Todos los seres vivos necesitamos alimento para sobrevivir. A aquellos que sintetizan su alimento por sí mismos —como las plantas y algunas bacterias— se les llama autótrofos, por su capacidad de obtenerlo a partir de energía solar o química y compuestos inorgánicos como agua, minerales y CO2. Por otro lado, a los que adquieren sus nutrientes a partir de otros seres vivos se les conoce como heterótrofos. En este grupo —al que pertenece un gran número de formas de vida— estamos los seres humanos, ya que no se ha podido comprobar que sólo necesitemos energía solar y agua para sobrevivir, a pesar de la opinión de algunas personas.
Sin embargo, en épocas recientes se ha desatado una gran controversia con respecto a la forma en la que conseguimos nuestros alimentos, desde si lo que consumimos presenta algún compuesto tóxico, hasta el impacto que la producción de estos alimentos genera en el medio ambiente; y, por supuesto, el dilema sobre si tenemos el derecho de “asesinar” a otros animales para llevarnos su carne a la boca. Todas estas posturas han sido abordadas y compartidas de manera masiva, lo cual ha potenciado su efecto. Gracias al interés y conciencia de las generaciones recientes, se ha intensificado la polémica respecto a nuestra alimentación. Sin embargo, en este texto no tomaremos postura respecto a la ética de la alimentación, y simplemente pondremos en manifiesto algunos fenómenos que se dan en la naturaleza y que nos dan otra perspectiva con respecto a nuestro hábito de criar a otros animales para ingerirlos.

Siempre que vamos al súper o a la carnicería vemos una serie de animales que han sido criados en cautiverio, y que desde pequeños no han tenido otra finalidad que solventar la inmensa demanda de carne. Sin embargo, esta actividad no es exclusiva de los humanos, ya que en menor medida se han observado en la naturaleza algunos ejemplos que nos demuestran que nuestra especie no es la única que cuida de otras especies para después comerlas.
Si alguna vez has tenido rosas o alguna otra planta y ésta se infesta de pulgones —también llamados áfidos—, podrás notar que estos excretan un compuesto pegajoso y dulce llamado ligamaza. Debido a los nutrientes que esta sustancia contiene, algunas especies de hormigas —como la Lasius Niger— se han dedicado a criarlos. ¡Sí, a criarlos! El ser humano ordeña cabras, vacas, camellas, yeguas y burras para obtener leche que beber; del mismo modo, las hormigas ordeñan a los áfidos para tener este dulce manjar. A la interacción entre individuos de diferentes especies —como áfido-hormiga— se le conoce como relación simbiótica o simplemente simbiosis; y a aquella relación simbiótica en la que ambas especies resultan beneficiadas se le denomina mutualismo. Por tal motivo, el ganadero establece un mutualismo con su rebaño, al cual cuida llevándolo a pastizales más verdes o protegiéndolo de depredadores.

De igual manera, estas hormigas trasladan a sus rebaños de áfidos hacia hojas más verdes y los defienden en el camino; los áfidos, a su vez, les proveen de una fuente de alimento. Incluso en algunos casos las hormigas pueden llegar a cortarles las alas para que no escapen demasiado lejos, como cuando el granjero amarra a su vaca o levanta una cerca. Quizás este ejemplo no sea suficiente y se puede argumentar que, si bien las hormigas “explotan” a los pulgones para obtener su alimento, éstas no los asesinan para comérselo. Pero a pesar de lo amistosa que pueda parecer esta relación, en algunos casos —cuando la población de áfidos es muy grande o existe escasez de alimentos— las hormigas pueden comerse a su rebaño.

Pero la naturaleza no deja de sorprendernos, y en algunas ocasiones podemos encontrar relaciones aún más complejas. Una de ellas —y para seguir con los ejemplos de que no sólo el hombre ha establecido sistemas de crianza de otras especies— traeremos a escena a otro grupo de hormigas. Las hormigas pertenecientes al género Melissotarsus se encuentran en Madagascar, habitan en la corteza de los árboles y generan cavidades donde crían a otros insectos de la familia Diaspididae. Sin embargo, las hormigas no poseen la capacidad de sintetizar ligamaza, sino que a partir de esta sustancia producen un caparazón sedoso que utilizan para protegerse, según explica Scott Schneider, investigador de la Universidad de Massachusetts. El caso anterior es bastante similar a lo que los humanos hacemos con la lana de las ovejas. Por otro lado, las hormigas Melissotarsus Emeryi —la cual habita en Sudáfrica—, no pueden generar esta cubierta cerosa, por lo que para este investigador no existe otra explicación distinta a que las hormigas sólo crían a estos pulgones para después comérselos.

A pesar de los paralelismos, cabe mencionar que existe una serie de diferencias entre estos insectos y nosotros. Por ejemplo, el hombre ha seleccionado a aquellos animales que presentan características que favorezcan su crianza —desde tamaño, peso, producción de leche, docilidad, etcétera—; y en el caso de los insectos expuestos anteriormente, no se ha demostrado que esta selección esté presente en dichas relaciones simbióticas. Además, se sabe que el hombre cultiva y cría a un gran número de animales para alimentarse, y en los insectos las relaciones simbióticas son muy puntuales y poco variables; existen especies definidas y no se ha demostrado que una hormiga críe a más de una especie a la vez.
Por tales motivos, podemos establecer que hay diferencias claras entre las “granjas” hechas por el hombre y las de las hormigas. Aún existe una gran brecha en los sistemas de alimentación entre estos artrópodos y nuestra especie. Aunado a ello, el hombre es el único animal —que se ha demostrado certeramente— que puede entender el sufrimiento de otros seres vivos. Por tal motivo, en él recae la responsabilidad de dar un trato digno a dichos seres que le servirán de alimento.

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