Por qué según Stephen Hawking la filosofía no sirve para nada

Lunes, 31 de julio de 2017 16:11

|Eduardo Limón


Resulta cansado y repetitivo que ciertos científicos desdeñen a la filosofía. Más extenuante es que estos no hagan cosa distinta a meterse con los filósofos, cual afición favorita de quienes fueron educados en una escuela superior de ciencias y bajo la consigna de que las expresiones académicas carentes de datos masivos o fehacientes son una pérdida de tiempo. El clamor ha incrementado desde 2010, cuando Stephen Hawking escribió en El gran diseño y con él dio por muerta a la filosofía. En dicho libro, el aclamado experto sentencia que ésta ha quedado obsoleta para contener las grandes preguntas de la humanidad y que no necesitamos de grandes señores de la creación más que de nosotros mismos.



El astrofísico dice que «Viviendo en este vasto mundo, que a veces es amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del firmamento encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en el que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el Universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el Universo de un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante (…) Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimientos».



Ante estas palabras, se han vertido comentarios tanto a favor como en contra del cosmólogo de Cambridge. A sus declaraciones se han sumado, sobre todo, opiniones desde el ámbito de la ciencia que parecen sentirse defraudados o porque las más recientes teorías del físico parecen caer en términos o métodos filosóficos, aunque éste pretenda renunciar a ellos desde la afirmación de que la filosofía no sirve para nada. Lo más increíble de todo es que así como las enunciaciones de Hawking, esas mismas respuestas incriminatorias y dolidas son expresadas no en clave científica, sino filosófica, trayendo consigo una paradoja de gran proporción.


Hawking, en su intento por desprestigiar a la filosofía, dice que las cuestiones fundamentales sobre la naturaleza del Universo y del hombre en estadía no pueden responderse sin los datos masivos o las pruebas experimentales. Así, hace alusión a que el progreso del conocimiento es esclavo de la información presuntamente exacta, que se encuentra al servicio exclusivo de la realidad y que las fallas teóricas son culpa del pensador (nunca de la naturaleza). Enorme problema para un físico teórico como lo es él, cuando su propia disciplina se ha nutrido de postulados más filosóficos que de extrema dureza científica.



Por lo visto, a Hawking le hace falta claridad de perspectiva para advertir que en sus épocas de mayor esplendor –aquellas en que el cientificismo ramplón no llegaba aún a nuestras vidas– la filosofía ha trabajado con y para las ciencias más relevantes, que la fecundación mutua de filosofía y ciencias ha logrado un mejor saber no sólo en la antigüedad, sino en toda era humana. Es cierto, la filosofía que ignora los avances científicos se pierde en especulaciones vacías, justo como él lo ha señalado en repetidas ocasiones; sin embargo, al cosmólogo le ha faltado lucidez para notar que las ciencias que ignoran su marco filosófico, sus fuertes aristas con lo humanístico, pierden sentido y fundamento para cualquier labor.


De manera evidente, Stephen Hawking intenta evidenciar que los filósofos son nada más que un obstáculo para el progreso, debido a su interminable obsesión con las mismas viejas preguntas sobre la verdad, el conocimiento y similares. Pero aún peor, dicha postura nos conduce a preguntarnos: ¿en qué año dejó nuestro gran científico de leer filosofía? ¿Acaso el profesor piensa que ella sigue siendo la misma desde el siglo XVII? En todo caso, si él pide a los humanistas actualizarse en temas de ciencia, el resto deberíamos exigirle que abra un libro actual de filosofía y se enfrente a las problematizaciones de las que su propio sistema se ha sustentado quizá sin saberlo.



¿Por qué? El profesor es claro que se ha dirigido a los filósofos equivocados, o bien ha prestado atención sólo a ideas incorrectas de la filosofía best seller; su carácter altivo y rechazo con tintes de supremacía ante la filosofía –como si ésta fuese una pseudodisciplina inútil–, omite hechos importantes sobre el modo en que el conocimiento se ha construido habitualmente y las deudas humanísticas que ésta tiene en desarrollos como el de la mecánica cuántica y la relatividad.


La ciencia ha obtenido, señor Hawking, muchos de sus más grandes avances precisamente por arrojarse hacia los límites de la evidencia fundada, de la experimentación que tanto claman los seguidores de la ciencia plana. Los filósofos contemporáneos no tienen la culpa de que los adeptos más obtusos a la ciencia crean que la filosofía aplicada es una pobre mixtura entre sociología y psicología conductista, y que los aficionados a decir que las humanidades son un demodé académico sean lo suficientemente ciegos como para ignorar que el enfoque realista causal-explicativo es un giro filosófico. Un cambio paradigmático del que varios, incluso el mismo Hawking, se apoyan al hacer ciencia.



Cuando el astrofísico reniega de la filosofía y sus métodos, de las herencias ontológicas y la gnoseología, resulta ser el más alegre de los científicos, el más inconsciente de los pensadores modernos, al no comprender incluso que sus teorías no pueden ser sometidas a prueba de confirmación o de falsación. Desconoce que las teorías cuánticas, que los multiversos o las cuerdas de las que tanto habla la física contemporánea, son resultado de especulaciones y pruebas inestimables nacidas de la hibridación entre filosofía y ciencia.


Hawking dice que la filosofía ha muerto, sus fijaciones cientificistas le orillan a un veredicto sin contenido; sin embargo, hace falta que preste atención a que la ciencia sin guía filosófica es tan inútil como sus aseveraciones. 



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Eduardo Limón

Eduardo Limón


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