Peleas de perros, gallos e incluso de insectos, todas estas prácticas lejos de hablarnos de una forma de diversión, ponen en evidencia la violencia con la que nos desarrollamos como sociedad. Especialmente del lado masculino que durante años ha sido relacionado con un exagerado carácter violento, no sólo con los organismos que considera inferiores, sino también con sus semejantes. Es tanta nuestra necesidad de entrar en contacto directo con la sangre ajena que incluso hemos convertido nuestra agresividad en una variedad de deportes que cada año venden miles de entradas para ver a dos individuos batiéndose en un duelo que deviene en carne molida, ojos hinchados y sangre escurriendo por todos lados.

¿Será que fuimos creados con ese propósito? Justo como a los toros de lidia o los perros de caza, la existencia de la masculinidad se ha visto reducida a su apariencia violenta reforzada por la fuerza bruta; misma de la que, se supone, estamos dotados todos los hombres al haber sido concebidos bajo la monótona etiqueta de una máquina capaz de construir y destruir grandes ciudades en un periodo realmente limitado.

Al mismo tiempo que la sociedad dota a la figura masculina de ese carácter violento, la está privando de la sensibilidad que diferencia a los humanos de las demás especies que habitan nuestro planeta. Dicha característica que se transmite incluso a través de la mirada ha tratado de ser abordada por distintos fotógrafos que, en su intento por reivindicar al cuerpo masculino, han explorado la corporalidad desde un punto que alude a esa sensibilidad que creímos perdida.

Casi terminando la década de los ochenta, el fotógrafo Pierre et Gilles retomó la figura de varias figuras religiosas para otorgarles un significado más acercado a su tiempo. Si bien la imagen de Nina Hagen representando a la Virgen María causó ruido entre la población, fue el retrato de un chico musulmán emulando a San Sebastián lo que en realidad causó un enorme revuelo debido a la delicada y sensual figura que, en ojos prejuiciosos, era una evocación a la homosexualidad y no a un lado poco explorado de la masculinidad: la vulnerabilidad.



Ya transportándonos a una época actual, en el mismo terreno de la fotografía, tenemos a artistas como Rodrigo Ramos quien en 2015 publicó “Ex Corde”, un libro en el que aparecen plasmados los frutos de un trabajo en el que, mediante su cámara, explora la manera en la que la vulnerabilidad masculina se encuentra presente incluso en el cuerpo de quienes arriesgan su corporalidad para entretener a los demás: los luchadores.


A través de sus imágenes el fotógrafo reivindica la sensibilidad que durante siglos había sido negada a los hombres. Para lograrlo, Ramos dirige su obturador hacia los gestos de estos hombres después de librar sus batallas, justo cuando el dolor y el cansancio se apoderan de sus cuerpos para llevarlos a la imagen más pura del sentido humano, aquella en la que no importa la dureza de una persona, pues siempre existirá un punto de quiebre que lo conduzca a mostrarse indefenso a pesar de una embravecida propia de quien acaba de propinarle golpes a otro sujeto que, desde su trinchera, también está mostrando rasgos de una inocencia descubierta a golpes.


La sangre que protagoniza las fotografías comprendidas dentro del libro no es otra cosa que un puente que une el resto del cuerpo con el corazón, órgano que desde siempre ha sido asociado con los sentimientos y esta vez, a través de las páginas de “Ex Corde” se descubre como la única señal esperanzadora de que la humanidad no está tan perdida como lo pensábamos y que, a pesar del entorno violento en el que nos desenvolvemos, incluso dentro de los cuerpos más duros se esconde un manojo de emociones aún más fuerte que el peor de los golpes propinados en un ring.



De esta manera el conjunto de fluidos corporales, carne golpeada y rostros en decadencia revelan que, a pesar de la violencia que gobierna el mundo, siempre hay un punto en el que el hombre regresará a esa naturaleza vulnerable que lo lleva a esconderse en cuanto se siente herido, tanto como para no mostrar su verdadero rostro, como para no ser lastimado aún más.
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Fuentes
Cuarto Oscuro
Centro de la imagen
El País
Local
