazón de mermelada: espeso y dulce. Los padres, con el paso del tiempo, caen en la desnudez de sus dogmas y creencias para mostrarnos su fragilidad humana, la misma que poseemos todos y que escondemos a menudo. Los míos me compartieron una visión  que consistía en  laborar a diario para sostener un ritmo de vida hacia la superación constante. Mi padre se forjó en la pobreza, en la penumbra deprimente que la carencia nos muestra cada día. Fui afortunado. Tal vez si yo hubiese corrido con la misma suerte no estaría aquí compartiendo estas líneas. La seriedad expuesta en mi rostro reflejaba la solemne melodía que vigilaba mi expectativa interna. La gente soliviantada por tantos asuntos diversos me parecía un espejismo de la ansiedad generalizada por controlar la vida.

Creí y prediqué para mis adentros la veneración a la circunstancia inmediata sin olvidar la finitud de todo. Obsesivo con medida  fui entre los marasmos de la incertidumbre natural. No me preocupé por los convencionalismos sociales. Me ocupé de asegurarme el frijol digno para no sucumbir en el hambre que altera todo razonamiento y sosiego.

Terminé una licenciatura en una universidad de medio pelo en algún punto de la ciudad. Ya mostraba yo desde la infancia una curiosidad intensa por entender el mundo, acercarme a cualquiera para preguntarle por sus pensamientos y formas de supervivencia. Avispé mis sentidos con rumbo incierto. Tendría que viajar, comenzar a charlar sin mayor impulso que el saber, conocer, entender. Empecé con los Alcohólicos Anónimos. Allí cursé  mi primer propedéutico sin falsas lisonjas. Para quienes no conozcan esta academia empírica, les compartiré que consiste en desnudar a conciencia experiencias, vivencias relacionadas con el uso y abuso del alcohol. Subirme de manera tímida a la tribuna para expresar mi sentir a través de la misma fue uno de mis primeros retos.

No sufría yo de alcoholismo, empero, me transmutaba con mis sentidos al dolor y pesadumbre generalizada. La belleza de las emociones en grupos comunes es indescriptible con las palabras: Allí observé de todo sin prejuicio. El odio puro, El resentimiento genuino, La moral tergiversada con falsas creencias, La estupidez elevada a niveles egoístas, la locura opacada por la sustancia en turno, El miedo, una vez más, envuelto en amenazas impulsadas por nervios alterados , socavados por un cúmulo de sensaciones provocadas .

Allí me descubrí por completo. Preparaba cada lunes hermosos discursos que recitaba a personas sensibles sedientas de nuevas esperanzas. Un día les hablé de la verdadera misión de Jesús "El Mesías ", bajo mi óptica y opinión. Según mi filosofía, Jesús no representó a un Dios omnipotente, más bien, ostentaba  una visión del amor hasta hoy muy por encima de nuestros temores disfrazados de creencias divinas. Entre putas, leprosos, ministros, sapos, niños , borrachos, madres, ancianos: todos podíamos ser amor. Estaba en nosotros y en el aire. Más que Dios, fue un romántico desvergonzado carente de temor, lleno de pasión. Intentó exponer su doctrina ante la muchedumbre ramplona de mecha muy corta... sabemos el desenlace. En otra ocasión les recité el canto de un pájaro relacionándolo a manera de analogía  con la danza de una bailarina contemporánea . Intenté fundir  la energía de ambos seres en busca de una expresión sin expectativa: por el simple gusto de vivir. Ahí, los alcohólicos y sus secuaces, ya comenzaron a mirarme con extrañeza.


Poco a poco me fueron restringiendo el uso de la tribuna hasta excluirme en la esquina donde servían el café. Mi momento había caducado. Era la hora de partir. 


Aferrarse a la calle tiene sus recompensas. Después de haber estudiado a detalle los sinsabores emocionales expuestos, me aventuré a la hosca realidad diaria que se suscita a todo momento por obtener el bocado inmediato. Allí observas otro tipo de emociones no tan introspectivas, más bien absorbes la necesidad imperiosa sin miramiento, a costa de lo que sea. Deambulando por allí encuentras un sin fin de historias dignas de contar o describir con perspicaz maestría relatora. No basta con abrumarse en la superficie, hay que adentrarse al fondo del entramado para entender la filosofía callejera. La jungla se vive sin Safari que proteja. Eres tú, una vez más, ante la incertidumbre mundana. Anduve recorriendo las líneas del metro, soplándome presentaciones de ventas, suplicios melancólicos, retos realizados, plegarias descritas a todos los viajeros, potenciales presas de la vendimia y apremio individual de cada expositor. El metro es el teatro, los viajeros el público, los comerciantes protagonistas. Todo incluido por sólo tres pesos. Así estuve un par de meses, sumergido en aquel mundo subterráneo lleno de sorpresas, silencios y fastidios contenidos por la obligación incesante de sobrevivencia. Hay que vivir porque ya estamos aquí, pero también es deseable intentar hacerlo con mayor ímpetu sincero, hasta donde se pueda. Para ganarme el sustento tomé un trabajo de medio tiempo en una cafetería de la zona centro. Fui un camarero adaptable y confiable.


Allí aprendí un poco más a comprender la condición humana. Yo era un ser irrelevante en aquel lugar, hasta que algún deseo de un comensal surgía;  entonces tendría que presentarme al momento para atender la voluntad del mismo. “¡Tráeme un poco de esto, y rapidito!”, “ Esta crema está fría, ¡pero qué les sucede en este establecimiento! ¡Cocinan como verdadero gandules!” Estos eran los  ligeros comentarios, para que tengas una idea de lo que acontece en las batallas por el servicio de la corriente de consumo.

Tardé un año en aquel sitio, soportando toda clase de arrebatos. La paciencia cultivé con persistencia  ante el escollo de la ignominia. No me preocupaba el cotilleo o chisme rancio de aquella faceta humana en nombre del servicio. Era el tiempo el que me ponía a morderme una que otra uña ante el inevitable paso de los años. Mantenía en la intimidad del espíritu un borrador de ruta.


Una vez resuelta mi tarea en aquellos sitios,me elevé hacia la tierra floreciente y constante del primer mundo. Había ahorrado un poco de dinero, suficiente para comprar un tíquet de ida hacia Roma. Allí debía de estar respirando el aire del viejo mundo. Apenas pude llegar gracias a los ahorros estirados. Compré un librillo de italiano para intentar comprender un poco más la novedad del lenguaje. Gozaba de un permiso en automático para permanecer como plazo límite hasta noventa días sin estorbar a la Comunidad Europea. La junta de gobierno concedía ese privilegio a los ciudadanos mexicanos. Sólo necesitaría encontrar un empleo. Lo primero que hice al tocar tierra romana fue dirigirme como un predecible turista derechito al Coliseo. Me senté un par de horas sin decir ni pio ( aunque quisiera, ¿quien me entendería?) a contemplar la magnificencia humana mezclada con atrocidad emblemática según nos han contado los libros de historia. Majestuoso monumento que guarda celosamente sus secretos. Aún con aquella postal directa en mis ojos, no dejaba de preguntarme ¿Cómo pintaba  aquella época, cuando las banderas izaban de a de veras y los emperadores ofrecían el circo a sus gobernados? Viajar, sin duda, hace trabajar la imaginación. La mía comenzó a hacerlo desde que le dio forma la consciencia. Todos los días iba a admirar el Coliseo a la hora del almuerzo. Aún no contaba con un empleo. La verdad es que no lo buscaba con vehemencia.

Además de otros monumentos que fui descubriendo en las caminatas diarias, éste, El Coliseo, logró atraparme en demasía.


Todo cambia de un momento a otro. El dinero ya era escaso por no expresar casi  nulo. Encontré trabajo en un hostal cerca de la terminal de transporte Roma Termini, en la vía( calle) Solferino.

Allí comencé aseando pisos y baños, después me convertí en mucama de las habitaciones, para terminar pintando un poco las paredes y retocar los frescos de los paseantes ( muros con esbozos y garabatos de recuerdos ) que impregnaban el área del living y la zona de estar.


A cambio de mi labor me asignaron una cama diaria además de cincuenta euros a la semana. Nada mal para un tipo que llegó con el aliento y la emoción como únicos estímulos.


No dominé el idioma por completo; sin embargo, aprendí a comunicarme mejor, más allá de un "allora signorina". Así estuve por espacio de tres meses, recorriendo la ciudad con sus enigmas y recovecos. En el trajinar diario logré entablar amistad con un siciliano, una española y un marroquí. A través de sus relatos comprendí con más claridad la cultura de sus lares. Conocí un poco más la estética y estructura social de sus países a oídas, además de que pude visitar Madrid, España. Cerca de cumplir los noventa días reglamentarios, el viaje se acercaba al final. Sin dinero para volver, me apersoné en el consulado mexicano. Me declaré falto de recursos para solventar un tíquet que me llevara de vuelta a mi país, por lo que: Solicite al honorabilismo gobierno mexicano tuviera a bien expedirme un tíquet de regreso, o bien, me facilitara un permiso extraordinario para seguir en tierra europea sin contratiempo. Fui devuelto en un vuelo poco después de haber solicitado la petición.

Llegué con el bolsillo vacío, liso,  pero mi alma relucía, estaba  renovada. El boceto de ruta iba tomando forma. No tardé en acomodarme en un nuevo empleo. Esta vez  me decidí por la carrera pisoteada y poco valorada de ventas. Allí debería cursar mi último grado doctoral para entender la condición humana en su conjunto. La Universidad era mi mundo, la rectoría me pertenecía. Comencé a capacitarme en una compañía dedicada a la venta de seguros de todo tipo.

Aunque no hay seguro contra la muerte, nos hacían creer que podíamos asegurar la completa existencia con tan sólo unos pesos al mes sin tanto ruido.


Anduve de puerta en puerta caminando en metro, recibiendo rechazo y negativa en espera de una favorable respuesta entre tanta apatía. Fue una hazaña haber soportado seis meses de entrenamiento en esas condiciones.  Era regla inquebrantable de la Dirección de ventas cursar esos meses de entrenamiento.


Para mantenerme un poco tranquilo, me daban un apoyo económico semanal con la intención de solventar los apremiantes gastos. La verdad es que no se solventaba mucho pero de algo servía. Al menos seguía asegurando el frijol inmediato. Tal vez pienses que anduve en la mediocridad permanente. Puede que tengas razón. Sin embargo, seguí los deseos y me mantuve fiel a mi ruta.


No emboné en los convencionalismos sociales, como habrás notado con antelación. Después de aquella carrera de ventas auto impuesta, me separé de la búsqueda para iniciar la ponencia. No me enriquecí económicamente con alguna idea emprendedora. No me entregué al trabajo religiosamente con puntualidad inglesa. Soporté muchos rechazos y lo hice hasta el final de mis días  para entender un poco más esto que tiene enigmas, circunstancias y consecuencias. La vida, la verdadera eterna querida. Tuve un hijo que ahora tal vez lea atento estas líneas. No tuve las mujeres añoradas, ni los amigos ideales, pero supe amar a tiempo, aprendiendo a vislumbrar el alba cuando aún no amanece. Los destellos acariciaron mi piel entre la tierra del camino. Sobreviví con la gracia de un ser humano natural.

No fui un ser extraordinario pero no tengo nada que reprochar. Envejecí con achaques propios de la edad.

La curiosidad me mantuvo despierto sin dejar que me ahogara con las fatídicas realidades que se suscitan día tras día. Tuve la ruta dentro a todo momento, procurando no extraviarme tanto en las cosas que para mí fueron irrelevantes. Viajé un par de veces más, ahora en compañía. Logré acomodarme en una finca que dejé dispuesta a ser ocupada por alguien más.

Morí mientras vivía. Agoté los deseos hasta donde pude llegar con las propias limitantes de mi condición circunstancial. Ahora soy polvo en esta vida. No hay nada más qué contar. Acompañaré  a otros escépticos, inconscientes, despiadados, creyentes, fanáticos, aburridos, inquietos, benévolos, transeúntes, aves, viento, tiempo o, tal vez, me pierda en el umbral de la nada, aquella por la que corría a las faldas de mi madre sin saber cómo actuar.


Referencias: