En un instante sentí que te conocía de toda la vida
Letras

En un instante sentí que te conocía de toda la vida

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Por: Brayan Hernandez

4 de mayo, 2017

Letras En un instante sentí que te conocía de toda la vida
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Por: Brayan Hernandez

4 de mayo, 2017



¿Cuántas veces habremos pasado frente a nuestra alma gemela sin saberlo? El no coincidir con la persona indicada en el momento indicado parece ser una cruel broma del destino. En el siguiente cuento de Brayan Hernández se cuenta la historia de dos personas que estaban destinadas a estar juntas toda la vida, pero nos recuerda también que la vida es efímera.


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Para ellos su mayor sueño era saltar del puente. Puede que la vida misma los haya ligado y estén destinados a vivir separados toda una vida y verse un instante para morir juntos; puede que sea una broma de mal gusto que dos almas que debieron estar juntas toda su vida sólo puedan encontrarse el día de su muerte. Pero éso es la vida: una apuesta breve y arriesgada donde nadie gana.


Ésta es de esas historias que ocurren en medio de la cotidianidad, en esos momentos en los que el mundo está aburrido de la rutina y se detiene a ver la particular vida de dos seres humanos a punto de saltar. En esta historia existe un él y una ella, los nombres no importan, lo importante es que ellos son protagonistas de la escena más breve que nadie pudo retratar.


Él es un él lleno de ideas sobre lo que debe ser la vida. Cree en el destino, cree que todo pasa por algo y tiene la fantástica idea de que desde el momento en que naces estás destinado a encontrarte con esa persona, con ese único ser humano que fue diseñado exclusivamente para ti. A él le gusta observar la sonrisa y la mirada de la gente y trata de inventar mil historias, pero al final del día él es un él sin una ella.


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Ella es una ella diferente. A ella realmente no le importaba la vida y no porque no quiera vivir. Entiende que la vida no tiene color y que cada ser humano le da su toque diferente. No cree en el destino y  no cree en almas gemelas. Ella dibuja, es creativa pero extrañamente no lo hace de una forma libre; ella necesita el orden y planear lo inesperado para que todo sea como ella quiere. Al final del día ella es ella y no necesita de un él.


Y sí, eran ellos a punto de saltar de un puente. Se puede decir que ese fue el único día en el que dos seres humanos tuvieron todo en común sin siquiera conocerse. Esta parte de la vida de ellos se resume a la amorosa rutina de una pareja felizmente enamorada, pero para ellos no existió un nosotros, ellos no saben que existen, ellos son un ellos sin él y sin ella.


Casualmente tomaron café en la misma cafetería a la misma hora, y sin saberlo cruzaron las miradas; no en un acto de amor, sino en una acción del azar. Caminaron 50 metros, cruzaron tres semáforos, pasaron por tres librerías, regresaron a sus apartamentos y entraron a sus habitaciones. A las 9:30 am encendieron sus computadoras y miraron las mismas páginas, escribieron los mismos comentarios en sus redes sociales, y de pronto tomaron la decisión de saltar del mismo puente a la misma hora. Pero antes abrieron la misma página del mismo libro, un libro que nunca habían leído, y subrayaron la misma frase al mismo instante. Y ese momento fue eterno, dos seres humanos sincronizados buscando en las páginas de un libro algo que les diera una respuesta. La página 316 quedó inmóvil y las miradas de él y de ella se quedaron en este fragmento: “se acabó, vete a tu casa —tú eres mi casa”. Ése fue su momento, fue el instante y las palabras correctas dichas por alguien que nunca conocerán.


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Bajaron las escaleras con una sola cosa en mente: llegar a la 1:59 pm al puente para poder saltar. Mientras caminaban por la acera, nunca notaron que enfrente caminaba la otra persona. Ella, una chica con abrigo oscuro, pantalón roto y unos tenis prácticamente nuevos, una gorra y un maletín algo desgastado, con el rostro oculto por la gorra que sólo dejaba ver sus labios susurrando una canción. Él, un chico con camiseta blanca, pantalón negro, botas y en su mano una chaqueta de cuero. Durante los 40 minutos de viaje pasaron por tres librerías, cuatro cafés, un parque y un gran edificio. Finalmente llegaron a su destino, el puente blanco que atravesaba el río de la ciudad.

Llegó el momento, ellos aún no notaban la presencia del otro. Contaron hasta tres y en un profundo suspiro decidieron saltar. Levantaron la mirada y se fijaron que no hubiera nadie a su alrededor, pero notaron a un ser extraño mirándolos fijamente. Había un él mirándola a ella y una ella mirándolo a él, y por raro que parezca no tenían miedo. Ese extraño se les hacía conocido, tal vez se habían visto muchos días o se recordaban en la misma cafetería, nadie sabe. Pero ellos poco a poco comenzaron a sentirse en casa. En un instante tan eterno y tan fugaz , la voz de cada uno de ellos dijo lo siguiente: “¿quieres saltar conmigo?”.


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Referencias: