Episodio del Diluvio Universal: la historia de una obra

Martes, 3 de febrero de 2015 10:47

|Museo Nacional de San Carlos


El 2 de octubre de 1843 el presidente Antonio López de Santa Anna promulgó un decreto en el que se lee el siguiente fragmento: 

Siendo de tanta importancia dar impulso y fomento a la Academia de las tres nobles artes, que será la honra de la nación luego que produzca los focos que deben esperarse de sus adelantos […] [1].

 A partir de esta disposición, a principios de 1844 se iniciaron las gestiones para contratar a profesores europeos con el fin de reanimar a la Academia. Dicha tarea fue encargada a José María Montoya, ministro plenipotenciario de México ante los Estados Pontificios. La idea, muy ambiciosa, era contratar para la Dirección de Pintura a Giovanni Silvagni: conde platino y profesor de la Academia de San Lucas en Roma.

Este artista escribió una carta a la Academia de San Carlos en octubre de 1844 en la que agradecía que se pensara en él para dirigir el área de pintura en México, pero declinaba la invitación puesto que en esos momentos fungía como presidente de la Academia romana. Agregaba que tampoco sus colegas Francesco Podesti y Francesco Cohetti podían aceptar por encontrarse establecidos en Roma.

Ante tales hechos, la Junta Directiva de la Academia de San Carlos les pidió una obra a cada uno con el fin de que las piezas sirvieran como modelo en la enseñanza de las reglas compositivas del neoclasicismo europeo. La última pieza en llegar a tierras mexicanas fue la del pintor Francesco Coghetti, titulada Episodios del Diluvio Universal, la cual arribó en 1853.

SIGROA 19049, Episodio del diluvio universalEpisodios del Diluvio Universal

Fue así como este lienzo de gran formato y excelente factura llegó a formar parte de la colección de la Academia. Se presentó en la VI Exposición anual, celebrada en el año de su llegada, durante el último gobierno de Antonio López de San Anna, momento en el que la Academia de San Carlos vivía una etapa de prosperidad, la cual se truncó con el inicio de la Guerra de Reforma, en 1857.

Como artista académico insertado en una sociedad burguesa y positivista, Coghetti pretendió reconciliar en esta obra las formas tradicionales con los gustos de la época: “belleza física y gestos mesurados”, de modo tal que el dramatismo intrínseco al episodio bíblico está regulado por el equilibrio perfecto de los volúmenes, la frialdad de los colores, la pincelada casi artesanal y la prudente expresión en los rostros de los personajes.

La composición presenta a varios personajes, con un acomodo muy estudiado, su lugar en la construcción del hecho narrado le da a cada uno el protagonismo que merece. Rostros y cuerpos están dispuestos de tal modo que logran impresionar y particularmente conmover al espectador para convertir el suceso plasmado en un acontecimiento verídico y, sobre todo, contemporáneo.

 Las dos figuras centrales bien podrían ser parte de un conjunto de escultura clásica; sus posturas dramáticas han sido logradas por medio de torsiones y equilibrio de pesos. La expresión en el rostro del anciano que se encuentra sumergido en el agua es muy real, casi opuesta al dramatismo teatral del resto de las figuras. Incluso la mujer y el niño podrían ser parte de otra escena. De este modo, toda la atención de la pintura se centra en los personajes, ya que el fondo sólo funciona como un telón que enmarca el emplazamiento de las figuras.

Esta pintura ejemplifica los preceptos seguidos por el neoclasicismo europeo del siglo XIX, el cual fue arduamente estudiado por los alumnos de la Academia de San Carlos, quienes al tomar como ejemplo dicha composición, comenzaban sus estudios artísticos para más adelante generar sus propias obras, las cuales siguiendo este estilo llegarían a ser reconocidas y premiadas en las exposiciones anuales convocadas por la Academia. Los estudiantes que presentaban las mejores piezas se hacían acreedores de una beca para continuar sus estudios en Roma. Fue así como los artistas mexicanos comenzaron a dar frutos y a sentar las bases de una escuela propiamente mexicana.

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Fuente:

[1] Eduardo Báez Macías, Historia de la Escuela Nacional de Bellas Artes Antigua (Academia de San Carlos) 1781-1910, México, UNAM, Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP), 2009, p. 279.

 

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