Como una respuesta a las horribles estampas que le ofrece su realidad, el ser humano se ha empeñado en crear mundos fantásticos en los que la magia y todas las criaturas provenientes de las leyendas son una realidad palpable. A pesar de que Leibniz afirme que «vivimos en el mejor de los mundos posibles», la gente simplemente se niega a que esta sea la única opción para existir. Por ello hay teorías que respaldan la existencia de portales hacia otros universos que, si bien podrían no ser mejores que éste, serían capaces de conducir a la raza humana a comunicarse con seres que sólo han visto en sus sueños.

Es por ello que con una necedad disfrazada de esperanza y curiosidad, muchas personas han caído víctimas de engaños cuando alguien pone ante sus ojos pruebas “irrefutables” de que criaturas como gnomos, duendes y seres de otro planeta se pasean frente a las cámaras de algunos afortunados, que incluso logran captarles en video mientras corren a esconderse entre la maleza. Claro que sin un contexto que les respalde, estos materiales no son sino meras formas de entretenimiento; sin embargo, suponiendo que algo así pudiera tener una historia que le respalde, es inevitable pensar qué pasaría por la mente de la sociedad entera.

Uno de los casos de charlatanería fotográfica más famosos ocurrió entre 1917 y 1920, cuando Inglaterra entró en una euforia inexplicable por una serie de fotografías en las que supuestamente aparecieron hadas. Las tomas obtenidas en el bosque de Cottingley fueron hechas por Elsie Wright y Frances Griffiths de 16 y 10 años respectivamente, quienes no dudaron en mostrar sus imágenes perfectas a sus padres, quienes, a pesar de mostrarse escépticos, debido a la calidad de las imágenes terminaron por creer el cuento de las menores cuando una segunda imagen apareció.

Incluso mentes tan ágiles como la del creador del detective más prodigioso de la literatura cayeron presos del encanto de estas pequeñas criaturas que parecían bailar a lado de las niñas. Las chicas presumían haber encontrado la tierra prometida de las hadas en medio del frondoso bosque al que asistían con regularidad. Como ya se ha mencionado, las fotografías se extendieron como pólvora y desataron toda clase de elogios por parte de la sociedad intelectual inglesa, que para ese momento se entregaba en cuerpo y alma a las prácticas espiritistas que los médiums americanos habían llevado a Gran Bretaña.

Por supuesto era el ambiente adecuado para que alguien como Sir Arthur Conan Doyle, fiel creyente de los espíritus del más allá, justo como otros escritores de la talla de J. R. Tolkien, escribiera todo un libro acerca de las hadas fotografiadas y en defensa de su autenticidad. Ya sea por su poca resolución o porque el novelista simplemente se negaba a creer que un mundo así era imposible, El misterio de las hadas fue sin duda una publicación reveladora en cuanto al estudio de dichas fotografías, el cual desde su prefacio arremetía contra los incrédulos.
«A los escépticos les pido que no se dejen engañar por el sofisma consistente en decir que, puesto que un profesional del fraude que sea diestro en el arte de la falsificación puede reproducir un objeto semejante al original, también éste, por consiguiente, se ha conseguido de manera fraudulenta».
─Sir Arthur Conan Doyle
Las niñas decidieron guardar el secreto del fraude que, aunque era obvio, todo mundo se negaba a ver. Las supuestas hadas eran ilustraciones cuidadosamente recortadas que las fotógrafas habían dispuesto frente a la lente de la cámara a modo de que éstas se vieran como seres reales. En 1981, siendo ya un par de ancianas, el periodista Joe Cooper entrevistó a Frances y Elsie acerca de la verdadera historia de las fotos, a lo que ellas respondieron: «Puede que algunas de las hadas fueran dibujadas por nosotras. Seguramente las copiamos de un libro de Arthur Shepperson. Pero créanos, una de las fotografías es auténtica».

Cuatro años más tarde, Yorkshire Television emitió un programa en el que una de las mujeres, Frances, puso en evidencia la el sentimiento de toda una época al declarar que, aunque el engaño era obvio, todo mundo se negaba a ver la realidad:
«Nunca lo interpreté como un fraude. Solo se trataba de Elsie y de mí divirtiéndonos. Hasta hoy sigo sin entender por que se las tomaron en serio… Querían dejarse engañar».
─Frances Griffiths
Con esa sentencia nos queda clara la tendencia tan humana de perseguir mundos mejores que éste. Dispuestos a todo, incluso a mentirnos a nosotros mismos, los hombres trataremos a toda costa de armarnos del valor suficiente para contradecir al contexto y así crear una realidad imaginariamente perfecta.
METADESCRIPCIÓN
Estas fotografías engañaron incluso a las mentes más brillantes de la sociedad inglesa de 1920; incluso el autor de Sherlock Holmes creyó todo el cuento.
