Quiero decir que te quedes, siempre
Letras

Quiero decir que te quedes, siempre

Avatar of Maria Albuja

Por: Maria Albuja

7 de julio, 2017

Letras Quiero decir que te quedes, siempre
Avatar of Maria Albuja

Por: Maria Albuja

7 de julio, 2017



A continuación un relato de amor y desamor escrito por María Albuja.


10 am y 3 pm

Y alguien que amas entra al cuarto y dice ¿no te gustarían los huevos ligeramente distintos hoy? Y cuando te los trae son sólo simples huevos revueltos

Para Grace después de una fiesta
, Frank O’Hara


Desayunaba un expreso, con Charlie Parker.

Me lavaba los dientes con un cepillo de viaje que se doblaba y quedaba guardado en su propio estuche y entonces lo ponía en la cartera para llevarlo a la oficina.

Conducía escuchando la lista de canciones que me armabas cada semana.

Subía a la terraza del edificio a fumar a las diez y a las tres puntualmente, siempre Marlboro mentolados.

Bebía té a las ocho mientras leía.

Me llamabas a las diez a decirme algo como: Tomar una Coca-Cola contigo es incluso más divertido que pasarse por San Sebastián, Irún, Hendaya, Biarritz, Bayona, o sentir nauseas en la Travesera de Gracia de Barcelona”.

A lo que yo respondía:

—S
aluda a Frank, ¿está por ahí?

Sí, aquí tomando una Coca-Cola.

Y después de reírme te decía:

—Buenas noches, Lucas.

1216x806x2 (1) 



Colgaba y me quedaba mirando al techo, tratando de recordar el resto del poema 
hasta quedarme dormida. Una de las que más me hizo reír fue cuando citaste a Proust y agregaste que en ese momento no podías pasármelo porque estaba comiendo una magdalena.

Quizás a veces me aburría desayunar, cepillarme los dientes e ir a la oficina. Pero no me cansaba de Charlie Parker, los mentolados o de tu música y citas literarias.

Los fines de semana veíamos películas y tomábamos cerveza cuando hacía calor y algo más fuerte cuando hacía frío, en tu apartamento un fin de semana y al siguiente, en el mío. A ti no te gustaba que fumara, pero te ausentabas con alguna excusa como para que lo hiciera a escondidas cuando me veías angustiada por alguna razón.

La rutina cambió cuando hospitalizaron a tu madre.

Seguía desayunando un café, pero las preocupaciones hacían que me olvidara de Charlie Parker.

Cuando conducía, escuchaba la radio porque no podías armarme más listas de canciones.

Además de las diez y las tres, fumaba a las ocho de la mañana, al medio día, y a las cinco de la tarde antes de dejar la oficina para ir al hospital.

A veces me citabas algo de Cummings como: uno de los cientos tú que son tu sonrisa” o “nadie ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas”, cuando nos aburríamos en la sala de espera o en la cafetería del hospital.

Al inicio vimos alguna película durante el fin de semana, pero a medida que tu madre empeoraba no nos quedó más que mirar los programas en la televisión de su dormitorio y, por las mañanas, el café de la máquina de la sala de espera.

Perdí el cepillo de viaje con tantas idas de la casa, a la oficina y al hospital.

Conducía de un lado a otro pensando solo en llegar sin importarme lo que sonaba en la radio.

Empecé a fumar incluso cuando visitábamos a tu madre, escapándome a la terraza y tratando de cubrir el olor con perfume para que no te molestaras, aunque sabías que lo hacía.

Ya no me citabas a ningún poeta y ya ni me fijaba en qué pasaban en la tele.

—Se fue me dijiste, una tarde cuando acababa de llegar al hospital.

Telefoneé a la oficina para decir que me iba a ausentar toda la semana. Fuimos a casa de tu madre.

Todavía quedaba algo de expreso en la cafetera y algunas colillas en el cenicero.


1216x806x2 (2)


Entré al dormitorio en busca de algo para vestirla y me di cuenta de que usaba un cepillo de dientes eléctricos y una fragancia de Armani para ocultar el olor de los Lucky Strike.

Recordé un día en que, fumando juntas en el balcón, me contó que cuando eras pequeño se pasaba recitando los poemas que preparaba para sus clases y tú jugabas y repetías lo que ella decía.

—¿Qué tal éste, Lucas? pregunté, mostrándote un vestido azul marino.

—Está bien —
agregaste—: Mira las dedicatorias, todas para ella.

Estabas mirando los discos que tu padre le había regalado. Él había muerto años antes de que tú y yo nos conociéramos, pero por culpa de los Camel.

—Quiero llevarme estos y los libros de mamá.

Cuando pasaron los funerales, te ayudé a empacar y a llevarlos a tu apartamento. Como hacía calor, pregunté:

—¿Una cerveza?

—Bueno, ¿vemos algo?


1216x806x2


Esa semana me quedé para hacerte compañía. Encontré a Charlie Parker entre los discos de tu papá. Lo ponía por las mañanas, mientras desayunábamos.

Me preocupaba que con tu trabajo de freelancer te quedaras todo el día encerrado memorizando citas de Cummings y O’Hara, de los libros viejos de tu madre y deprimiéndote, pero días después me sorprendiste con una nueva lista de canciones.

—¿Por qué no te quedas? agregaste.

—No puedo, Lucas, sabes que debo ir a la oficina.

Cuando fui al baño para lavarme los dientes, me di cuenta de que ahí estaba un nuevo cepillo de viaje, exactamente igual al que tenía antes, para mí.

—Quiero decir que te quedes, siempre.

Me mudé el fin de semana.

Me costó, pero volví a fumar sólo a las diez y a las tres y, por supuesto, cuando te marchabas con alguna excusa para darme tiempo de hacerlo a escondidas.

***

Las imágenes que acompañan el texto pertenecen a la fotógrafa ucraniana Fluke.
Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico en su perfil.

***

Repasar el pasado y revivirlo como el presente más visceral. La memoria, y no la verdad, tiene dos caras. Lee más prosa de este tipo acá.


Referencias: