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Cosas que sólo de muerto se saben

Arte Cosas que sólo de muerto se saben


"Sólo cerrando los ojos pude ver a mi abuela, ciega desde niña por viruela".

La alineación de estrellas comenzó hace una semana, cuando decidí hacer una nota sobre Sensorama, una corriente alterna de teatro contemporáneo. Teatro Sensorial Sinestésico: técnica que cierra la puerta a la imagen para proponer la sensación en sí misma como discurso artístico.

Ese mismo día viajé al estado de Hidalgo para recoger mis últimas cosas de lo que antes había sido mi vida, y por lo que mi alma se sentía tan sometida y hundida en los presagios más trágicos de la existencia. Quería morir, aunque en el eterno dilema entre el ser y la nada, la nada era lo único que me consolaba. Nunca antes había sentido, y querido, tanto la muerte.

La alineación de estrellas se completó cuando, al pedir una entrevista, me ofrecieron primero experimentar una de sus obras. El único día que podía era el sábado por la tarde, miré la cartelera y la obra providencial era Cosas que sólo de muerto se saben, a las 18:30 horas.   

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El sábado estaba herido. Herido de muerte aunque levantando, poco a poco y con mucho esfuerzo, mi sangrienta frente. Llegué a San Luis Potosí 99 y subí en el elevador hasta el décimo piso. Me pasé y bajé un piso por las escaleras. Llegué a Sensorama y luego de dar mi nombre me senté en una sala ocupada por varias personas. Éramos doce en total, aproximadamente. Nos ofrecieron café, té o agua. Yo bebí un café y, pensando nuevamente en mi situación momentánea y su relación con el antaño, llegó Lorena. Guía de la obra.

Lorena nos explicó la naturaleza del teatro sinestésico. Primero, es una experiencia no formalizable lingüísticamente, lo que aplacó mi necedad por explicarlo todo, aun en una reseña estética. Todo queda en la interna individualidad sensorial, espiritual y fundamental. Personas diferentes, experiencias diferentes. Lo que cada uno dice sobre uno y los demás, y cualquier posibilidad en esta mezcla conceptual, será diferente en uno mismo. No hay visión, mucho menos su caracterización, y las discordancias en la oscuridad son las coincidencias en este viaje trascendental. Libertad, libertad total, libertad total y sin límites. No hay límites. La ceguedad temporal nos proyecta más allá de los prejuicios visuales, por tanto, lejanos. Más lejanos que cualquier sentido. La piel es nuestro sentido más grande y ciegos somos más divinos.

“Somos muy visuales”, proseguía Lorena. Y nuestros juicios sobre el otro, o lo otro, descansa y sentencia nuestras posibilidades de interpretación a través de la vista, lo que hace que la información de los demás sentidos se ve sometida, sujeta y determinada dictatorialmente por la vista. Y por ello nos propone preguntarnos qué se siente, simplemente, escuchar las cosas. Tocarlas, sólo tocarlas. Un alimento, un sabor o su textura en su experimentación. En Sensorama se silencia la vista, la imagen, para incitar a los demás sentidos a salir y manifestarse, libres en una situación en la que casi nunca han estado conscientes. Mirar sin ojos, un sentir de formas que nunca se darían si no fuera por el silencio de la mirada. Sin dicha luz se despierta otra parte de la creatividad, otros recursos, otros momentos y otros sentidos más allá de la visión. Imaginar, soñar y sentir. “Ese es el escenario de la obra: su imaginación, lo que ocurre cuando tienen con los ojos cerrados”.

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¿Cómo se siente sentir? La conciencia intencional de mis sentidos. Lorena nos pidió enfocarnos en nuestra propia respiración, el aire, la temperatura y, poco a poco, el olor de nuestro cuerpo. Luego el oído, agudizarlo, ir con él lo más lejos posible, buscando los sonidos más lejanos. Y el sabor que tiene nuestra boca, conciencia del sabor en nuestra boca. Y la mirada hacia dentro, hacia nuestros recuerdos y deseos. “Si hoy fuera el último día de su vida, ¿de qué se arrepentirían y de qué estarían satisfechos?” Y vino el silencio, silencio sobre el silencio, el silencio incitando nuestros cuerpos. “Las palabras no pronunciadas, el tiempo que se agota y que ya no habrá mañana”, decía mientras mis emociones y conciencia corporal me ponían de pie, lentamente y con cuidado, sintiendo apenas el espacio. Y sus últimas palabras fueron: tan sólo queda desearte que tengas una dulce muerte y que puedas saber lo que sólo los muertos saben y, por consiguiente, comprenden".

Los ojos cerrados, bien cerrados, totales, por completo, y cubiertos los párpados por un antifaz para dormir. Nos pusimos de pie con las manos sobre los hombros de quien estaba a nuestra derecha y sentí las manos de una mujer sobre mis hombros en lo que era mi izquierda. La colectividad sucedía y entonces, serpenteando en nuestro caminar en un trecho extenso hacia el más allá, ingresamos al Mictlán.

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Yo entré al Mictlán. Lo sabía por la música, el olor y mi piel sintiendo los espíritus rodeando nuestros cuerpos. Guiados, siguiéndonos, caminando y confiando. Y los ojos cerrados. Probé café, chocolate y una uva. Voces en mi oído consolaban mi trágico andar, aunque sereno, que sentía en aquel deseo. La muerte como deseo y la muerte como su teátrico cumplimiento. Una voz suave y hermosa, reconfortante, me preguntó por mi primer recuerdo, mis juguetes y mi interior, todo mi interior. Mi origen. Lo que se deja y, en cierta forma, permanece. Entonces se siente la muerte, se sienten las flores bajo las manos sobre el pecho y una sábana encima de tu cuerpo. Y comienzan los rezos, los llantos y lamentos. Llantos que se mezclaban con otros llantos, de alguno de nosotros o de los espíritus a nuestro lado. ¿De quién es el llanto? ¿Estamos todos llorando o sólo es el eco de nuestros labios sellados?

No obstante el aprisionamiento del alma, atrapada en los rituales humanos y sometida por la impotencia de la física desaparición, sentí relajación y tranquilidad en esos momentos de extinción.

La muerte es mi mejor ambiente. Serenidad, paz y autorreflexión. Mi espacio, mi mundo, el devenir de mi espíritu y el ser de mi alma. Trascendí occidente en esta declaración. Sin embargo, su dulce voz volvió a acariciar mi oído para hacernos conscientes del sonido de nuestro corazón. Yo no escuchaba nada, ninguna palpitación sentía o que algo vibraba. Sin darme cuenta ya no sentía la sábana ni las flores en mis manos, y las manos de los espíritus levantaron mi torso y me dieron una caja donde advertían la vida, el deseo, el ego, lo que uno cree, carga, quiere, lleva y anhela. Y con la caja en ambas manos me quedé en posición de Chac-Mool, aunque aún flotando en el espacio de mi inframundo interior. Suavemente me quitaron la caja, descendí mi espalda y jalado por el suelo entré en estado de nirvana.

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El mundo como negación de la representación.

Entonces vi a mi abuela ciega, mi abuela materna, quien de niña quedó ciega por la viruela. Nada fue tan claro como su presencia y comencé a ver el mundo a través de ella. Ser o no ser ha dejado de ser para mí un dilema. Mi mundo es la muerte, pero no la muerte en este mundo. Estuve en el Mictlán y me sentí bien. Los espíritus me tranquilizaron y me hicieron sentir como en casa. El hogar de todas mis dudas contestadas. Mi abuela era el agua y un xoloitzcuintle me guiaba a la instancia donde se comprende, ontológicamente, el ser y la nada. En occidente es oposición, pero aquí es equilibrio. Dualismo cósmico. No hay uno sin el otro. Soy y no soy.

En el descenso de la conciencia a la realidad contextual, los espíritus nos pusieron de pie y, como al inicio de nuestro ingreso, volvimos a poner las manos sobre los hombros en una fila que en ese momento parecía interminable. Todo el mundo, al menos en el inframundo, se enlazaba de manera infinita. Tal vez ese sea el caso, pero los ojos nos impiden percibir dichos y eternos lazos.

Salimos, poco a poco y serpenteando del Mictlán. Dejaba el inframundo atrás, el calor a mis espaldas se aligeraba en mi piel mientras me alejaba. Dejaba un mundo atrás pero presente todo el tiempo, al menos en mi pensamiento. El ambiente ya era otro y nos sentamos, nos quitamos las vendas de los ojos y éramos otros. No nos conocíamos y yo iba solo, pero en todos los rostros se percibía un cambio fundamental, experimental y existencial, en cada uno de nosotros.

—¿Lloraste? —me preguntó una mujer a mi lado.

Asentí suspirando y me sonrió.

—Yo también.

Había visto a mi abuela, ella era la que me guiaba en la oscuridad total de la inmortalidad. Ahora sé que me cuida a través de la voluntad de mi naturaleza existencial.  

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El objetivo de Sensorama es generar nuevos códigos escénicos y, por consiguiente, estéticos, que se desarrollen en la expresión del escenario íntimo de cada espectador.

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Dirección: San Luis Potosí 199, 9o piso, Col. Roma. Informes y reservaciones: +55 (52) 19982586 y 19982587

Visita: http://sensorama.mx/


Referencias: