Yonki

Yonki

Por: mediodigital -

AlanYee
Una larga despedida no es suficiente para un corazón vulnerable.  A pesar de todo y encima de tantas trivialidades, el sentimiento persiste como la vida y la muerte: innegables cómplices eternas.

Más de dos años de un ir y venir que no tenía fin. Nos conocimos en  la universidad. Ella trabajaba en el área de relaciones públicas. Yo la miré y quise conocer a fondo su intimidad. Poco a poco nos acercamos con  cautela sin dejar de mirarnos por completo. Andaba en aquella época con un imbécil celoso que a diario le visitaba al término de la jornada laboral. Un macho radical, un espécimen raro en nuestro tiempo.

Al cabo de un par de semanas me paseaba por  su oficina para preguntarle cualquier cosa. El asunto era crear una conexión de lo que fuera. Noté que mi presencia no le era indiferente. Eso me daba ánimos para insistir con sutileza, cualidad que extravié al contemplar sus formas y en especial su culo. Su mirada era fuerte, vigorosa y al mismo tiempo discreta. Me enloquecía su dualidad, su inestabilidad marcada por los rasgos y actitudes que me provocaron intriga. Al paso de dos meses ya estaba más que enganchado a su esencia. Toda ella me parecía algo necesario en mi existencia. Dejé de interesarme por mi mundo, se diluyó sin reminiscencia entre sus miradas, pasos, sonrisas... todo en ella me parecía exquisito. Mientras mi individualidad se iba escurriendo en el tiempo, logré poco a poco embaucarla en mi palabra expuesta por medio de actitudes y poses tan falsas como fugaces. Cuando me sentaba junto a ella presentía una esperanza incierta, un tanto de melancolía mezclada con erotismo solitario. Por primera vez en mi primaveral existencia (rondaba los 21 años) sentí algo en medio de la nada. Sin dejar de cejar, me propuse a estar un día sí y el otro también a su lado. Ella notó mi debilidad a su presencia, permitiendo que el apetito floreciera sin límite.

Arriba de la cajuela de su  auto, en la cabaña de visitas de su familia, en los baños de la universidad, por debajo de su escritorio. A toda hora nos brindábamos unos coitos de ensueño. Conducíamos a cualquier parte, yo tomando el volante, ella lamiéndome todo, desde mi entrepierna hasta el ombligo. Succionaba sin dejar de adentrarse a cada parte de mi ser. Observaba de reojo la escena y me incendiaba por completo: su culo erguido se suspendía a la par que su boca se llenaba con el trozo de carne que acariciaba. Escapaba de pronto cierto sonido de gozo entre sus labios atrapados. Mascullaba placer en pedacitos. Yo me ponía erecto de los pies a la cabeza. Más de 47 orgasmos y varios “arrumacos” nos suministramos sin medida. Ella siempre me pedía que le acariciara su clítoris con decisión y vehemencia:

-Qué cosas tan deliciosas me haces, cariño, ¡no dejes de provocarlas! ¡Sigue!

Yo obedecía sin objeción alguna. Aún cuando mi lengua se fatigaba por tanto bamboleo y meneo, me mentalizaba para perderme en la fruición sin atender el dolor. Nos acoplamos a las mil maravillas. En silencio, mi alma se fue aprisionando a su esencia caprichosa, ardiente, soberbia, independiente.

Por  más que se quiera desconocer, en el fondo uno sabe lo que deja tras de sí con el paso de la existencia. Sabía que con ella estaba despedazando mi integridad. Mi personalidad poco a poco se escurría  entre orgasmo, intriga, espera. No obstante, toda desgracia valía cada momento compartido. Me acuerdo de un martes cualquiera, como a eso de las once de la mañana; el día estaba soleado y la miré sin discreción: Llevaba una falda  holgada que le llegaba a la altura de las rodillas, su cabello, castaño rizado, flotaba en el aire, mientras sus pechos yacían medio desnudos respirando por un escote de miedo. Sin darle los buenos días me acerqué  a ofertarle una fuga con paseo terrestre, hotel en el almuerzo y perdición en la alborada… todo incluido. Ella me miró de arriba hacia abajo en medio segundo. Sonrió y se marchó. En ese momento una erección me asaltó con fuerza. Me senté en una fuente que atestiguó el interés mezclado con indiferencia. Para disimular un poco aquel suceso me introduje la mano izquierda en la bolsa del jeans que vestía. A paso veloz llegué al salón de clase sin dejar de pensar en aquella fantasía. La ponencia del maestro me la traía floja todos los días. Era ella el motivo de la asistencia a la facultad. Ella me dominaba con el poder más fuerte que una persona tiene sobre otra: el domino inferencial. A través de ese detalle comenzó aún más el cachondeo. Ella acaparó toda mi atención y energía. Me ausentaba ya por lo menos tres días de la escuela para adentrarme en mis demonios  e intentar dominarlos.

Medía mis pasos, practicaba argumentos, ademanes que emplearía en su presencia. Poco a poco me convertí en un coñazo que a diario la asediaba ¡Quería más! Ella se percató de mi ansia alejándose en consecuencia.

Mis días se atormentaron, las noches fueron losas pesadas que intenté aminorar a base de alcohol e Internet. Cada crepúsculo me sumergía en pensamientos de posesión desmedida hacia aquel  culo, sonrisa, ese ente  que raptó mi espíritu.

Todos los días,  a eso de las diez de la mañana, lograba abrir los párpados. La resaca era ligera en comparación con la obsesión reprimida. Me duchaba sin paciencia y salía disparado hacia la escuela para buscar su mirada, asistir a un encuentro que calmara por un lapso  el desasosiego. Ya una vez a su lado, subía y bajaba como en una montaña rusa. De la ventana de su sexo caía al banquetazo de la indiferencia. Aun así yo quería más de aquello. Nos  lo dimos sin recelo.

En una relación sexual, cualquiera que tenga menos interés en ella, la domina. Yo era controlado por el vacío y la obsesión autoimpuesta. Sin dejar de sufrir, me adentré aún más al delirio. Coitos en hoteles, en el jardín de su casa, entre las butacas oscuras del cine, en la alberca, en la cocina, en la regadera, entre el WC y las escaleras. Nos  arrebatamos cada vez más mientras yo me desfondaba al abismo de la carencia , a la par que bebía para saciar el ansía. En el día intentaba destilarla para completar el estado de gracia. La costumbre aniquiló su afanoso impulso. Su ausencia alimentó mi aflicción. Una y otra vez recreaba en mi mente la lujuria consumada. Su culo bamboleándose entre mis piernas, sus nalgas saludándome en la cara, mientras yo le acariciaba y lengüeteaba los labios llenos de humedad sexual. Su vulva, que mostraba  erecta su dominio, se expandía con el ritmo del vaivén. Ella succionando el falo en paisajes distintos. No lograría extraerla en esta existencia. Como todo en esta vida,   la finitud es parte de cualquier inicio. Me agencié  un par de chicas después del abandono sufrido. No hubo gran espectáculo.

 Las cosas que se vislumbran con el paso del tiempo no tienen la misma fuerza cuando se carece de emoción y empeño. En sus rostros y formas la buscaba  a ella: mi abismo, el  elixir, mi pasión y desgracia, la morfina que despertó, alimentó, condicionó mis nervios, entrañas  y fantasías. Aquella experiencia  marcó mi debilitada alma sin contemplación. La condena mental  es la prisión verdadera, soportable a cambio de esa osadía que expuse en el viento. Al menos, y sin melindrosos argumentos, por un momento me sentí vivo ante la monotonía ruidosa espasmódica en la que estamos atrapados, en gran medida por dejar de abrazar a nuestros fantasmas. Como buen ser humano busqué en otras sustancias el efecto que brotó de mí gracias a ella. Algunas, a la postre más potentes, me produjeron  uno que otro subidón,  nada especial. Me la paso mal tan sólo de pensarla abriéndole las piernas a otro hijoputa. La he intentado buscar. Ha sido inútil. En la universidad no trabaja más, no atiende el teléfono, y a mí me  han echado por falta de asistencia y baja productividad. En la calle busco narcóticos  más duros que me hagan fugarme y olvidar el dolor cabrón y despiadado. A veces, la droga más pura, potente y letal, viene en forma de mujer. Te visita en silencio, te sonríe, te acompaña, te seduce, te domina hasta dejarte seco, vacío, devastado sin desear nada más que su eterna complicidad. Cuando despiertas, ella se ha marchado y tú te levantas buscando una dosis más potente que te haga, al menos por un momento, fugarte de la fastidiosa cotidianidad. Morirse es una opción pero… me falta valor.

La fotografías que acompaña este texto, pertenece a Alan Yee

Referencias: