Una niña bien en el universo de Guadalupe Loaeza no es el epítome de lo más increíble y fabuloso a aspirar en México; es la crítica y el análisis casi antropológico –con el muy notable humor de la escritora– en torno a aquellas mujeres absortas de la realidad en el país. Es decir: las chicas nice tan sumidas en una época que ya no es y tan resguardadas en una burbuja poco consciente de la vida diaria en nuestra sociedad. Por supuesto, en caso de sí pertenecer a ese 1 % de la población que podría clasificarse como “clase alta”. Lo demás es aspiración.
Las niñas bien son ésas que no creyeron en la fragilidad de su posición social hasta que vivieron la hecatombe económica de los 80, que muy probablemente no entendieron las implicaciones o pasiones que tuvo el asesinato de un personaje político como Colosio en los 90 –porque, claro, su estatus nunca necesitó esperanzarse de alguien así– y que hoy bien pueden confundirse con una influencer o una instagrammer de fantasía. La niña bien es un ciervito en medio de una carretera llamada vida, lo frágil, no un role model.

Con la llegada de Historia de un Crimen –producción de Netflix– y Las Niñas Bien –adaptación al cine del libro homónimo de Guadalupe Loaeza, dirigida por Alejandra Márquez Abella–, Ilse Salas es hoy el cuerpo y mente que da vida a dos fases del mismo acontecimiento: la realidad de un país versus el ingenuo actuar que deviene de la desinformación, la apatía o la poca comprensión del otro.

Por un lado, Salas interpreta a Diana Laura Riojas, viuda del excandidato presidencial, quien tuvo que sostener durante sus últimos días el peso de una política podrida, así como las sombras de un pueblo acribillado por la indiferencia o las mentiras del Estado; y por el otro, es Sofía, una joven mujer de la vieja élite mexicana que vio su mundo derrumbarse tras la devaluación de la moneda nacional. Una balanza de perspectivas femeninas sobre el acontecer crudo y sin anestesias de nuestro país.

En un período que abarca de 1982 a 1994, los personajes de Ilse Salas abrazan un México que quiso ser rosa pero se vomitó en el intento. Tanto edulcorante terminó por hacer una melcocha insufrible y llena de ascos. En sentido gráfico esto fue evidente. La estética de una época siempre es resultado de la economía y la política que le atravesaron. Y vaya que los apareceres de ese entonces hablan todavía de ese cuento fracturado.

Diana Laura y Sofía fueron mujeres de un México que se forjó en la herencia de un gobierno populista y súper priísta que juraba espejismos sobre una abundancia que jamás llegó. En el terreno de la moda y el vestido, columna primordial para entender a una sociedad, marcas nacionales como ACA JOE, Milano, El Taconazo Popis, Topeka, Panam, Canadá, Donelli y High Life eran lo usado por todo el país; aún se vivía la producción mexicana sin amenaza del fast fashion y el desdén a lo hecho-en-México.

Claro, se vestían grandes diseñadores internacionales, pero justo como ocurría con una simple barra Snickers o con unos tenis Nike, traer “algo del gabacho” o “las Europas” marcaba una gran diferencia y estatus entre las personas. Sin embargo, lo netamente nuestro era usar todavía las creaciones de Pixie Fashion, asombrarnos con el mexican curious de Mitzy, sentirnos en la cima del mundo con las primeras semanas de la moda en México –a cargo de Anna Fusoni–, y entusiasmarnos con el genio de Javier Lario, responsable de la imagen y vestuario de Valores Juveniles Bacardí, la Guzmán, Yuri, Pandora y Mecano, entre otros.

El sistema nos daba aún la posibilidad de producir y comercializar con la moda nacional, aunque con la devaluación del peso, la vergüenza llamada López Portillo, la “llegada” del VIH y el terremoto de 1985, el escenario y las apariencias se transformaban radicalmente. Justo allí es donde se insertan Las Niñas Bien; en la crisis de un país a nivel moral, espiritual y económico que dio inicio a otra década no menos abigarrada. A ésa en que vivió Diana Laura, donde se ansiaban las sofisticaciones del extranjero más que nunca, se coqueteaba de nueva cuenta con el futuro y se luchaba por mostrarnos hipermodernos con diseñadores como Ernesto Hernández, Sarah Bustani con su marca Nasty Casual Wear y Héctor Terrones.

Pero la puesta en acción del TLCAN trajo a muchísimas etiquetas que terminarían por destronar a la hechura mexicana. Ya no bastaba comprarte tus flamantes FUROR en el Palacio de Hierro; era necesario entrarle al juego de las importaciones. Especialmente si eras un “chavo” de casa; de lo contrario, allí siempre estarían tus jeans Cimarrón y el sueño de comprar Adidas en las pacas de Tepito o La Merced. Las mujeres no abandonaban todavía la clásica silueta Chanel ni el estilo jetsetero de las revistas como Vanidades, Claudia y Fernanda. En ese contexto, de nubarrones y juegos de ocultamiento o nuevas apariencias, la viuda de Colosio se tenía que desenvolver: entre ser una fina dama de sociedad, esposa de un importante político, y una mujer que se conectaba con el pueblo y descubría un gobierno fallido cuando no truculento.
Las niñas bien de Loaeza se yuxtaponen con el ladylike de los tempranos 90 para darnos cuenta de una estética que se fundaba en las apariencias. En el buen ver. En la evolución sin freno de un clasismo mediocre que dejó de mirarse hermético para convertirse, según él mismo, en algo más cerrado e intocable. Exclusivo. Pero pura pantalla; el derrumbe se daba y siguió su curso, por más Diorissimo que se le pusiera encima. Esa clase dominante dejaba de ser redimida y endiosada. Esa clase tan llena de personajes políticos destapaba su aliento de cloaca.

Estos arquetipos, figuras caducas que una y otra vez intentan reivindicar el cine y la televisión en México, no son admirables ni mucho menos: son frágiles fantasmas que recorren una vieja y descuidada casa de conservadurismos apolillados. Desde dos ángulos distintos, Ilse Salas muestra lo patético de las niñas y los niños bien, del sistema político que les cobijó y de la debilidad que siempre han mostrado en tiempos difíciles. Aferrarse a este habitáculo polvoriento es un acto común de quien cree que ese colapso nunca ha existido y confunde el lujo con lo caro, lo bueno y lo clasista. Pero no nos equivoquemos; las chavitas cool –desde las que tomaban café en el Sanborns de los 80, hasta las de redes sociales hoy– son un apéndice a diseccionar.
Estilismo: Diana Garrido para Chanel
Fotografía: Daniella Feijóo
Producción: Daniella Feijóo y Eduardo Limón
MUA + Pelo: Alberto Pérez para Laura Mercier
Agradecimientos especiales por locación a: Pi Promotores Inmobiliarios
