Enamorarte de tu compañero de trabajo definitivamente no estaba en el contrato, pero sucedió. Nadie te avisó que entre correos, juntas eternas y salidas a comer, podías empezar a sentir algo por esa persona que ves todos los días de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Que de pronto el lunes iba a doler menos porque sabías que lo ibas a ver o que el café sabría diferente si es que te lo llegabas a encontrar en la oficina.
Un día solo era alguien más del equipo y al siguiente ya estabas midiendo tus palabras, cuidando cómo te vestías, esperando ese momento absurdo en el que sus miradas se cruzan por accidente, ese segundo incómodo que para ser honestas, dura 2 segundos, pero se queda contigo todo el día.
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Te enamoraste de alguien que solo ves de lunes a viernes, alguien que ta pasa las copias de la impresora cuando se te olvidó recogerlas y que todos los días sin falta te da los buenos días, aunque si lo piensas bien, podría tratarse solo de cortesía.
Y sí, tu bien sabes que esto es peligroso, que dicen que no se come donde se trabaja y que no es buena idea mezclar emociones con juntas de trabajo. Te lo repites como mantra, pero igual sonríes cuando llega o te ilusionas cuando se sienta cerca.
Hoy más que nunca puedes confirmar que nadie te prepara para este tipo de crush, no es como los de la escuela ni como los de Instagram que parecen imposibles. Este es adulto, es intenso y podría ser realidad si no compartieran el mismo espacio de trabajo.

No todo crush tiene que convertirse en historia épica. A veces solo pasa, se siente y ya. Se queda como una tensión rara en el aire, como algo que te acompaña mientras sigues con tu vida y tu trabajo. Y aunque nadie lo sepa, tú sí. Eso también cuenta. No todo lo que importa tiene que hacerse público o resolverse.
Puede que todo se quede ahí y, con el tiempo, el crush se desgaste solo. Un día te das cuenta de que ya no te arreglas “sin querer”, que ya no esperas ese mensaje, que el café volvió a ser solo café y el trabajo… trabajo. La normalidad regresa sin hacer ruido y nadie se entera de que por un rato tu corazón estuvo en manos de alguien de la misma oficina.
O puede pasar lo contrario, que un día entiendas que no puedes seguir fingiendo que no sientes nada, y que prefieres perder un empleo antes que quedarte con el “qué hubiera pasado si…” y entonces eliges el caos: renunciar, hablarle e intentarlo. No porque sea lo más sensato, sino porque a veces vivir también es apostar, aunque no haya garantías de nada.
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