
Llovía, las gotas se aferraban a la ventana de mi cuarto deslizándose lentamente en aquel cristal opaco, mientras una lagrima desorientada mojaba mis mejillas, llegando hasta el trozo de papel color rosa con olor a chicle, adornado por enormes corazones de diferentes dimensiones.
No podía ser cierto, era la carta número doce que intentaba escribirte pero que por azares del destino ¿o de mis lágrimas? No había podido concluir, cómo podía ser esto posible, durante los últimos cinco años de mi vida te habías convertido en mi musa, en esa fuente de inspiración inmediata culpable de que hasta la gruñona maestra Sharon, quien sólo era feliz comiendo sus empalagosos caramelos sabor fresa, se conmoviera al punto de llegar a las lágrimas.
¿Dónde estabas? ¿Te habías perdido en mis adentros? ¿En mi memoria? ¿o simplemente te habías marchado?, sí, era eso, tú ya no estabas, ya ni siquiera el aroma de tu perfume llenaba el cuarto vacío, ese perfume que me hacía sentirte presente aín después de horas de haberte ido, ¿será que en mi afán de retenerte había aspirado tan hondo que te habías evaporado?, esto era un dilema, no encontraba las respuestas, simplemente sabía que no podía intentar siquiera hacer nada que no fuera enclaustrarte en mis palabras como un prisionero sin opción a la libertad.
De pronto un sonido detuvo mis pensamientos, por inercia miré hacia la ventana esperando que la lluvia, que no dejaba de caer, hubiera sido la causante de aquel susurro. Me quedé inmóvil unos segundos, pero nada me dio la respuesta, entonces entendí que aquel ruido había sido causado por un gemido ahogado que emanaba de mi interior, ya me eran tan familiares que podían pasar inadvertidos como algo que está unido a mí, que lo siento como propio, sí, desde que te habías marchado o mejor dicho ¿cómo era?, ha sí, claro que te habías perdido en mis adentros, no podía hacer nada más que ahogar gemidos para amortiguar el dolor que sentía por dentro, quemándome como si fuera Ícaro volando muy cerca del sol.
Era imposible no recordarte, bastaba con contemplar una hoja caer para convertirla en testigo de mi pena y sentir que caía tan lento como mi desgracia, no quedaba ya nada de aquellos días fríos en los que caminábamos como perdidos unidos de la mano en busca de una nada que ahora se convertía en todo… qué podía decir de las horas que pasábamos intentando cocinar ese postre delicioso que descubrimos en nuestra primera cita, el que por descuido mío tú no habías podido disfrutar al habértelo volcado.
De pronto, mientras mis pensamientos se trasladaban a ti, a tu esencia, me di cuenta que más lágrimas intrusas mojaban mi rostro, al tiempo que mis manos estrujaban fuertemente el inerte pedazo de papel como queriendo con esa fuerza regresarte a mí, a mi vida, que realmente desde hacía mucho era tuya.
Nunca me había sentido tan lleno de silencio, de gritos enmudecidos, de líneas en la mente que desaparecían en el papel.
¿Te olvidaría? ¿Dejaría de llorar? ¿Volvería la inspiración? ¿Volverías tú?, el espejo que me contemplaba como un cazador a su verdugo me decía que no, pero mi corazón sedado por el dolor lo contradecía susurrándome que algún día, quizá mañana o quizá nunca, volverías mientras que yo te revivía con pensamientos que no sabían de tiempos ni ausencias, que no sentían dolor ni alegría, que no sabían que tú estabas muerta.
