Tenía todo lo que un niño pudiera desear, juguetes de moda, videojuegos e incluso esos tenis con lucecitas que se activaban al caminar. Dos empleadas se encargaban de atenderlo las veinticuatro horas del día, pero él solo quería ver a su padre, quien nunca estaba en casa. –Es alguien importante y ocupado –decían las mucamas intentando tranquilizar al pequeño que lloraba inconsolable por no poder verle. Era la única figura paterna que conocía. Un día, las dos mujeres regresaron del mercado con las compras. Al entrar en casa escucharon los gemidos de una mujer. El ruido provenía de la sala de televisión. El coche del patrón no estaba estacionado afuera, así que no había otra explicación: el pequeño había logrado abrir los cajones prohibidos de papá. Como reacción natural, al ver a su progenitor en las portadas de tantas películas, deliberadamente colocó una en el reproductor.

