Letras

¿Por qué amamos los objetos?

Letras ¿Por qué amamos los objetos?

El estudio de los objetos comienza, en primera instancia, por el importante lugar que ocupan en nuestras vidas (actualidad y funcionalidad) y después se convierte en una apreciación por el significado que se le confiere, con ciertas características que los hacen especiales (historialidad, temporalidad, valor de uso, valor de cambio o valor
estético).

¿Por qué almacenamos los objetos? ¿Qué distingue a nuestros empaques de leche y bolígrafos cotidianos de los empaques que se exhiben en los museos de diseño? ¿Algún día nuestros retratos familiares o juguetes tendrán un valor para la humanidad que rebase el ámbito personal?

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Muchos de los objetos que se encuentran en museos o galerías y que se subastan por su valor histórico, iconográfico o de diseño, fueron, en algún momento, parte de la vida diaria de alguna sociedad. Son varias las razones por las que algún objeto trasciende a su tiempo y se convierte en un fragmento que nos cuenta la historia de una época como si fuera un pedacito de un rompecabezas enorme.

Un pedazo de historia

Una bala disparada durante la Segunda Guerra Mundial, la icónica silla esfera, un muñeco de acción de Súper-Man de 1940 en su empaque original o una antigua cámara Nikon de los años veinte, pueden convertirse en objetos sumamente deseados, preservados y socialmente apreciados.

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Para Baudrillard, cuando un objeto ha dejado de tener utilidad/ funcionalidad puede adquirir nuevas características marginales que lo aíslan de los demás objetos. Según su “historialidad”, por ejemplo, un objeto puede convertirse en parte de un sistema marginal como el de las colecciones por considerarse una pieza antigua.

De esa forma, la bala disparada en Francia, ocupada por los nazis en 1940, deja por completo su utilidad final (haber sido disparada) para obtener el valor marginal-histórico que la puede colocar en el museo Louvre como pieza histórica, muy lejos de los campos de batalla y del acero reciclado.

¿Qué es lo auténtico?

No sólo los objetos manufacturados y promocionados por marcas reconocidas son capaces de obtener estas características marginales. Incluso, las “copias” de productos originales pueden convertirse, paradójicamente, en auténticas piezas de comunicación con valor social.


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La noción de la piratería apareció hace relativamente poco, cuando el sistema de consumo comenzó a tener lagunas para un mercado que deseaba sus productos, pero no podía adquirirlos. Una progresiva e irreversible ola de productos/copia inundan el mercado para satisfacer la demanda, esto da como consecuencia un valor social y cultural para los productos originales y otro para las copias ilegales, además de que coloca en un mundo completamente diferente a los productos vintage que, lógicamente, aumentan su valor marginal. En nuestro contexto, podría predecirse que algunos juguetes “piratas” o de manufactura ilegal, podrían llegar a ser, algún día, parte de una exposición sobre cómo vive nuestra sociedad en la actualidad.


Por ejemplo, las figuras de acción de El Santo que se venden en tianguis de toda la ciudad son, por sí mismas, un reflejo de nuestro ideario: es un luchador ícono de la sociedad mexicana presentado en una miniatura de plástico de baja calidad, acompañado de otras figuras como Blue Demon u Octagón, en un cuadrilátero de madera ensamblado artesanalmente por una familia mexicana y todo esto en el contexto del tianguis mexicano. Es comprensible que dicho objeto forme parte de los recuerdos de muchos niños y adultos, por lo que habría que preguntarse: ¿La experiencia sería igual si adquirimos ese juguete en una tienda departamental, con un juguete firmado por Matell y que triplica su valor?


La “autenticidad” de estas copias puede ser, también, transgredida por efectos del tiempo y espacio. Una estampilla falsa o mal impresa, que en su tiempo era simplemente un error de fabricación, puede trascender su época y ser altamente valorada precisamente por estas características.

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Diseño

Un empaque, una caja de regalos o de cereal puede poseer, además de valor histórico, el poderoso valor del diseño. Por una parte, el empaque de Zucaritas de 1986 tiene un valor marginal histórico de colección y, por otro lado, la lata conmemorativa de Campbell´s en honor a Andy Warhol es diferente de las otras latas del mundo por el especial cuidado de su imagen, convirtiéndola en un objeto que sobrepasa su valor funcional y puede adquirir apreciación estética, gracias a las especiales técnicas de estilización y envoltura que son aplicadas en ella.

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La calamidad de ser un objeto artístico

La antigua palabra griega ars se refería al trabajo. Cualquier persona que realizara un trabajo, realizaba ars. Con el tiempo, el artista fue separado del artesano según la concepción de belleza, inspiración y arte que se tuvo en cada época: en la edad media, los pintores tenían el favor del rey, así que su ars (trabajo) era el arte y el ars de los carpinteros era simplemente una bella artesanía.

Los nazis resguardaron obras pictóricas y musicales por ser consideradas opuestas a su ideología de la superioridad aria: en su sociedad no cabía ese tipo de arte. Sin embargo, dichas obras no eran destruidas pues se sabía que poseían valor monetario, histórico y documental; fue así como los objetos artísticos de una época se convirtieron en objetos informativos al pasar el tiempo, y así, posteriormente, volverse objetos “peligrosos” para un régimen.

Un objeto artístico (cualquiera que sea el mérito por el que haya obtenido este título) posee valores estéticos, de cambio, socioculturales e históricos diferentes a otros que se le asemejen en funcionalidad. Esto hace que la suerte de la Mona Lisa sea muy diferente a la del retrato que hiciera algún pintor vecino de Da Vinci en la misma fecha (la primera es un objeto artístico por mérito de la fama de su creador, además de la técnica) o que una silla diseñada por Eerio Aarnio esté en un museo y los millones de reproducciones de esa obra estén en las cafeterías de todo el mundo (la primera es la obra original con mérito de diseño y las otras sólo son copias funcionales).

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Viejito pero bonito


Cuando un objeto ha sobrepasado los 20 años de edad se le puede considerar genuinamente vintage. El aprecio por los objetos pertenecientes a décadas pasadas (objetos vintage) es un tema recurrente en nuestra sociedad de consumo y en la nostalgia producen las iconografías del pasado.

Prendas antiguas que cuentan historias, relojes viejos o autos clásicos se unen a  las filas de la estética vintage. Su valor de cambio (dependiendo de sus condiciones materiales) aumenta, sumado a un valor sentimental o nostálgico que la sociedad actual siente por las épocas pasadas: bellos vestidos de los años veinte, potentes autos de los cincuenta, la colorida ropa y la turbulencia de los sesenta e incluso más atrás: la joyería de principios de siglo constituye un abanico de objetos con mucho aprecio social.

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Enamorados del futuro

Por otra parte, existe un despliegue de aparatos tecnológicos que desde hace dos décadas ha conquistado el tiempo y la imaginación de los que gustan de la modernidad. Un ejército de gadgets creados con una lógica desechable (cumplen su función y son sustituidos con el modelo del año siguiente), resumen años de conocimiento, avance tecnológico y diseño en pequeños e innovadores dispositivos. A pesar de que los resultados en términos de comunicación son asombrosos, este proceso va de la mano con un nuevo tipo de consecuencia a corto plazo: la contaminación masiva de basura digital. Tendrán que pasar algunos años para ver cómo se resuelve el problema creado por la cultura de lo desechable, que en poco más de veinte años (1990-2012) ha creado más basura que todas las épocas anteriores y que resulta mucho más dañina para nuestro 
planeta. 

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Como podemos ver, los objetos son concebidos con algunas características particulares y  con el paso del tiempo pueden adquirir otras que los colocan en un paradigma diferente. Las condiciones históricas y socioculturales marcan la vida y el rumbo de la humanidad, así como la de los objetos que ésta arrastra consigo.

La moda cambia, los valores se modifican y algunos objetos perduran, concebidos en un tiempo para ser innovadores y con el paso de los años portadores de historia y provocadores de nostalgia y resguardo. Quizá algún día tu ropa y tus fotografías estén en  una galería dedicada al estudio de la vida a principios del siglo XXI, o quizá sólo
desaparezca sin dejar rastro, eso depende del valor que le den a nuestros objetos los habitantes del futuro.


Referencias: