El destino nos pone en nuestro camino pruebas que debemos superar para que al final encontremos lo que en realidad buscamos:
Tengo un amor platónico que no lo es tanto, que hubiera sido el más grande amor que hubiera tenido, pero ahora no es ni siquiera amigo. Está más lejos de lo que estuvo antes de conocerlo. El día que lo conocí, temblé, oscilé, sudé, me paralicé, mis ojos no querían verlo pero mi corazón sí. Me saludó y no hice más que sonreír de la manera más tímida, tonta y timorata.

El tiempo ocurría y lo miraba tan él, subía la mirada a escondidas para verlo pasar y sonreía por dentro, le coqueteaba por dentro porque sabía que alguien como él jamás se hubiera enamorado de mí. Somos diferentes, somos lejanos y raros, pero la rareza no me limitaba a enamorarme cada que se me acercaba, dos minutos, los minutos más bonitos de cada día durante los últimos meses.

Jamás pasamos de un “hola, ¿cómo estás?” , pero para mí era una declaración de amor. Seguro hacía las caras más ridículas cuando me limitaba a responder “bien, ¿y tú?, ¡ah qué bueno, adiós!”. Las siete palabras más tontas cuando hubiera querido decirle una y otra vez, “¡oye!, me encantas, salgamos por un café”, o mejor y de una vez “¿quieres salir conmigo?”. Pero, ¿cómo se lo iba a decir?, ¿qué iba a pensar de mí?, ¿yo con él?, ¿él conmigo? Mantuve la lengua muda, no así la vibración de mi ser.
Han pasado meses y hoy me limito a verlo en la televisión y en sus fotos de esa red social con ella, con la que sí salió, a la que le dice “amor” y, no sé si sea feliz, porque algo me dice que era él, mi él y yo su ella.

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Las despedidas nos muestran aquello que no sabíamos que existía en nuestro interior: miseria y alegría; la dualidad; el arte nos ayuda a expresar aquello que nos ahoga por dentro; la literatura nos lleva por caminos más tranquilos cuando es necesaria la calma, por eso te compartimos las 11 lecciones de Mario Benedetti para sellar un corazón roto.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Bruno Dantas.
