Dominique Ingres: el maestro de las texturas

Dominique Ingres: el maestro de las texturas

Por: Pilar Turu -



Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867) fue un artista neoclásico/romántico y realista francés, que ganó el Premio de Roma en el año 1801 con su obra “Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón”. Aunque ya se había presentado anteriormente sin éxito, cuando participó con esta obra, a sus jóvenes 21 años, se le concedió por fin la beca para continuar sus estudios como pintor en la Escuela de Francia en Roma.


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Aquiles recibiendo los embajadores de Agamenón,
Óleo sobre tela, Paris

Tras pasar 18 años en Roma, e influenciado por la obra de los manieristas toscanos como Bronzino y Rafael, Ingres regresó a Paris, donde en 1824 fue expuesto en el Salón de París junto a la obra  “Matanza de Quíos” de Delacroix. Fue tras la comparación entre ambos, que alcanzó gran prestigio, demostrando sus dotes artísticos con su obra de sus obras más conocidos: “El voto de Luis XIII”. Con esta pieza, ascendió a líder del estilo académico, en oposición al romanticismo de Delacroix. [1]


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El voto de Luis XIII

En la obra neoclásica marcada por las líneas horizontales y verticales, vemos a Luis XIII consagrando la corona. La luz teatral y la composición piramidal, enfatizada por la iluminación anaranjada que hace énfasis en el cuerpo superior, donde aparece la Virgen con el niño, como si de una entrada gloriosa se tratase, opacan un rasgo distintivo de la obra de Ingres: el acabado perfecto del manto del rey de terciopelo y armiño, perfectamente ejecutado, con sus pliegues, movimiento, caída y textura.


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Ingres, tras algunos intentos fallidos de hacer obras históricamente relevantes, se volvió famoso por sus retratos, que aunque a veces carentes de dramatismo y expresividad, son sumamente precisas, detalladas y de una extraordinaria aplicación de la pintura y el color.

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Napoleón en su trono imperial, 1806
Óleo sobre lienzo, 259 x 162 cm, Museo del Ejército, París



Si algo contrasta dentro de sus obras, es la dualidad que existe entre un dibujo a veces imperfecto, pero una tonalidad y uso de sombras y colores impecable, siempre de la mano con un gran sentido de la moda y de la importancia de los detalles, y de la aplicación e inclusión de los ornamentos o accesorios tanto a la escena como a sus  personajes.


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Princesa Albert de Broglie, 1853, Museo Metropolitano de Arte


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Madame Moitessier, 1856, National Gallery de Londres

Aunque principalmente se reconozca la obra de este artista por sus desnudos orientalistas, ambientados en en espacios íntimos sumamente sensuales pero puros, y con una anatomía mal resuelta pues sus proporciones no son exactas, la suave pincelada de este artista es reconocida por imprimir en el lienzo texturas, cómo en el caso de las vestimentas, sumamente realistas (y en extremo barrocas). 


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Louise de Broglie, condesa de Haussonville, 1845
Óleo sobre lienzo, 131,8 x 92 cm, colección Frick, Nueva York.

En obras como "Louise de Broglie", condesa de Haussonville, se hace evidente la maestría. Fijar nuestra mirada simplemente en el vestido, es impresionarse. Las arrugas, la caída, las mangas. Es una ejecución perfecta, con distintos matices de color y sombras que dan la apariencia no sólo de un vestido real, sino de la manera que este se ajusta al cuerpo, a sus formas, a su uso. Son obras que invitan a ser tentadas, que incitan al tacto; que quisiéramos, aunque brevemente, deslizar nuestra mano sobre ellas para darnos cuenta que no son reales; qué todo se trata de un engaño: de la genialidad del artista proyectada.



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Referencia:
[1] Charles, Victoria; Manca, Joseph; McShane, Megan.1000 pinturas de los Grandes Maestros, EDIMAT: 2007, p. 530

Referencias: