Quizá ni Isaac Asimov pudo imaginar estos escenarios posmodernos, que colindan entre el ridículo y la más elemental oportunidad para la reflexión existencial. Muchas alertas se han disparado últimamente en torno de las creaciones fetiche de la humanidad: los robots. Desde que Facebook desactivó sus experimentos de inteligencia artificial y con casos que desafían los conceptos de humanidad, vida y ética (como el de la científica que intentó resucitar a su amigo en un bot), poco falta más que pensar en las dimensiones y las artistas de este tema para comprender aspectos importantes, aunque a veces no tan aparentes, de la vida. Todo a raíz de un hecho de por sí curioso. A mediados del mes pasado se hizo viral una noticia sobre un supuesto suicidio de un robot de seguridad. Si bien es cierto que el hecho puede provocar risa —además de tener un simpático parecido con el inicio de Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950)—, son más importantes las preguntas y los síntomas que origina.

Knightscope K5, robot de seguridad que “se suicidó”
Para tener un marco general de cómo la tecnología está cambiando y con ello las sociedades, la psique del humano y las relaciones interpersonales, por decir lo menos; es preciso retomar el concepto de “ligereza” propuesto por Gilles Lipovetsky en su libro De la ligereza (Anagrama, 2016). De manera muy general, la ligereza es el modo en el que hoy se dan las cosas. En el caso de la tecnología se observa en cómo la computación es ubicua, en la “miniaturización” del hardware, y en la omnipresencia de los datos. Asimismo, en un lado más humano, se aligeran muchos de los conceptos que sirvieron de cimientos en el pasado, como el libre albedrío, la conciencia y la vida. Dicho esto, en un primer acercamiento se observa un aligeramiento de la tecnología, que le ha permitido ser omnipresente y omnipotente, y un aligeramiento en el humano, que le ha permitido no ser el único con razonamiento y pensamiento propio.

Pero en este aligeramiento paradójico de la tecnología pasa algo curioso: no se le alude el poder divino o cuasi religioso en el que usualmente se suele creer, véase por ejemplo American Gods. Uno se sigue enojando porque la máquina se paraliza, el celular explota o, peor aún, el robot se suicida. Lo que pasa en realidad es que se enaltecen las cualidades de la tecnología y se degradan las del humano, ya sea por un interés económico (como es el caso de Deep Blue vs. Kasparov, en 1997), o por un mero espectáculo (como es el caso del robot Knightscope K5, que “se suicidó” en julio). Sí, la tecnología cada vez se hace más pequeña, más liviana, más omnipresente, más difusa, pero igual sigue fallando y siguen existiendo los mismos problemas que alguna vez creímos que resolverían.
Marshall McLuhan, con una de sus cuatro leyes de los medios, da la pauta para pensar que, por mucho que cambie la tecnología, ésta siempre regresará a una forma anterior, a una de otros tiempos y otros lugares. Si bien es cierto que la tecnología sólo puede superarse e ir en franco ascenso, siempre regresará a teorías y métodos antiguos. En el caso de la inteligencia artificial (IA) y del cómo pudo “suicidarse” un robot, responde en realidad a estudios matemáticos que se dieron después de la Segunda Guerra Mundial, que sentaron las bases para lo que hoy se considera IA. Sólo gracias a la Ley de Moore y lo ligera que se ha hecho la tecnología, se pudo retomar algo de hace 50 años. Dicho de otro modo, la tecnología avanza, pero muy lento y después de varios retornos.

Lo más preocupante está del lado humano. Más allá de que las máquinas piensen (en realidad están muy lejos de ello), el tema va por otros caminos. Es un síntoma cada vez más común, principalmente por parte de los medios de comunicación, rebajar las cualidades humanas y degradarlas a tal punto que, en el caso de la vida y la consciencia, pueden ser replicadas por una máquina. A modo de conclusión, es pertinente rescatar un punto general que tiende a hacer el ser humano: proyectar. Se proyectan sus temores y miedos a la naturaleza, su duda sobre ser etéreo. Lo mismo sucede cuando las personas proyectan sus sentimientos hacia sus mascotas. Pero resulta peligroso proyectar su razonamiento, y todo lo que conlleva, a unas máquinas que se encuentran muy lejos de razonar y pensar cómo lo hace un humano de carne y hueso. He ahí el verdadero peligro del humano: no que una máquina piense en realidad, sino que cualquier cosa pueda pensar porque esta cualidad está infravalorada. Si los tres grandes golpes al ego humano lo dieron Copérnico, Darwin y Freud, el último, el que lo mató (o matará) lo dio el Knightscope K5.
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El futuro tal vez no sea como lo imaginamos, pero lo que es cierto que la humanidad se encamina hacia un escenario en el que robots y personas estarán vinculados en muchos aspectos de la vida diaria.
