El mundo necesita mujeres críticas de rock

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por mayo 29, 2015
El mundo necesita mujeres críticas de rock
El mundo necesita mujeres críticas de rock

Extracto vía: The New Yorker

No se lo digas a nadie, pero yo no tengo ningún álbum de los Rolling Stones. Son muy arquetípicos, muy del rock and roll, que me parece, puede ser una cosa difícil de admirar… El rock rara vez ha ofrecido a las mujeres la misma promesa tangible de rebelión social y la libertad sexual que se ha dado a los hombres, aunque muchas mujeres, incluida yo misma, han intentado todo lo mismo para encontrar esas libertades en ella. No obstante, cuando la periodista Lillian Roxon escribió a un amigo, en 1966, “no creo que pueda soportar ver otra guitarra eléctrica con sangre.” Sé exactamente cómo se sentía.

En 1969, Roxon, -de origen italiano y criada en Australia-, periodista experimentada, publicaría “Lillian Roxon’s Rock Encyclopedia”, el primero de su tipo; una maravilla de la investigación y visión crítica. Dentro de los primero seis meses de su publicación, el libro había logrado una tercera tirada de tapa dura, y Roxon fue reseñada en el Times. El libro ha estado fuera de impresión durante décadas. (Roxon Murió en 1973, a la edad de cuarenta y uno).

Ellen Willis, contemporánea de Roxon, fue la primer crítica de música en The New Yorker, a partir de 1968, pero su colección de escritos sobre música “Out of the Vinyl Deeps” no se publicó hasta 2011, cinco años después de su muerte. Este mes, la escritora estadounidense Jessica Hopper, editora senior en el sitio Web de música Pitchfork, publica un libro llamado “The First Collection of Criticism by a Living Female Rock Critic.” El título es más una provocación que afirmación de un hecho, pero no es del todo cierto.

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Los libros de las mujeres críticas de rock que aún viven (o de jazz, hip-hop, danza, o lo que tenga que ver con el tema) son escasos. En una nota introductoria de su libro, Hooper nombra a Roxon, a Willis, a la periodista inglesa Caroline Coon y la antología “Rock She Wrote,” editados por Evelyn McDonnell y Ann Powers, como precedentes para su propio trabajo. “El título no tiene la intención de borrar nuestra historia, sino más bien de ayudar a marcar el camino”, escribe Hopper.

Ese camino no es fácil de discernir. Los más famosos críticos de rock como Robert Christgau, Greil Marcus, Lester Bangs, Nick Kent son hombres. Bangs murió en 1982, a la edad de 33 años y sigue siendo el más emblemático de todos ellos. ¿Por qué? Debido a su acelerado estilo de vida, el consumo de drogas, gafas de sol, la ropa negra… todo aquello que lo hizo un anti-héroe masculino como una canción de rock, como un rockstar y esa pose no funciona tan bien para los críticos de sexo femenino, quienes de mostrar una “mala” actitud rara vez se toleran, y mucho menos celebran.

Las mujeres rebeldes del rock, incluyendo sus escritoras, rara vez se supone que son genios; a menudo, se supone que son putas. En una biografía del 2002 sobre Lillian Roxon, llamada “Mother of Rock”, de Robert Milliken, joven protegido de Roxon, Kathy Miller recuerda haber sido desafiada por un editor masculino que la asignaba a a escribir sobre The Who y luego pidió una mamada a cambio, diciendo:

-¿Cuál es el problema? Eres una groupie

-Yo soy una mujer que escribe sobre el rock and roll

-La misma diferencia…

Las Groupies han demostrado a lo largo del tiempo ser un estereotipo perdurable de participación de las mujeres en el rock: adoración y magnificencia, pero objeto de desprecio.

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A principios de este año, Hopper entrevistó Björk para Pitchfork. En la entrevista, que no se incluye en el libro, Björk reflexionó mucho sobre la forma en que el trabajo de las mujeres y la experiencia dentro y fuera de la industria de la música, son elementos que pasan desapercibidos. “Es invisible, lo que las mujeres hacen”, dijo. “No es recompensado como debería.” También mencionó que sus colaboradores con hombres suelen ser percibidas sólo por el sonido en los discos; porque en el escenario la única que canta es ella y eso provoca que haya una creencia generalizada de que no produce ni toca un instrumento. “Quiero apoyar a las jóvenes que están en sus veinte años ahora y les digo: No estás imaginando cosas”, dijo.

Cuando tenía catorce años, me quedé a fuera de la clase de ciencias sosteniendo una carpeta que estaba decorada con un collage de rostros que yo había cortado cuidadosamente de las páginas de revistas de música. Señalando una foto de Björk en mi carpeta, un niño que pasaba se burló de mí, “Apuesto a que ni siquiera sabes quién es.” (Esto habría sido de alrededor de 1995, cuando la prensa musical estaba teniendo uno de sus enamoramientos periódicos sobre la mujer en el rock.) Yo sabía quién era Björk, porque mi madre, que era joven y maravillosa, me había criado escuchando a los Sugarcubes, la banda islandesa de la que Björk era integrante antes de su carrera en solitario. No me acuerdo de haberle hecho saber ese punto a mi acusador, pero de haberlo hecho, dudo que me hubiera creído.

La tienda de discos, la tienda de guitarras, y ahora las redes sociales, cuando se trata de la música, estos lugares se convierten en escenarios para la exhibición de destreza masculina. La experiencia femenina, cuando aparece, es vista en varias ocasiones como fraudulenta. Toda mujer que se ha aventurado a expresar una opinión sobre música podría darle alguna variación (o cien) a la mía en el pasillo de la escuela, pero no se salvaría del encontronazo con un “experto” reconocido (un músico, un crítico) y de las acusaciones de falsificación.

El problema para las mujeres es que nuestro papel en la música popular fue codificado hace mucho tiempo. Y estaba codificado, en parte, por la temprana prensa musical en el esfuerzo por demostrar la escena del rock floreciente de los años sesenta como un tema digno de investigación crítica, el rock necesitaba establecerse como serio y auténtico. Uno de los resultados de estos argumentos: los Rolling Stones vs. Muddy Waters, Motown vs Stax, Bob Dylan vs el mundo. Así fue como las mujeres salieron de bando perdedor, frívolo y falso.

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En el libro de Hopper, el capítulo titulado “Real/Fake” aparece un ensayo de 2012 que bien puede ser sobre Lana Del Rey: una mirada sobre la artista que se remonta a la imagen de aquellas cantantes de los 60 con abundante cabellera y cuya carrera se ha desarrollado bajo una nube de sospecha en su identidad, influencias musicales y de otros tipos. “Como audiencia, hacemos un gran escándalo sobre el deseo de la verdad, pero sólo estamos realmente interesados ​​en los viejos mitos”, escribe Hopper. El mito de la falsedad de las mujeres es uno de los más antiguos.

Para los principios de los críticas musicales femeninas como Roxon y Willis, el punto de explosión fue Janis Joplin. Joplin, como los Rolling Stones, fueron héroes de la cultura de los años 60, pues generaron la experiencia de las mujeres visibles y de públicos en la búsqueda de la liberación individual.

Con un paso o dos del machismo retirándose de la sala de prensa, se ha demostrado que puede ser un lugar más complaciente para las mujeres que escriben sobre música. En ese ámbito, ensayos y libros de escritoras como Tricia Rose, Daphne Brooks, Aisha Durham, Alice Echols, Gayle Wald, y Angela McRobbie contribuyen a un análisis feminista que se ha filtrado poco a poco en las perspectivas de los críticos más jóvenes; Hopper señaló en una entrevista reciente que este cultivo feroz de jóvenes escritores realmente obstinados que escriben sobre la raza, el género, el cuerpo, etc., vienen a ponerle un marco crítico bastante impecable al contexto de la participación femenina en la crítica de rock que forma parte de otra larga tradición de la prensa musical.

El camino a menudo descuidado, trazado por críticos musicales femeninos se cruza con otras tradiciones de escritura relacionados con las presiones y contradicciones de sus roles de género. Tal vez la ficción y la memoria, más la agudeza de su crítica, proporcionen espacio para escritoras con la esperanza de despejar el camino antes mencionado.

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Lee el artículo original: The World Needs Female Rock Critic en su totalidad en thenewyorker.com

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