La música y su transformación para el consumo

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La música y su transformación para el consumo
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¡Qué poco basta para ser feliz! El sonido de una gaita resulta suficiente. La música, desde sus inicios (Los cuales no me atrevo en este texto a delimitar) ha tenido una estrecha relación con lo sagrado y a la vez con lo profano. Las creaciones musicales del hombre le han servido para elevar su espíritu y al mismo tiempo para expresar los más bajos sentimientos que de él emanan. “Puesto que la música es capaz de arrebatar y elevar las almas, el cristianismo tenía que inclinarse a acogerla puesto que se esfuerza en unirlas a Dios. Así, debía haber una música cristiana. Pero la música puede también halagar el oído con placer sensual. Así debía haber una música popular, a menudo alborotada, cuyos instrumentos excitaran las voces al reforzarlas y, las deformaran al excitarlas” (Duforcq, 1984: 17)

Sin duda alguna existe una relación enorme entre la música y el pasado primitivo del hombre. La estrecha relación que hay entre el ritmo producido al principio por el cuerpo, y los ritmos posteriormente producidos por los instrumentos de percusión y la danza nos hablan claramente de esta relación. Tal y como lo dice Nietzsche: “La música, tal y como hoy la entendemos, es también una excitación y una descarga completas de las emociones; pero, sin embargo, no es más que el residuo de un mundo expresivo mucho más pleno de las emociones, una simple remanencia del histrionismo dionisiaco. Para hacer posible la música como arte específico, ha habido que inhibir una gran cantidad de sentidos, empezando por el muscular (al menos relativamente: pues en cierta medida todo ritmo sigue hablando a nuestros músculos): de forma que el hombre ya no imita ni representa corporalmente todo lo que siente.

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No obstante, el estado dionisiaco propiamente moral es así, al menos el estado dionisiaco primitivo; la música es la especificación de dicho estado, adquirida tras largo tiempo, en detrimento de las facultades que le son más afines.” (Nietzsche, 2000: 39) Aunque los conceptos de música formal y música profana, han existido desde los diez siglos de imperio romano (Duforcq, 1984: 19) en la época moderna, la música popular ha perdido el contenido espiritual que poseía, y ha quedado solo una forma objetivada de esta. La regla general de la música popular ha sido dirigirla y concebirla con miras de un mercado mundial que consume música. De igual manera que dentro del ámbito de las drogas, que perdieron en la civilización occidental un uso ritual, pasó con la música. Aunque existe una gran variedad de géneros musicales hoy en día, y a su vez, todo tipo de seguidores de estos géneros, existe una corriente principal, que es de la que aquí hacemos análisis. Bajo los lentes del sociólogo de origen alemán George Simmel, haremos una crítica de la cultura, en este caso, de la música. Aclarado esto, el análisis de la “Objetivación de la cultura contemporánea” a través de las formas musicales de la cultura popular, se vuelve más claro. Simmel nos comenta que “las épocas de la técnica muy elaborada y completamente objetiva son, al mismo tiempo, las de las personalidades más individualizadas y más subjetivas” (Simmel, 1911), esta proposición es en parte cierta, ya que las formas que ha creado la economía monetaria, ha permitido cierta libertad por parte de los individuos para seleccionar lo que mejor les plazca entre un abanico de productos, en este caso, culturales, y más precisamente productos musicales. La reflexión de Simmel de acuerdo a lo de la técnica elaborada también es adecuada, ya que actualmente, el “artista” es tan solo la persona que da la cara y que se hace renombre en la industria musical. Sin embargo, detrás de cada estrella del rock, o del pop, existe un ejército de personas. Primeramente un manager, después un productor, productor artístico, el dueño del sello discográfico, representantes legales, y un amplio etcétera.

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Ante esta situación nos es imposible afirmar que exista una relación, o una conexión con un contenido espiritual, o afectivo entre los productores (el artista) y el objeto, la música. Sin duda, estos componentes existen, pero están dosificados para la masa. Son presentados hacia el público en formas tergiversadas. El amor, la religiosidad y el sexo, en la cultura de la música popular, son ampliamente mencionados por una gran variedad de “artistas” pero en la realidad, como ya lo mencionaba, de una forma distorsionada y de acuerdo a la lógica del mercado. Lógica del mercado que es entendida por los sellos discográficos, que con toda una maquinaria de producción y de retroalimentación, realizan estudios de mercado de lo más preciso y deciden que riesgos se tomaran al lanzar a tal o cual artista “nuevo”. Esta situación de decadencia en los contenidos que presentaban los artistas comenzó a agudizarse a partir del lanzamiento de la cadena estadounidense de cable MTV (Music televisión), que presentaba videos musicales a su público. La decadencia llegó a tal grado en el ámbito musical, que es posible lanzar un grupo de adolescentes que han sido programados para bailar y hacer “lip sync” y convertirlos en un hit a través de la televisión, y en estos tiempos, a través de los videos en internet. La esperanza en este aspecto, es que los actuales medios de comunicación permiten la difusión de material artístico que es generado de manera independiente. En esta esfera, acciones como el crowd funding y los materiales artísticos que se producen a partir de estas acciones, se van abriendo camino en un inmenso mercado, aún dominado por los grandes sellos discográficos.

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Bibliografía
Duforcq, Norbert (1984) Breve historia de la música, Fondo de cultura económica, México.
Simmel, Georg (1911), “El concepto y la tragedia de la cultura”, en Cultura femenina y otros
ensayos, traducción de Genoveva Dieterich, Alba Editorial, pp. 139-144. Barcelona.
Nietzsche, Federico. (2000) “El ocaso de los ídolos” en
http://liricko.com/Uploads/El%20Ocaso%20de%20los%20Idolos%20(o%20Como%20se%20Fil
osofa%20a%20Martillazos).pdf, Consultado el 6 de junio del 2014

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