Hace un par de semanas, Barack Obama anunció el plan a mediano plazo para llevar al hombre a Marte en 2030, de la mano de la NASA. Un mes antes, Elon Musk presentó en Guadalajara la primera parte de su plan maestro para habitar el cuarto planeta del sistema solar con miras a iniciar en 2024. Mientras el presidente de los Estados Unidos evitó detallar explicaciones y procedimientos, el dueño de SpaceX presentó una propuesta en vídeo que fue tildada de optimista en exceso, apresurada y por decir lo menos, irreal.

Conquistar el planeta rojo se ha convertido en la obsesión de todos quienes dedican su vida a la ingeniería espacial a inicios del siglo XXI. Y no es para menos: la posible llegada exitosa del hombre a la superficie marciana sería un hito en la historia de la ciencia y sin precipitarse, el logro más importante de la humanidad.
Tanto empresas privadas como agencias espaciales de todo el mundo se plantean seriamente una posibilidad que -si bien aún requiere resolver cientos de preguntas para su consecución exitosa- hace un par de décadas se antojaba más ciencia ficción que realidad. Los obstáculos para llegar a Marte van más allá de la cooperación internacional o las enormes sumas de dinero y suponen un reto para el desarrollo de la ciencia y tecnología actual.

Entre todos los problemas que enfrenta el hombre en un ambiente hostil, mayormente desconocido y a una distancia inimaginable de su hábitat natural, la radiación espacial es el punto sin resolver que puede echar por Tierra (al menos por ahora) los planes de Obama y Musk para llegar a Marte.
A una distancia promedio de 58 millones de kilómetros de la Tierra, lejos del campo magnético que protege a la superficie terrestre y a todos los seres vivos de la radiación cósmica, el cuerpo humano podría experimentar serias consecuencias irreversibles en la salud, que podrían en predicamentos la planificación de cualquier misión.

Los estragos de estas partículas en el organismo son potencialmente dañinos para el cerebro. Ésa es la conclusión de Charles Limoli, experto en radiactividad y encargado del proyecto que forma parte del Programa de Investigación Humana de la NASA. Después de realizar un estudio confirmatorio del daño neurológico de la radiación en roedores, el equipo de Limoli llegó a conclusiones más acabadas con una segunda investigación a largo plazo.
Los estudios demostraron que aquellos roedores que fueron expuestos a partículas similares a las que atraviesan cualquier cuerpo en el espacio, presentaron entre otras afecciones, déficit de memoria, depresión, ansiedad y dificultad al momento de tomar decisiones, causadas por la inflamación del cerebro y su red de neuronas, que entorpece la claridad al pensar y resolver problemas complejos.

Los daños pueden incrementarse conforme se alargue el tiempo de la misión y tratándose de Marte, la brevedad no forma parte de ningún plan de colonización en el planeta rojo. A partir de estos datos, la NASA busca maneras de contrarrestar los efectos de la radiación que a largo plazo, son causantes de cáncer cerebral y demencia crónica.
La conquista de Marte quita el sueño a científicos, Detrás de la increíble empresa y el entusiasmo que levanta entre el gran público, también se ocultan intereses particulares y potencialmente dañinos, tanto para el futuro del ser humano, como para el planeta marciano y la propia Tierra. Conoce sobre la minería espacial y el vacío legal con respecto al Sistema Solar en el plan macabro detrás de la idea de viajar a Marte de Elon Musk. ¿Cuál es el objetivo real de llegar al planeta rojo? ¿En verdad se trata de la opción más sustentable ante —en palabras de Musk—, una “extinción final”? Descubre el contexto detrás del dueño de SpaceX y la obsesión humana por colonizar Marte.
