Tenía 11 años y vivía entre cajas de cartón. Las cortaba y moldeaba para que sirvieran como parte de mis fabulosas historias. Naves espaciales, guaridas, automóviles, fortalezas y todo aquello que naciera de mi imaginación. Pero recuerdo una caja en especial, era gigante. No puedo traer a mi mente cómo fue que llegó a mi jardín, que traía consigo ni bajo qué circunstancias lo hizo, sólo la recuerdo a ella, inmóvil bajo la sombra de los árboles. Estudié sus medidas, comencé a recorrerla y a moldearla. Tomé un cuchillo de la cocina y corté parte de su contorno. Sentí que se quejaba al sentir el filo del cuchillo atravesar su corrugado. Dolía pero resistía. Musitaba pero no hacía nada. De mis planes surgió una pequeña puerta y una ventana. El interior estaba oficialmente conectado con el resto del mundo. Bajé un par de de pósters, libros, balones y peluches para decorar la guarida. Todo estaba en su lugar. Incluso mi perro fue bienvenido a la guardia, marcando sus uñas en el nuevo laminado.
De pronto era un forajido, un exiliado o el último sobreviviente de una catástrofe natural. La cueva era el único lugar donde mi seguridad estaba asegurada ante el constante acecho de los animales salvajes. El viento hacía mella en mi pequeño refugio y la suave lluvia de primavera atentaba contra mi resguardo. Escuché atentamente, a lo lejos escuchaba la voz de una mujer que me llamaba. Me creí loco de remate a una temprana edad. Asomé la cabeza por la ventana buscando a la amenaza pero sólo escuchaba ecos indescifrables. El viento cesó de soplar, una gran cortina se abrió ante mí y de ella un voz que me decía que ya era hora de comer. Por la tarde podría ser quien yo quisiera de nuevo.
La fotógrafa Viktorika Vaisvilaite, de origen lituano, realizó un proyecto fotográfico donde quiso demostrar como dentro de una pequeña comunidad de niños existen múltiples sueños de vida y aspiraciones. Buscando retratar los anhelos de un grupo de 29 niños, la fotógrafa se decidió a retratarlos frente a un pizarrón donde tenían que completar la frase “I will be”. De este modo, niños de 5to grado de entre 11 y 12 años de edad, plasmaron sus más profundos sueños frente a la cámara.
El proyecto resulta entonces en el logro de mostrar 29 (30 con la maestra) micromundos donde se tiene la posibilidad de adentrarse en la mente de un niño. El lenguaje corporal, los pensamientos escritos y la forma como fueron escritos nos hablan de qué hay detrás del sueño de cada niño: convertirse en el mejor nadador, en una empresaria exitosa, un buen hombre de familia o simplemente ser quienes son. Sin embargo podemos incluso ir más allá e imaginar qué determina los sueños de cada niño y cómo influye la sociedad moderna en la delimitación de esos niños.
Quizás la edad elegida por la fotógrafa, una en que la personalidad del niño comienza a transformarse en un ente incierto ante la adolescencia y la pubertad, permite entender a los protagonistas de los retratos. Ya no vemos a niños que quieran ser bomberos, policías o doctores, ahora vemos que los niños se interesan no sólo por la profesión sino también por seguir sus pasiones como el deporte o el baile. O quizás algunos, mostrándose tímidos, sólo acertaron a decir que querían ser buenos chicos, tener una esposa o ser felices con sus papás Ello nos permite conocer que detrás del posible contexto social y cultural que cada respuesta tiene, también existe otro aspecto, el psicológico y emocional, que determina la respuesta de cada niño.
¿Y tú, qué soñabas ser a los 11 años?
Referencia: Bored Panda
