Todos los perros pertenecen a una sola alma. Todos son de una.
Canina, cabalga por las calles, cruza avenidas, lo destripan, se salva, lo dislocan, queda hecho costras de sangre o cenizas malva del plomo asfalto.
Busca árboles para oler, orinar postes y acaricia a los árboles.
Se vuelve loco, caza en los basureros, bebe de los vertederos de porquería, te mira con ojos de golondrina. Se envenena.
Mueve el rabo, te pega con él, te da la más tibia bienvenida, mueve el rabo.
Qué demonio de hombre Descartes ¿cómo pudo refunfuñar que el perro era un autómata sin alma?
Ladra, ulula, masculla sus tristezas, pide casa, es cazado, lo llevan, cae en desconcierto, muere de amor al hambre, cruza párvulas avenidas de ciudades sin fondo.
No sabe que tiene una sola vida y la arriesga por pelear un desmedulado hueso.
Perro de las calles, avenidas, barrios.
Forajido mini humano, te asemejas a un hombre con pies descalzos que meciéndose en un columpio espera.
Eres un ser desestimado e indicado para ser libre sufriendo.
Perro de urbes. Ojos de golondrina presa.
Soy como tú mi visceral hermano.
Nosotros habremos de ser huesos asoleados, requemados, al punto de parecer bronceados.

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