El mar nos desnudó y por algunos segundos fuimos transparentes

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El mar nos desnudó y por algunos segundos fuimos transparentes
El mar nos desnudó y por algunos segundos fuimos transparentes

Lejos de todo lo que conocemos, en una playa que parece hecha para desnudarnos el alma, quizá sólo en ese momento aprendemos a entregarnos sin restricciones. En el siguiente cuento de Elena Sánchez, los protagonistas se aferran a la noche que los reunió y al recuerdo de un amanecer con sabor a sal y arena que los hizo ser uno mismo.

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EL CABO

Todo comenzó en El Cabo, no podía ser de otra manera. Ciertamente, era un lugar que no tenía nada de especial, más que un aire tan puro que inflaba los pulmones como si de globos se tratase. Unas pocas casas de pescadores salpicadas como si el que las hubiera puesto allí estuviera sazonando aquella tierra con exquisito amor y cuidado. Cantidades ingentes de una arena tan blanca y fina que se escurría por cada poro de la piel; un mar brillante, vivo y bravo; un islote enfrente, lleno de lobos marinos que aullaban a la luz de la luna llena; una iluminación nocturna hecha a base de candiles y velas que permitía divisar todas y cada una de las estrellas del firmamento hasta que, 12 segundos después, aparecía destellante la luz del faro que oteaba cada rincón del horizonte, perfecto guardián de aquel tesoro. No, no tenía nada de especial, lo tenía todo.

Es posible que fuera el sitio más mágico sobre la faz de la tierra, y ellos lo sabían. Mentira, seguramente ninguno lo sabía, pero ambos lo sentían. Sentían su fuerza y su magia que les llevaba a olvidarse un poco de sus locuras y reencontrarse con ellos mismos. La vibración del Cabo resonaba como cajón flamenco con sus propias virtudes y, en verdad, esto era lo que hacía tan especial aquel lugar.

Fue durante aquellas navidades, el 31 de diciembre. Se conocían de vista, como a todos. La casa en la que se encontraban hospedados no era muy grande ni espaciosa; sin embargo, la sensación era completamente opuesta ante tanta inmensidad. Rodeados de arena, mar, algunas rudimentarias barcas y un aparato televisivo —la datación de aquel artilugio no permitía dirigirse a él de otra manera— localizado entre las dunas. Aún así, pareciera que no había nada más cuando hacía eco el resplandor del sol de media mañana. No habían intercambiado más que unas cuantas sonrisas, aquellas sonrisas del Cabo, y un par de palabras en las sobremesas, entre partida y partida de mus. Compartían habitación y litera, pero sólo se cruzaron por aquel cuarto entre sueños.

Él viajaba por Latinoamérica, a pesar de que su indumentaria no lo reflejara. Llevaba el pelo perfectamente despeinado y unos pantalones chinos con corazones dibujados; de la mano una maleta con ruedas. Ella vivía desde hacía tiempo en Potosí; llevaba consigo una mochila, el pelo alborotado y un vestido negro hecho jirones. Ya había estado allí y sabía que al Cabo no hacía falta llevar nada, porque te desnudaba por completo. Él lo supo después.

Bebieron antes del asado, mientras lo preparaban y después. Cantaron y contaron las 12 uvas en 12 segundos llenos de grandeza, mientras la luz del faro se acercaba lentamente alumbrando el nuevo año, la nueva vida que devendría. Se abrazaron y felicitaron todos, algunos más de una vez. No veían de ninguna de las maneras. Tras la euforia de recibir el nuevo año, recorrieron toda la localidad caminando, guiados por las pocas velas que quedaban encendidas a lo largo de los senderos, volviendo a felicitarse cada vez que coincidía con las 12 horas de sus respectivos países de origen: ¡Viva Chile!, ¡Viva Argentina!, ¡Viva Polonia!, ¡Viva España!, ¡Viva Bolivia!

Hacía viento y frío, a pesar de que era verano. Ella llevaba una diadema con los cuernos de Lucifer, los cuales se iluminaban al encender unas pequeñas bombillas color carmesí que consiguió gracias al desparpajo ensayado en los bares de mala muerte que solía frecuentar. Derrochaba simpatía y alumbraba aquella oscura noche. Él, por su parte, hizo gala de sus encantos, probablemente rescatados de los mismos lúgubres lugares. Era un conquistador, un dandi. Ambos rebosaban autenticidad. Recorrieron todo el pueblo de fiesta en fiesta, de casa en casa, todas ellas abiertas al disfrute, a la vida.

Sin saber cómo, se hizo paso la luz del alba y con ella se fueron desvaneciendo sus euforias. Él volvía a ser más Él y ella más Ella. Caminaron hacia su hospedaje, cada uno por su cuenta. Hacía tiempo que se habían separado. A cada paso que daban sobre la fría y envolvente arena, aparecían una a una sus miserias. Pareciera como si la magia del Cabo se hubiese ido desvaneciendo. Ella llegó primero y se dirigió hacia la playa que quedaba enfrente. Permaneció un rato varada mirando hacia el océano, que en ese momento estaba en reposo al contrario que sus emociones. Se desnudó, se sumergió en el agua hasta dejarse arrastrar por la corriente, esperanzada de que con ella se fuesen sus desdichas.

Salió con pasos torpes, entre el vaivén de las olas y los tragos ingeridos. Tardó en darse cuenta, pero allí estaba él. Ambos llegaron con la misma intención, necesitaban saborear sus heridas y entregarlas a la mar. No esperaba encontrarla, o sí. Ella se vistió y permanecieron muy juntos, rumiando aquello que el Cabo les había hecho olvidar. Estaban plenos, se reencontraron todos, ellos con sus miserias, y eso los llenaba de plenitud. Se quitaron las máscaras por unos instantes y pudieron sentirse más ellos. Sabían que cuando se despidieran volverían a toparse, la chica de cabellos alborotados con el chico perfectamente despeinado, y eso les torturaba. Se fueron a dormir sin haber mediado palabra. No hacía falta.

Tan sólo unas horas después estaban subidos a la camioneta que los sacaría del paraíso. El viento les golpeaba la cara mientras miraban sin pestañear cómo se iban confundiendo cada una de las casitas con la blanca arena. Se divisaban como pálpitos los últimos destellos de luz del faro, de aquella luz que alumbró como ascuas sus corazones. Se despidieron con dos besos y un hasta pronto. Él le prometió que iría a verla tras su paso por el Salar, a pesar de no haber intercambiado ninguna dirección. Es posible que no llegase nunca, no solía cumplir sus promesas, al menos no de la manera en la que las formulaba; pero sí sabía que pronto la visitaría en sus pensamientos, ya que jamás olvidaría aquellos 12 segundos en los que el Cabo desnudó sus cuerpos y sus almas.

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El texto anterior fue escrito por Elena Sánchez.

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