Uno nunca está en completo silencio, pues aunque nada suene a nuestro alrededor siempre escuchamos los sonidos del propio cuerpo: la respiración, los latidos del corazón y sobre todo, nuestra voz. La mente nunca se apaga, nunca está quieta, siempre piensa, sueña e imagina. En otras palabras, siempre tenemos algo que decirle al propio ser; estamos en una permanente conversación con nosotros mismos.

Cada individuo debe percibirse como una entidad múltiple y fragmentaria. Nadie es uniforme. Múltiples capas nos vuelven un sistema abierto y, por tanto, incompleto. Cuántas veces no hemos sentido que hay muchos “yo” en nuestra mente que se pelean, contradicen e incluso bromean. Es nuestra propia voz pero en su estado puro y caótico, sin el filtro del habla que reduce y simplifica las ideas. En nuestra mente no hay forma de controlar, suprimir o restringir a esta voz. Ésta escapa de todo control. Son auto- cuestionamientos, soliloquios que, como dijo Gadamer, demuestran que el alma está siempre en el intento por comprender (se).

La artista portuguesa Cristina Troufa realiza autorretratos en los que exterioriza sus múltiples capas y plasma con acrílico sobre tela las divergencias internas que todos experimentamos.
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Sus pinturas exploran los distintos estados de ánimo tal y como los vivimos en la intimidad, y no por como son percibidos por los que nos rodean. Es posible identificar un trasfondo espiritual en las obras de Troufra, sus autorretratos son modos de representación que cuestionan el significado de la vida.

Es por ello que pinta su cuerpo en una ambivalencia entre emerger o desvanecerse de entre los fondos de color sólido. Así toca también sutilmente los conceptos de la memoria, la muerte y la reencarnación.
Sus obras son silenciosas -sólo ella sabe lo que dice cada una de sus yo- pero no incómodas. Los tonos rosas y lilas inspiran la tranquilidad y la frescura de un momento de meditación. La artista describe su trabajo como: “una ruta entre varias vidas y varios tiempos pero en la misma vida, coexistiendo…” .
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