Te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

3 min de lectura
por agosto 30, 2016
Te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura
Te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

Ofelia, por mi cabeza muchas veces tomabas ronda; sin embargo, nunca hubiera pensado lo que pasó. Nuestro encuentro fue encuentro fallido y reconstruido en el camino para vernos en una tierra encapsulada de árboles y tierra semihúmeda. Recuerdo que llegué poco antes a la cita y ya llevaba ciertos minutos habitando el parque. Ese parque forma algunos de mis recuerdos. Sólo lo tomo como un punto transitorio, y sin ninguna intención de conocerlo, lo cruzo. A pesar de ello, un día junto a unos amigos, llegamos con algunas pinturas, rodillos y demás artículos necesarios para pintar sobre pared. Tiramos las cosas al suelo y empezamos a trazar en la barda.

Nuestras manos se movían en el aíre, como inquietas serpientes que escupían tonos verdosos, azulados y negros. Ese día terminamos casi a la par en que el sol terminaba su turno; eso fue hace cinco años. Ahora, sobre nuestros trazos, había un uniforme y aburrido tono verde. Mientras te esperaba, mi imaginación colocaba de nuevo nuestras pinturas, reviviéndolas de esa muerte ciega. Seguías sin llegar. Los semáforos de la avenida continuaban su baile pactado y monótono. Sus ojos de tres tonos. Ahora rojo por aquí, verde por allá. Carros liberados, carros contenidos por una barrera invisible.

Esperarte hasta que llegues - te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

De pronto, casi como intuición, giré un poco mi cabeza hacía la derecha y de reojo te vi caminando por la parte trasera del parque. Giré por completo y te vi sentada, con un vestido gris, las piernas cruzadas, esas piernas que tan bien hacen lucir a cualquier vestido. De tu mano izquierda colgaba el envase vacío de una cerveza y con la mano derecha sostenías tu celular. Caminé hacia ti, supongo que sentiste el acercamiento de mi espíritu al tuyo, porque despegaste la mirada del aparato y la clavaste en mí. Nos saludamos con sonrisas. Cambiamos el envase por uno repleto de cerveza y nos colamos en la boca de tu edificio.

Tu departamento nos salvó del resto del mundo y en él creamos el nuestro. Casi todos nuestros encuentros fueron en él. Pero uno de tantos encuentros sucedió en el centro de tu ciudad, en “La rotonda de los hombres ilustres” y de igual manera, llegué con tiempo de sobra a la hora acordada. Mientras estaba a la espera, leía “La soledad de los moribundos” y el tiempo se volvió relativo. De nuevo intuí tu aroma y distraje mi mirada al buscarte. Tu fleco negro se veía más negro de lo conocido. Vestías una blusa en color arena, un poco holgada, unos leggins oscuros y un calzado de piso descubierto; te veías irremediablemente hermosa.

Tus ojos enamorados - te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

Además con tus ojos de habitante fenicio y su tono de zafiro negro el poder de tu negruzco rayo me contenía todo movimiento, sólo para contemplarte por completo. Nos mudamos de parque y fuimos parte de él por casi una hora. Decidimos movernos al evento en el que un amigo iba a vender algunos cuadros suyos y trabajos en colaboración con su novia. Era una casa vieja y grande, como casi todas las casas viejas, de paredes largas y techos fríos; puertas de madera, móviles como acordeón, desgastadas. La gente estaba a límite de rebasar la capacidad de la casa y transitar por sus pasillos.

El amor entre los seres - te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

De cualquier manera, los folletos, libros, periódicos, playeras, cigarros, pinturas, cuadros y demás cosas que se vendían hacían ameno ese conglomerado humano. Llegamos y nos repartimos entre las secciones de la casa y de vez en vez no encontrábamos en el mismo lugar, observado casi lo mismo. Te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura, volteabas y me besabas los labios. Nos volvíamos a perder en ese juego mecánico de humanos para volver a encontrarnos y repetir el acto. Esa noche terminó en tu departamento, bebiendo con amigos y disfrutábamos de la vida. Días después te escribí algo suelto sobre esa noche:

Besos de sala y música,

de parques y centro

besos de calle apretada y camino corto.

Besos entre multitud,

en folletos, discos y libros.

Besos ciegos, de espaldas,

agarrados de la mano,

besos comprando algo,

haciendo ronroneo en nuestros cuellos.

Besos de “zin futuro 2”,

de tu casa, de tu cuarto.

Besos nocturnos

albergados en los tragos.

Besos de días completos,

de pláticas y miradas.

La despedida - te besaba la nuca mientras mi mano te abrazaba de la cintura

Besos que siempre vamos a recordar.

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El amor es un vaivén interminable, conoce los 4 poemas que te llevarán a través de sus 4 etapas.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Olivia Bee.

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