Nuestro temor de brillar solos
El día que despiertas sola en medio de la cama, acurrucada sobre tus propias ropas y en la tibieza que da la tristeza, aceptas que llevas una larga vida sobreviviendo a ti misma.
Hoy descubrí que me sobrevivo. Que he llevado al límite todas mis constantes. Estoy más sola que nunca y la gravedad de mis carencias me han convertido en una mujer de la que todos se alejan.

Sin falsa modestia, sé lo que he hecho y las razones por la que todos se han ido. Me es difícil negar lo que es evidente: soy un conjunto vacío. Una ecuación matemática a la que todos esquivan pero que tanto misterio representa.
Cuando descubrí que ya no podía seguir siendo una niña y me adentré a la tercera década de mi vida, los artilugios se desvanecieron. Lo que funcionaba antes dejó de funcionar y me quedé muda con la incertidumbre de qué significaba la travesía que estaba por vivir.
El mundo alrededor hace una oleada de sentencias sobre el futuro porvenir; algunos creen que la juventud se ha ido y tienes que llenarte de compromisos laborales y estrictas normas que debes seguir, algunos más te miran soltera y aseguran que, a estas alturas, la maternidad y el amor jurado frente a un altar son los únicos caminos que faltan por descubrir y, para cómo se ven las cosas, lo que con seguridad pasará es que vas directo a una soledad que no tendrá fin.
Temo decir que, sola o acompañada, la soledad siempre llega de una u otra manera. La libertad duele y a una mujer libre le duele un poco más.

Ser independiente o querer serlo es, en este mundo que habitamos, un acto de suicidio amoroso. En mi experiencia, a los hombres no les gusta saber que una mujer quiere brillar y brillar sin ellos.
Yo quise brillar y perdí a quien, yo sentía, era el hombre de mi vida.
El amor no lo puede todo, tampoco lo es todo, porque el amor es una silla, una mesa, una mezcla de cemento y grava que sostiene y acompaña. Y por momentos pareciera que lo es todo, pero no, no lo es.
El día que decidí decirle una y otra vez a quien compartía conmigo los días que yo quería brillar, encontrar mi camino, dejar de volcarme en él y en sus gustos, su amor por mí terminó. Una mañana recibí un largo mensaje electrónico en el que, sin más, me dejaba libre para que yo encontrara mi lugar en el mundo en el cual poder brillar. Detuvo el amor y huyó.

Fue inevitable. Mis sentimientos se llenaron de contradicciones, lo entendía, me culpaba a mí misma por haberlo llevado al límite de mis exigencias de tardes fuera de casa o salidas a caminar. Sentía que se me iba el aire, que todo se detenía. La ansiedad me llenaba días y noches. Mis manos sudaban, recorría mi espalda un frío inescrupuloso. Quería correr a buscarlo, abrazarlo, ponerlo frente a mí y mirarlo a los ojos, como si con eso se curara todo y el amor regresara.
Jamás pasó. Lo busqué hasta que entendí que hiciera lo que hiciera, él jamás querría verme. Me llenó de incertidumbres y dudas. Su silencio me llenó de culpa. Toda la culpa que, a esta hora, me vuelve a golpear.
Con el paso de los días pude entender todo lo que pasó. Él temía que yo brillara y que no necesitara más su luz. Repitió tantas veces que todo lo hacía por mí, que terminé con la certeza que lo hacía solo por él. A cada una de mis epístolas transparentes y desesperadas las tildaba de egoístas porque, en todas ellas, le decía que yo quería crecer y compartir mi vida con él.
Jamás volvimos a ser.

Madurar te da paz. Crecer siendo responsable de ti mismo te da alas, seguridad y sosiego. Pueden ir y venir personas a tu vida, quedarse, huir o llamarte egoísta por seguir tus sueños. Cada uno de nosotros debería tener siempre claro el destino que se quiere hacer realidad para que, en momentos de tormenta, ni la soledad ni la lejanía nos rompa el corazón ni las ganas.
Sobrevivirse a uno mismo es, sin duda, el leit motiv de nuestra vida. Hagamos de eso un viaje placentero, liberador. No permitamos que los clichés y las palabras de los demás nos aniquilen y nos formen conceptos de vida que nada tienen que ver con que verdaderamente somos.
Solos o acompañados, la vida nos pertenece. Estará con nosotros quien deba estar, quien mire nuestro brillo y no se asuste ni se opaque. Quien nos mire y reconozca, y con suerte, quien quiera brillar a nuestro lado.
***
Te pude interesar Las mujeres lo han conseguido.
