Malcolm el de en medio es una de las series más exitosas de la historia. Y no solo porque maneja un nivel de comedia que le voló la cabeza al mundo en la década de los dosmiles, sino también porque es un análisis de las relaciones familiares y la psicología humana. Un ejemplo está en la relación entre Francis y Lois: es su hijo menos favorito (ella misma lo ha admitido, al menos frente a su esposo Hal) y él le guarda un profundo resentimiento por el amor que siente que nunca le dio.
En el episodio ‘Ida pierde una pierna’, Francis se ve obligado a cuidar de su abuela porque el resto de la familia está ocupada con escuela, trabajo o ambas. Como sabemos, la madre de Lois, Ida, es una persona terrible, racista y controladora, que ha infligido mucho daño emocional a sus hijas y nietos. Ella no quiere recibir cuidados de Francis, a quien detesta, y el sentimiento es mutuo. “Maldita vieja, dónde está tu gratitud”, le dice él. Lois se lo lleva a un lado para tener una seria conversación madre e hijo.

Lois cree que debe haber algo que Ida y Francis tengan en común. Y, efectivamente, lo que tienen en común es su animadversión hacia Lois. Por un lado, para Ida es su hija menos favorita. Desde el punto de vista de Francis, quien fue un rebelde desde muy pequeño, Lois debió haber cuidado de él y, en cambio, lo “abandonó” y después lo envió a una academia militar. Lo que Francis lleva añorando durante años es una disculpa.
Francis descubre que la razón por la que tiene una gigantesca herida en el abdomen es que intentó escapar por la ventana de casa de su abuela. “Y cuando intenté suturarte lloraste como bebé”, le dice ella. Es ahí cuando él le reclama a su madre haberlo dejado con Ida, una mujer que evidentemente no es una buena opción para cuidar de un niño pequeño.
Después de una escena catártica en la que Francis le recuerda a Lois todo aquello que, muy probablemente, lo traumatizó de por vida, ella se disculpa. “No debí dejarte con ella y no debí enviarte a la academia militar. Me sentí abrumada, me desquité contigo por cosas que no eran tu culpa. Eran mi culpa. Y me disculpo”. Y después continúa: “Me gusta pensar que mejoré con los otros chicos, pero eso solamente es una prueba de que te tocó lo peor. Te merecías una madre más paciente y más cariñosa. Y me rompe el corazón que no la tuvieras”.
La cosa es que Francis llevaba años esperando esa disculpa por parte de su madre. Un reconocimiento de su dolor, una forma de “cerrar” los primeros años de su vida, en los que sufrió por pertenecer a una familia que no sabía comunicarse ni lidiar con un niño “rebelde”. Pero él no sabe qué hacer ahora que tiene esas disculpas. ¿Qué haces cuando la persona que te hizo daño, por fin lo reconoce? ¿A quién “culpas” ahora? Las disculpas, por más sinceras que sean, ¿son suficientes para curar el trauma?
Francis dice que había fantaseado durante años con esa disculpa, pero ahora que la tiene se quedó sin motivación. No hay nada más que ella pueda hacer para que él se sienta mejor… excepto darle dinero. “Toma doscientos dólares”, le dice ella. “Solo necesito 30 para el autobús”. Y después de ese intercambio ella reafirma su discurso: “Cariño, solo recuerda que te amo. A mi propio modo imperfecto y de ‘mala madre’, sí te amo”. Al final, Francis se queda en casa de Ida… y debe prepararse para aplicarle loción.
